Los Estados lógicamente preexisten a la existencia, o al surgimiento, o la aparición, de organismos mundiales y regionales.
Son los Estados reunidos que se ponen de acuerdo para crear organismos regionales o mundiales. Y jamás ha ocurrido ni puede ocurrir a la inversa.
Claro, en la creación de esos organismos mundiales y regionales, en sus estructuras internas y en su funcionamiento están reproducidas con fuerza ciclópea la desigualdad o la asimetría que se dan en el mundo entre desarrollados y subdesarrollados, aunque jurídicamente se proclama la igualdad de los Estados sin importar su nivel de desarrollo y su tamaño.
Cuando un Estado participa en la creación de un organismo regional o mundial lo hace en ejercicio de su soberanía, pero no cede, no transfiere su soberanía al organismo creado, es decir, no renuncia a ella, por lo que no se despoja de ella ni la abandona.
Luego, un organismo, sea mundial o regional, ni se iguala ni está por encima nunca de ningún Estado, no importa el tamaño o la dimensión de éste.
Lo que significa, no importa el idioma en que se escriba, se lea o se hable, que por encima de un Estado, por encima de su soberanía, no está nada ni nadie, sean individuos o sean organismos mundiales o regionales.
Ningún organismo regional o mundial le puede imponer nada a un Estado.
Pero los Estados, y de manera concreta los gobiernos de los Estados, tienen que estar preparados para asumir la defensa de su soberanía en cualquier momento, en cualquier circunstancia, incluyendo los mismos espacios públicos que representan los organismos regionales y mundiales.
Los Estados en América, y el Estado dominicano está incluido en ese tinglado, surgieron históricamente como consecuencia de titánicos procesos de lucha por la independencia y la libertad frente a las potencias europeas que conoció el siglo XIX. Y en esos procesos históricos fueron edificadas la soberanía, la independencia y la libertad de los Estados y de los pueblos de América.
Son los Estados americanos los que deciden crear y concretar en un organismo regional el sistema interamericano, y dicho sistema tomó cuerpo finalmente en la Organización de Estados Americanos -OEA-, creada en la asamblea general celebrada en Bogotá en 1948. El interés por crear un organismo regional interamericano quedó expresado en la asamblea de Estados americanos que convocó el presidente Benjamín Harrison en los años 1889-1890 y que se llevó a cabo en Washington.
La OEA nació formalmente en la asamblea general celebrada en Bogotá, Colombia, en 1848 bajo la tutela y el control de Estados Unidos, nación ésta que había pasado a ser la primera potencia del mundo desde 1945. Así Estados Unidos se valía subrepticiamente de este espacio público interamericano para que le sirviera de retaguardia o para resguardar sus espaldas en la frontera imperial que era el resto del continente americano.
La OEA asumió como misión, por lo menos teóricamente, velar por la democracia, la estabilidad, la paz y la seguridad de la región, adoptando, además, un plan para la resolución de controversias o desacuerdos entre los Estados miembros, y se crearon una serie de instituciones apéndices como el Banco Interamericano de Desarrollo, creado en 1950, para atender los problemas del desarrollo económico y social en los campos del comercio, de la ciencia, de la tecnología, de la educación, de la salud, etc. Precisamente la Organización Panamericana de la Salud –OPS- es otra institución apéndice de la OEA.
Incluso cuando se creó la CEPAL, también en 1948, se asumió como un experimento que no pasaría de 1951, porque a partir de este último año la OEA pasaría a asumir sus funciones, es decir, la sustituiría. ¡Claro, finalmente eso no ocurrió así y ahí tenemos a la CEPAL vivita y coleando!
Pero la OEA siempre ha cumplido de manera muy limitada esas funciones que se abrogó, hundiéndose política e históricamente para siempre en 1965 cuando legalizó la segunda intervención militar de Estados Unidos en la República Dominicana al formar la llamada fuerza interamericana de “paz”.
Por eso y por todo lo otro, la OEA se tiene en América como un organismo de penetración, totalmente desacreditado, al servicio prácticamente exclusivo de Estados Unidos.
El Estado dominicano debió haber salido honrosamente y para siempre de la OEA después de su intervención grosera, brutal e indigna en los asuntos domésticos e internos de la República Dominicana, violando flagrantemente todos los principios y normas del Derecho Internacional Público y de la ONU (y de la misma OEA incluso) que rigen las relaciones entre los Estados.
Los principios de no intervención y de autodeterminación de los pueblos son vitales y claves en las relaciones entre los Estados soberanos, libres e independientes del mundo.
Dada esa historia negra y sucia de la OEA en América, y aún no habiendo sido así, el gobierno de la República Dominicana cometió un error al invitar a la OEA para que enviara una misión a verificar lo que se ha estado haciendo en el país en materia de aplicación del plan nacional de regularización de inmigrantes.
Porque eso rebaja o resquebraja la soberanía de un Estado y porque todo Estado está llamado a ejercer plenamente su soberanía en materia migratoria conforme a lo que establecen la constitución y las leyes, vale decir, en el marco del Estado de derecho.
Ha habido mucha complacencia y doblez por parte del gobierno dominicano en materia del pleno ejercicio de la soberanía del Estado dominicano, máxime en asuntos migratorios.
No es que la OEA se sale de casilla ahora a propósito de las declaraciones destempladas, desconsideradas, irrespetuosas y absurdas (propias de un ignorante total) de Luis Almagro, secretario general de la OEA, sino que la OEA siempre ha estado fuera de casilla, sobre todo en lo que tiene que ver con el problema migratorio haitiano en nuestro país.
Hay que entender de una vez y por todas que la posición institucional de la OEA con relación al problema inmigratorio haitiano en República Dominicana es la posición de las potencias que no renuncian a la ahistórica y fantasiosa idea de la fusión de las dos naciones que hay en la isla.
Por eso en esta hora crucial que vive el país tiene que haber una defensa cerrada, plena e intransigente de la soberanía del Estado dominicano, la cual se traduce necesariamente en defensa de la República, de la nación, del pueblo dominicano y de su historia, frente a la comunidad internacional (la OEA es parte de esa mancuerna) y frente a Haití.
No obstante todo lo que ha pasado, el país está de pie enfrentando los planes antinacionales de la OEA y de las potencias que la usan y se encubren tras ella.