Al finalizar la década de los años ochenta, calenda histórica de la última curva del declive político de la URSS, en donde el mundo experimentó cambios profundos en casi todos los órdenes del poder, afectando las psiques de millones de militantes a nivel global. La crisis del mundo socialista soviético, para muchos mal manejada desde los fundamentos del liderazgo del último decenio, en donde se acusó un gran deterioro social y económico, que afectó la vida misma de la población, impactado en su actitud frente a la revolución que le dejaba no solo sin el calor de la calefacción, sino la decepcionante conducta de muchos de sus líderes. Todo esto, frente al fortalecimiento del capitalismo, el que a pesar de su crisis prolongada, se levanta ante los espectadores de todo el globo, como la panacea benefactora del individuo humano. No fue para menos, toda esta situación frustra la esperanza de la mayoría de líderes y militantes progresistas influenciados por las ideas marxistas al estilo de los pensadores rusos de nuestra América Latina.
A más de veinticinco años de distancia, creo que es importante rever este proceso de cambio profundo en el pensamiento de los que detentan el verdadero poder sobre el espacio terrestre, incluyendo los mares y el propio aire que nos sustenta a través de los pulmones. Para comprender los cambios que ha experimentado debemos estudiar a profundidad la esencia de la concepción ideológica, económica, política, filosófica ahora dominante en el escenario global, es decir, el neoliberalismo, presentado ya sin el solapamiento de esos años.
Los verdaderos capitalistas no pierden tiempo, son asiduos individuos en asecho de oportunidades y es admirable el nivel de competencia con que imponen sus criterios. Lo que digo viene del hecho de que fueron tejiendo acciones que les compramos entusiasmados, como la supuesta necesidad de reformar el Estado; un planteamiento netamente neoliberal, pero montado en un discursos alucinante de cambio que nos embriagó. Nos convencieron de que era necesario para la salud de las naciones, la reducción del tamaño del Estado, nos convencieron de que teníamos que restablecer el equilibrio fiscal, junto al equilibrio de la balanza de pagos y por último, nos condujeron hacia la aceptación resignada del dominio del mercado.
Al reducir el Estado, nos adentramos en lo que ellos habían diseñado con antelación y le servimos de ingenieros en el ensamblaje de la privatización de las empresas estatales y con ello enriquecimos favorablemente los burgueses del patio y a los de lejanía extranjera. Pero, fue tanto el espejismo, que dejamos que se apropiaran de las empresas más rentables del Estado, disfrazando nuevos monopolios a través de sus ganancias integradas y lo que es peor, colaboramos con el descredito del Estado, el que en nuestras narices empezaron a vilipendiar, desacreditándolo como clientelista e inoperante, además de propiciador de corrupción, entre otras prendas no menos importantes en sus planes de desestabilización estatal para afianzar a “la sociedad civil”, la que sin dudas llegó para quedarse y de la que muchos oportunistas forman parte, incluyendo muchos políticos y de todos los partidos. Es innegable la pericia de los mentores burgueses a nivel global, fueron muy efectivos, tanto, que es difícil devolvernos. Es que nos convencimos de las bondades ofrecidas en la llamada reconstrucción del Estado, como vía para enfrentar los retos y desafíos del Siglo XXI, en la que habríamos de ensamblar la sociedad posmoderna. Cambiamos el discurso de no pago a la deuda o moratoria a la misma, por el de garantizar el cumplimiento de los compromisos contractuales del mundo económico internacional.
Nos dejamos seducir por una amalgama de cuestiones alucinantes, como el aseguramiento de los derechos sociales, la implantación de un régimen de competitividad en el que podríamos participar con éxito en el mercado internacional. Con todo eso, nos pusimos a pensar en las posibilidades de una tercera vía, un verdadero hibrido que transcurre en un “dejar hacer” al estilo del neoliberalismo y analizamos sobre un posible modelo social-burocrático de intervención. Se trata, en esta última parte, de las formas en que actualmente se desarrolla la práctica del Trabajo social; las que no son más que las maneras en que se realizan las actividades profesionales en las organizaciones formales. Estas pueden verse como el producto de la evolución que se está produciendo en la actualidad, pero lo cierto es, que pone en entredicho los principios inspiradores del Trabajo Social, por lo que considero que esta burocratización inherente a las organizaciones complejas es un reto que afecta a los trabajadores sociales, no solo en su ejercicio dentro de las áreas clásicas del Bienestar Social, sino que también le afecta en los Servicios Sociales personales, los que se complejizan con las actividades abundantes que se deben desarrollar para lograr algún beneficio. Agilizar los servicios, debe ser el objeto del trabajo social; pero, en vez de agilizarlos, se perturba al usuario con requerimientos abundantes.