Julio César Santana
En el momento en que escribimos estas líneas la JCE emite su boletín No. 8 en el que el PLD sigue consolidando su victoria en los niveles presidencial, congresual y municipal. Sobra decir que Danilo se afirma con el presidente más votado en la historia moderna de la República y su partido como la principal fuerza electoral del país.
El dominio en el Congreso Nacional está asegurado, lo mismo que en la mayoría de los ayuntamientos, lo cual permitirá avanzar en el cumplimiento del Plan de Gobierno 2016-20 sin los mayores contratiempos. Tiene de nuevo el PLD, consecuentemente, la gran oportunidad de seguir cumpliendo con responsabilidad y eficiencia sus promesas electorales y dar al país una de las mejores administraciones de los últimos tiempos, esto, desde la perspectiva de la asignación de los recursos de los contribuyentes a medidas de política de alto impacto económico y social.
Los resultados de las elecciones son, como señalaba el Presidente, “un certificado de aprobación del pueblo dominicano” que expresa su confianza reiterada ya en cuatro elecciones consecutivas para que impulsemos el desarrollo de las fuerzas productivas y seamos “centinelas de los más humildes de la República Dominicana”.
Con la victoria asegurada se hace evidente la necesidad de evaluar con alto sentido crítico no solo al proceso electoral, sino también a los mecanismos decisorios internos, la funcionalidad misma del partido y cierta perniciosa cultura política en franco proceso de consolidación en el quehacer partidario nacional.
Resulta obvio que allí donde los candidatos fueron impuestos por decisiones de la cúpula partidaria, la militancia peledeísta fraccionó el voto favoreciendo a los partidos de la oposición, en gran medida al PRSC y en menor medida al PRM. “La cultura del dedo” contribuye a consolidar el modelo clientelista heredado desde los tiempos de Trujillo y tiende a excluir a los mejores beneficiando a verdaderos arribistas y negociantes de la política. No seamos indiferentes al hecho de que la misma gente comienza a descubrir en sus justas dimensiones el carácter altamente perjudicial de este sistema para una gobernabilidad de alta eficiencia, eficacia y verdadera transparencia.
Igualmente, en los lugares donde dominaron candidatos cuyos únicos méritos eran sus lazos familiares, amistosos o inclusive sentimentales con altos o medianos dirigentes del partido, los peledeístas respondieron fraccionando el voto y favoreciendo nueva vez a los grupos de la oposición.
Ciertamente, nadie puede negar que el PLD está contagiado de la nociva cultura generalizada en todos los partidos del nepotismo, en este caso, bajo la modalidad de designación de candidatos sobre la inaceptable base de los vínculos familiares, amistosos o sentimentales, sin tener en cuenta otros méritos. En este sentido, no es ningún secreto que, en algunos casos, la oposición exhibía mejores candidatos que los del PLD, si tomamos en cuenta sus conocimientos, trayectoria impecable, dominio de la palabra y desempeño público sin manchas.
Precisamente, esos eran, entre otros, los criterios privilegiados por el Prof. Bosch, quien, a mi humilde entender, encarnaba un verdadero y quizás único símbolo de intransigencia en el mundo político dominicano cuando de conocimientos, honradez y vocación de servicio se hablaba. No es casual que en el sencillo acto de celebración de la victoria, el Presidente Medina recalcara la importancia decisiva del valor de servir a la Nación e interpretara el sentido de la actividad política como una que se ejecuta para servir a los demás, especialmente para beneficiar a los pobres y marginados.
Por otro lado, allí donde se forzó la repetición de mandatos o la perpetuidad indefinida en los cargos, los peledeístas respondieron fraccionando el voto y favoreciendo a los opositores.
Quien estaba en las calles e interactuaba con la gente veía venir claramente el derrumbe del reinado de catorce años de Roberto Salcedo. Y no es porque no hiciera nada o porque su larga gestión pudiera ser considerada como un desastre, pues creemos que indudablemente tiene muchas obras que mostrar, sino porque en las filas del partido esperaban más de dos décadas otros candidatos valiosísimos, con una visión de la gestión municipal muy remozada y una trayectoria partidaria de muchos méritos. Propiciar la longevidad de funcionarios en los cargos, por más méritos que tengan, cierra toda posibilidad de movilidad partidaria y decepciona y desinfla el entusiasmo y la pasión política porque es natural en el ser humano avanzar y alcanzar metas.
El resultado es que la diferencia entre la votación congresual y municipal en el Distrito Nacional, entre otros ejemplos, suma más de 75.6 mil votos de miembros y simpatizantes del PLD que fueron a parar al cesto del principal candidato opositor (boletín 8).
Finalmente, allí donde fueron seleccionados candidatos de dudosa reputación, prevaleciendo el criterio de la cuantía de sus aportes monetarios al partido y a sus propias acciones de campaña, los peledeístas respondieron fraccionando el voto y favoreciendo a otros candidatos.
Yo mismo oía “disertar” en los medios de comunicación a candidatos de esta estirpe y me preguntaba hacia dónde vamos, a quienes estamos entregando el país, por qué ha de prevalecer la apuesta a la ignorancia con mala reputación sobre la apuesta a muchos dirigentes sanos, honrados y profesionales. ¿Vamos a permitir que verdaderos bribones metidos a políticos, algunos con asuntos pendientes en la justicia o con antecedentes judiciales nada halagüeños, se apoderen de las instancias de decisión fundamentales del Estado? ¿Es que estamos ante un caso aberrante de un mercado de mercaderías políticas donde la contribución monetaria y el “allante” de la más baja ralea predominan sobre los valores, virtudes, experiencias, currículos y méritos?
El asunto no es exclusivo del PLD, es práctica generalizada en todos los partidos, grandes y pequeños. No obstante, esta triste realidad para nada justifica que imitemos los peor, que reproduzcamos las lacras del sistema partidario dominicano.
Al elegir el Presidente no tuvieron los compañeros las mayores complicaciones. El trabajo hecho, los resultados convincentes de muchas ejecutorias de política, sus impactos en términos de seguridad y bienestar, fueron el criterio determinante a la hora de elegir y lo que, en definitiva, determinó que el PLD pasara a ser la principal fuerza electoral del país.
La clara enseñanza es que el pueblo dominicano comienza a diferenciar, a discernir, a echar su voto a conciencia, a privilegiar a quienes entiende van más allá de las poses y saben no ser indolentes, mantienen su palabra, cumplen sus promesas hasta donde pueden hacerlo y se mantienen cerca de la gente que le favoreció con su voto durante todo el período de gobierno. Cuando le imponen lo que él rechaza, lo que a su juicio no resiste un examen de elementos positivos y avances medibles, sin mencionar otros criterios, se desliza, en general, hacia otros predios, aun cuando no sean de su absoluto agrado.