Humberto Almonte
En el ánimo de todos los seres humanos de todas las latitudes está destacarse, hacer ruido, pegarse en el gusto popular y otras sandeces por el estilo. Como los cineastas no son la excepción, tenemos grandes cantidades de éstos queriéndose hacer notar en la gran pantalla y en las pequeñas también.
¿Cómo puede llamar la atención de manera eficaz en el cine un artista o una película? Facilísimo. Basta con escoger un tema polémico, sazonarlo con todas las imprecisiones habidas y por haber, acudir a una publicidad farandulera y desvergonzada, salpicar todo esto de un populismo de la más baja estofa y tendremos el mega hit cinematográfico escandaloso perfecto.
Que esos bodrios acudan no solo a los lugares comunes y que su despreocupación estropee su factura técnica o dramática, no es algo que le quite el sueño a estos mercaderes de las imágenes cuyo norte es la fama a cualquier precio y las ganancias monetarias. Están más cerca de los piratas o los creadores de las pirámides financieras que del séptimo arte.
Existe también una variante dentro del llamado cine de arte que tiene al escándalo como método privilegiado de dar a conocer sus contenidos. Los cineastas escogen aquellos temas que chocan contra la moral conservadora, no para plantear una posición o validar un discurso contestatario, sino tan solo con la intención de crear el escándalo per se, sin más consecuencias.
Lo contrario al populismo es ese arte elitista y burgués que se monta sobre las temáticas críticas en lo social y las desvirtúa porque las llena de estruendo y las vacía de contenido. Ese cine que luce transgresor en apariencia, en imagen, no resiste el análisis o el paso del tiempo y tampoco permanece en el gusto popular.
¿Cineastas como Luis Buñuel, Nagisa Oshima o Pier Paolo Pasolini no fueron tremendamente escandalosos en el pasado y lo siguen siendo hoy? Pues sí y no. Lo ruidoso era el tratamiento a profundidad de sus temas, no el cineasta en sí mismo, pues ni siquiera Pasolini era un individuo de polémicas que no fueran intelectuales, al margen de los prejuicios por su orientación sexual.
Buñuel llamaba la atención por el ataque a la moral burguesa, a la jerarquía eclesiástica y al absurdo de las convenciones sociales, todos ellos tratados en sus películas de manera detallada, especialmente en aquellas como La Edad de Oro (1930), El Perro Andaluz (1929), Viridiana (1961), Ese Oscuro Objeto del Deseo (1977) y otras.
La vida cotidiana de este cineasta podría catalogarse de sistemática y aburrida, pero sus andanzas artísticas y políticas lo colocan en las antípodas de aquellas estruendosas de los que se hacen pasar por artistas. Lo único surrealista en sus vidas son los escándalos o travesuras en bares o sitios de mala muerte, necesarios para alimentar sus leyendas urbanas en las redes sociales.
El director japonés Nagisa Oshima levantó un escándalo con su sexualmente atrevida El Imperio de los Sentidos (1976), que describe las prácticas de dos amantes de forma bastante explícita. Usted puede mutilar, asesinar personas, exterminar especies protegidas y cosas por el estilo,pero la moral conservadora no le permitirá llegar muy lejos en materia de sexo.
Aún hoy en Japón y en muchos otros países, las películas son objeto de censura por sus contenidos. Pero debemos aclarar nuevamente que Oshima no creía y no preveía el escándalo, porque esa no era su intención, ni siquiera hacerse famoso. De hecho, no mucha gente hoy día puede identificar al instante una foto suya, contrario a ciertos personajes o directores más reconocibles por sus rostros que por sus obras.
Pasolini, el director que podía escandalizar con La Pocilga (Porcile, 1969), Saló o Los 120 Días de Sodoma (1975), El Decamerón (1971) o Los Cuentos de Canterbury (1972), es el mismo que llegó a exponer en El Evangelio Según San Mateo (1964), las enseñanzas más cercanas a los orígenes del cristianismo y por ello fue reconocido por el Vaticano. El Evangelio… se apega a las fuentes y al humanismo incluyente de Pasolini para darnos una versión de la vida de Jesucristo.
El director que levantaba pasiones encontradas con sus filmes, al que se le acusaba de inmoral, tanto en sus obras como su vida sexual, como hombre público llevaba la existencia normal de un intelectual y ser humano comprometido con sus ideas, alejado de la trivialidad y el sensacionalismo mediático.
La panorámica del cine actual está repleta de cineastas escandalosos, amantes de la notoriedad personal, pero ninguno le puede arrebatar las palmas a Lars Von Trier, con más éxito en sus declaraciones polémicas que las obtenidas por sus últimos filmes Nymphomaniac (2013), oMelancolía (2011). El director se ha transformado en un habitual de las columnas dedicadas a chismes faranduleros sobre los famosos.
«Yo comprendo a Hitler aunque entiendo que hizo cosas equivocadas, por supuesto. Sólo estoy diciendo que entiendo al hombre, no es lo que llamaríamos un buen tipo, pero simpatizo un poco con él». No hay que ser judío o ciudadano de algún país víctima del desquiciado genocida alemán para sentirse ofendido por unas palabras carentes de toda sensibilidad.
Las declaraciones de Von Trier sobre si podrá volver a rodar una película sin la inspiración de las drogas o sus peleas con algunas actrices como Bjorg, lo convierten en un personaje que se destaca por encima de sus películas, sepultándolas bajo un manto de ruidos mediáticos sin cesar. Más de un artista actual del cine o de otras artes sigue esta perniciosa moda.
Las diferencias son claras si nos atenemos a la historia y a las prácticas seguidas por los creadores cinematográficos. Existen obras que han creado escándalos por sus temáticas, por las posiciones críticas expuestas en ellas o por sus hacedores. Otra cosa muy diferente es el uso del escándalo como método mercadológico o de autopromoción descarada, como diría mi amigo Alexéi Tellerías.
Las películas deben estar dos pasos delante de su realizador, pues de lo que se trata es de expresarse a través de ellas. Mal hace un artista en provocar estruendo oscureciendo sus creaciones para resaltarse a sí mismo. La posteridad suele ser cruel con esos cineastas escandalosos y tiende a olvidarlos sin ninguna piedad, condenándolos al Noveno Círculo del Infierno de Dante.