Humberto Almonte
El antagonismo de un personaje es una parte vital de la narrativa. A menos que lo que tengamos sea un monologo, la progresión de la película dependerá de las acciones del protagonista y del conflicto que desarrolle con su contraparte. Por lo menos, así es en el cine comercial promedio.
El malo no puede ser una versión descafeinada del protagonista. Este debe poseer una motivación creíble para desarrollar sus acciones contra el representante de los valores del status quo. En muchos casos, no nos creemos a ese antagonista, porque sencillamente carece de razones reales.
O se dota a estos personajes negativos de una profundidad o creamos un personaje como el de Gru en Mi Villano Favorito (Despicable Me), que por más que insista en su maldad nadie le cree, comenzando por sus Minions. Porque para ser villano se debe estar dotado de unas motivaciones que Gru no tiene.
Los malvados son seres complejos. Dirigen sus frustraciones cultivadas con esmero en las profundidades de sus espíritus retorcidos contra cualquier humano que se precie de tener valores, algún éxito o se erija en defensor de las causas nobles o ciudadanas. Y sin llamarse a engaño, a veces los héroes no están tan lejos en sus acciones de los villanos.
El cine dominicano, dentro de una dinámica que desconozco si es programada o pensada, ha construido personajes de malos que sobrepasan a los protagonistas en interés, pues están mejor definidos y delineados que sus contrapartes, que a su lado a veces parecen sosos, desangelados y poco creíbles, al contrario de esos malosos interesantes.
Existe una constelación de malvados de La Gunguna (2015), película coral como las haya en nuestro cine, pero también de personajes luchadores por el bien, por el sustento diario. Aquí los malos son tantos y tan desalmados, como el prestamista, los chinos, los narcos, que los buenos resultan elevados a la altura de héroes griegos.
Lo atípico de este filme es que pertenece a la honrosa categoría en que su personaje principal, Montas(Gerardo Mercedes ), está estructurado de forma que resulta por encima de todos, debido a la redondez dramática conseguida por el guionista Miguel Yarull, que lo dota de una fortaleza discursiva que opaca la maldad de unos criminales feroces y ridículos.
Los protagonistas de Flor de Azúcar (2016), se diluyen en el paisaje de una fábula cuasi religiosa a pesar de su origen literario, en vez del drama social que quiso transmitir Juan Bosch al escribir el cuento. Samuel Mendoza y su familia, amén de otros personajes, son toda beatitud y bondad, pero no logran transmitir la justicia de su tragedia, ahogada entre biblias y hermosos paisajes.
Los militares a los que se enfrenta Samuel (Héctor Aníbal), representantes de la guardia pretoriana del dictador Trujillo, son más creíbles porque su maldad es visible y constante, expresada en acciones y reacciones. El sargento vil que persigue al fugitivo esta poseído de una motivación interna que transmite puntualmente al espectador, al igual que el cabo asesinado accidentalmente por Samuel Mendoza.
El desbalance de simpatías orientadas hacia los malos es un fallo en la estructuración de los personajes, cuando no es el propósito inicial del realizador. Si concebimos un guión, con el héroe y su antagonista, en que al desarrollarse la acción el público orienta su empatía hacia los personajes que no habíamos planificado, allí existe una disfunción estructural.
De los filmes más recientes, Loki 7 es el que está más cerca de desarrollar en el planteamiento inicial de la historia un enfrentamiento de las fuerzas del bajo mundo en el que la separación entre buenos y malos no está muy clara, pues una delgada línea separa al grupo de amiguetes fulleros de aquellos capos del crimen, creando un dilema de identificación para la audiencia.
Solo Álvaro (Isaac Saviñón), puede lograr convencer en algo, pero no así el resto de sus amigos, como El Toro, Pietro, Sebastián, Dimitri o Alex, que conforman un colectivo poco capaz de atraer la simpatía de los espectadores, convenciéndolos de ser unos Robin Hoods enclavados en las playas del Este de la República Dominicana. El problema es que sus pillerías no les resultan atractivas a la gente que prefiere a los malos verdaderos.
Moncho es un capo de la región norte, el Cibao, ambiguo sexualmente, vividor y cultor de un arte de muy mal gusto e ignorante de todo lo que no sea la vida criminal. Sin embargo, su personaje nos divierte y nos seduce porque resulta creíble merced a sus diálogos, la actuación de Manny Pérez y lo bien construido que está en el guión.
Andrei es el mafioso ruso de una sola pieza, hosco y traumatizado por las traiciones, que le hace la competencia a Moncho por la influencia en esa zona. El gallego-dominicano Uxío Lis, nos lo hace creíble con una gran economía de gestos, y al igual que su contraparte cibaeño, goza de una buena definición guionística.
El Camino Correcto es un filme sobre gente buena enfrentada a circunstancias difíciles de la vida. Arturo (Eddy Jiménez), es un joven que busca la manera de sobrevivir honestamente de su trabajo, el problema es que su personaje, demasiado buenón y angelical, no nos parece real y tampoco convence su discurso narrativo.
Sin ser un personaje que termine de impresionarnos, Rubén el primo narcotraficante de Arturo está mucho mejor definido, pese a una maldad uniforme sin muchos matices. Su dedicación a enriquecerse de manera violenta y rápida termina sin demasiada trascendencia, ni actoral ni de guión.
La definición de los roles en una película, entre protagonista y antagonista, debe estar balanceada, cosa que no pasa en la mayoría de los ejemplos que hemos desarrollado. Salvo La Gunguna, en las demás ese contraste de roles no existe. Como se puede observar en Flor de Azúcar, Loki 7 y El Camino Correcto, el desbalance favorece a los malos, sin que un protagonista o bueno resulte creíble.
El cine dominicano está abocado a la revisión de las estructuras dramáticas para corregir los fallos en la construcción de los personajes. Buenos o malos, necesitan elementos discursivos, actorales y de contenido, que los doten de la credibilidad necesaria para sintonizar de manera más efectiva con las audiencias.