El día 20 de este mes tomará posesión como presidente de Estados Unidos el señor Donald Trump, el cual será el presidente número 45 en la historia republicana de esa nación.
Al tener un estilo no convencional y atípico, muy marcado por su excéntrica, exótica y muy ensimismada personalidad, y un discurso errático, exhibidos a todo lo largo y ancho de la campaña electoral recién transcurrida y siempre, son incontables las aprensiones, temores y sobresaltos que asaltan a la mayoría de la población estadounidense en el tránsito entre el presidente electo y el nuevo jefe de Estado de Estados Unidos.
Pero esas aprensiones, temores y sobresaltos se han elevado a la enésima potencia habida cuenta de que el presidente electo ha anunciado o nominado un gabinete en el que la mayoría de los integrantes no tienen ni la formación, ni la experiencia, ni el entendimiento, ni las luces para manejar correctamente los asuntos de Estado, por lo que no le inspiran confianza a la mayoría de la población.
Cuando un presidente electo, improvisado y enganchado por azar de la vida a la política, el sentido común aconseja que debe hacerse acompañar de los mejores cerebros formados en las mejores universidades y con una amplia experiencia acumulada en el manejo de los asuntos de Estado y de la política en general en las diferentes áreas.
Pero, además, la mayoría de ellos, incluyendo al presidente electo, tienen ideas estrambóticas, muy fallidas y carentes de realismo no obstante el pragmatismo de que quieren hacer gala, puesto que parten de una matriz incorrectamente fundamentada desde el punto de vista de la construcción del conocimiento.
Por eso hay una ausencia total de planes, programas y proyectos correctamente concebidos y elaborados.
Lo que pasó en las elecciones y las expectativas y perspectivas sombrías que hay con relación al nuevo gobierno dan cuenta de que la sociedad estadounidense atraviesa por una crisis general y del conocimiento muy profunda que invita a la población a revisarse muy profundamente.
El camino hacia lo desconocido está sobrecargado de grandes y pesarosas tensiones e incertidumbres. Lo desconocido es una rara mezcla de lo que conocemos ahora, que alarma y tortura, y lo que está por conocerse, que no augura ni presagia nada halagador.
Y el desastre anunciado se presagia a partir de que el errático y fallido discurso del candidato Donald Trump, todavía presidente electo, se lleve a la práctica.
La idea central de ese equivocado discurso gira en torno al restablecimiento de la grandeza de Estados Unidos. Y todo indica que cuando Trump habla de eso se está refiriendo a la grandeza de Estados Unidos como potencia, y no a la grandeza de esa nación como pueblo.
Pero la grandeza de Estados Unidos como potencia es la historia del saqueo, del despojo, del exterminio, de la guerra como instrumento de imposición y de dominación, de golpes de Estado, invasiones por doquier, de la imposición de dictaduras militares y civiles y del uso de la diplomacia, de la política, de la geopolítica y de la geoestrategia para someter a su dominio a naciones y pueblos enteros en América, en Asia, en África y hasta en Europa. Y entonces el desarrollo y el subdesarrollo, la riqueza y la pobreza, la inclusión y la exclusión tienen espacio y tiempo en este mundo marcado profunda y permanentemente por la desigualdad y la confrontación.
Y nada ocurrió o sucedió de manera natural o espontánea, sino producto de las políticas, estrategia y acciones de los más evolucionados y mejor dotados contra los menos evolucionados y peor dotados de recursos, de manera que el desarrollo no es explicable al margen del subdesarrollo, porque la expoliación descarada de las riquezas y los recursos de los más pobres permitió y posibilitó el desarrollo multilateral de las potencias, incluyendo el desarrollo de la ciencia y de la tecnología.
Pero todo eso incluye el control autoritario y unilateral de los organismos internacionales: las potencias tutelan el “desarrollo” del resto de la humanidad
El mundo en que vivimos, construido por los humanos pero sobre todo por las potencias y los organismos internacionales, es el mundo de la eterna desigualdad y de la eterna pobreza.
Si Donald Trump dice que hay que restablecer la grandeza es porque según él esa grandeza se ha deteriorado, y ese deterioro él lo atribuye a la inmigración desbocada, 11 millones de indocumentados, a la política comercial “incorrecta” que ha aplicado Estados Unidos, creando cientos de miles de empleos o millones de empleos fuera de la frontera de esa nación, y no dentro, a la existencia de un sistema tributario con una muy elevada progresividad, a la excesiva regulación y supervisión de la economía, en especial de los mercados financieros, a asumir solo los costos de la seguridad mundial y al hecho de que Estados Unidos ha sido muy generoso, comercialmente hablando, con China Continental.
Actuar sobre esas causas, que no son las verdaderas causas del deterioro de la grandeza de Estados Unidos como potencia, significa que de antemano la gestión de gobierno de Trump va a ser una gestión fallida o fracasada.
La inmigración ha sido, históricamente, un factor clave en el desarrollo de Estados como pueblo y como potencia. Luego no es sensato enfrentar determinados fallos de la política migratoria e inmigratoria matando la gallina de los huevos de oro, es decir, declarándoles la guerra total a la inmigración, y muy especialmente a los inmigrantes indocumentados. Por otra parte, Estados Unidos ha sido el principal promotor y beneficiario de la globalización y de la liberalización del comercio mundial, y es normal y lógico que en un proceso de relocalización y desconcentación de la producción, conectado a la globalización y a la liberalización del comercio, las cadenas de valor en el proceso de producción de riquezas se difuminen o esparzan por el mundo, aprovechando externalidades positivas y ventajas en otras naciones, ya sean desarrolladas o subdesarrolladas.
Aplicar una política de corte proteccionista para enfrentar esa situación, y los mismos déficits comerciales, no es correcto ni es sensato, porque, además, es contraproducente con la lógica, contenido y sentido histórico de la globalización. En vez de prohibir importaciones, y hasta de aumentar aranceles, Estados Unidos debe detener la apreciación o revaluación del dólar porque eso sí que es pernicioso en razón de que drena o destruye la competitividad de su aparato exportador y de sus exportaciones, y agravaría grandemente los déficits comerciales. Lo que le conviene en el corto plazo es promover la depreciación o devaluación de su moneda y evitar que el precio del dinero siga aumentando, porque la apreciación y la subida del precio del dinero harían que los costos para producir cualquier bien y para crear empleos sean más altos que los costos que tendrían economías similares a la de Estados Unidos para hacer lo mismo, y eso sacaría a Estados Unidos de competencia en el comercio mundial. Y también esto aumentaría enormemente el costo de la deuda pública en Estados Unidos, y recordemos que esta nación está endeudada hasta la coronilla con China Continental.
Pero de cara al mejoramiento estructural de su competitividad sistémica y de las exportaciones lo que le conviene es aplicar políticas públicas tendentes a mejorar progresivamente sus índices de productividad.
Desmontar el aparato de regulación y de supervisión de los mercados financieros, es síntoma de muy mal agüero, porque fue precisamente la desregulación irresponsable de los mercados financieros por parte del gobierno de George W. Bush lo que provocó la gran hecatombe o debacle mundial del 2008.
Tampoco es correcto proceder a matar la progresividad del sistema tributario, no solo porque aumentaría enormemente la desigualdad entre ricos, clase media y pobres en Estados Unidos, sino porque históricamente está archidemostrado de que hacer esto no se traduciría en ganancias colectivas significativas en términos de productividad, de eficiencia y de competitividad y de generación de empleos.
Sería descomunal e insostenible la explosiva situación fiscal que se crearía en Estados Unidos si en el contexto de la revaluación del dólar y del incremento del precio del dinero el próximo gobierno procede a aumentar el gasto público y a reducir los impuestos simultáneamente. De hacerse eso la magnitud del déficit fiscal y el volumen de la deuda pública alcanzarían proporciones realmente gigantescas.
Y esto combinado con el incremento exorbitante de los déficits comerciales configuraría un cuadro dantesco que podría estar en la base de la gestación de una nueva crisis económica mundial, en la que estaría incluida el desencadenamiento de una crisis inflacionaria de grandes dimensiones, dados los hechos concretos de la revaluación del dólar, el aumento del precio del dinero y el recorte de la producción mundial de petróleo.
No creo que Estados Unidos haya sido generoso con China Continental, lo que pasa es que la política comercial de China ha sido más agresiva, audaz, efectiva y eficaz que la política comercial de Estados Unidos, y la política económica y la política china en sentido general han tenido objetivos estratégicos muy bien delineados que han apuntado a elevar los niveles de desarrollo y a levantar una potencia poderosísima aprovechando incluso, de manera fundamental, sus relaciones económicas y comerciales con Estados Unidos que le ha servido de punto de referencia, de capacitación, de entrenamiento y de captación de inversiones y de capitales. Y eso lo viene haciendo China Continental desde principios de los 70 cuando restableció las relaciones diplomáticas con Estados Unidos.
Pero tampoco es posible restablecer la grandeza de Estados Unidos como potencia repitiendo el periplo o recorrido histórico que hizo este país, y que hicieron las demás potencias, para construir su poderío desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el fin de la Guerra Fría. También porque el mundo nunca ha sido unilateral y homogéneo, mucho menos hoy en que hay potencias contrastantes que constituyen una amenaza real a la expansión económica y comercial sin límites de Estados Unidos en el globo en el marco de sus objetivos geoestratégicos y geopolíticos de dominación o hegemonía mundial.
Porque resulta que ahora la grandeza de las potencias no pasa fundamentalmente por el tamiz de las guerras de exterminio, de saqueo y de despojo, aunque éstas siguen presentes bajo otra modalidad, sino por el tamiz de los mercados, del libre comercio y del desarrollo de la ciencia, de la tecnología, de la innovación y de los recursos humanos. Y en ese tenor potencias como China Continental y Rusia ejercen un rol contrastante, limitante y de equilibrio en el juego de poderes a nivel mundial.
Creo que el deterioro de la grandeza de Estados Unidos como potencia hay que verlo como consecuencia del desarrollo desigual entre las potencias que se ha dado en el contexto de la globalización y de la liberalización creciente de la economía y del comercio.
Y con esas incorrectas medidas de política como las que aparecen en el fallido discurso de Donald Trump no hay manera ni forma de alterar el curso de ese desarrollo desigual entre las potencias. En ese contexto, no creo que Estados Unidos sea la potencia que esté mejor posicionada para resistir los terribles efectos y embates de una posible guerra comercial teniendo al proteccionismo como telón de fondo en razón de que apreciación, subida del precio del dinero y proteccionismo al mismo tiempo son el fuego puro en que ardería y se consumiría cualquier economía, mucho más en tiempo de hegemonía de la globalización y el libre comercio.