Opinión

La industria del futuro entre la productividad y la competencia

Las discusiones sobre la reindustrialización y el retorno a la manufactura entroncan con los resultados y las consecuencias de dos crisis, ambas de naturaleza socioestructural.

La primera, la provoca el tránsito de la sociedad industrial a la del conocimiento, con el énfasis puesto en el desarrollo sociotécnico, la formación-cualificación profesional de los ciudadanos, la inversión en I+D+i, el despliegue de talento, la creatividad, la innovación, la renovación del trabajo, los sentidos y la reestructuración del empleo. Eso genera la estructura social específica, con dificultades para mantener la cohesión social, las rentas medias y el grado de bienestar alcanzado en décadas anteriores. Las repercusiones son significativas porque se cuestionan los contenidos del contrato social firmado en la década de los sesenta y setenta del siglo XX, a través de la cual se socializaron dos generaciones, sobre todo en Europa, que se han educado y legitimado en la conexión entre el desarrollo económico, la sociedad integrada y cohesionada, la fortaleza del Estado y las culturas del consumo y el bienestar.

En segundo lugar, la crisis económica y la financiación de la sociedad exhiben las dificultades de los Estados del bienestar para sostener el gasto público y la orientación social de las políticas públicas. Las consecuencias alteran dos recursos de ese saber estar: 1) Las expectativas en el futuro abierto y viable, y 2) Las posibilidades de la sustitución generacional, mediante los mecanismos establecidos, accesos al trabajo, educación y movilidad social ascendente.

La crisis de los últimos años reconstruye la significación económica, social y política del contrato social que se establece hoy en día y enseña que hay países que deben ser intervenidos por las autoridades económicas, pero expresan que el pleno empleo es una entelequia y el contrato que da como resultado el bienestar, décadas de crecimiento y cohesión en el mundo occidental es insostenible.

De ahí que pretendamos detenernos en el análisis de las consecuencias significativas que provoca la transformación estructural que emerge en torno a la industria del futuro. La propuesta relaciona el crecimiento económico con las consecuencias que provoca. No podemos escapar de la conexión existente entre unas variables y otras. Para los economistas, hay indicadores sociales que aportan mucha información. En consecuencia, es innegable elegir tres factores estructurales, si ponemos en relación la evolución demográfica, el empleo y el relevo generacional. Estudiar la demografía, es por ejemplo, un signo de inteligencia práctica, comprender las fuentes del empleo es la base inagotable del conocimiento de las cosas y mirar la inserción de las nuevas generaciones expresa la esperanza y el sostén de la idea del futuro. La estructura de la población a la que se dirige, apunta resultados interesantes.

El desequilibrio demográfico plantea dos problemas de importancia: La financiación del entramado del bienestar y la pérdida de confianza en el modelo construido en las décadas de bonanza económica. Sin olvidar que la financiación del sistema depende no sólo de lo ahorrado por las generaciones mayores, sino del trabajo de las generaciones más jóvenes y de los excedentes que trasladan desde las rentas del trabajo y, en menor medida del capital, a las prestaciones sociales a través de los impuestos.

La situación económica impacta, entre otras cosas, porque es la crisis de empleo y, a la vez, de creación de puestos de trabajo de calidad, con salarios más competitivos e incremento de la temporalidad. La conclusión es evidente, dependemos de la bonanza económica, de la generalización del empleo y del buen uso de los impuestos para sostener los entornos de bienestar construidos a través de la industria.

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