Opinión

La capital dominicana y su ambiente

Una madrugada primaveral del año 2018, en la ciudad caribeña de Santo Domingo de Guzmán, República Dominicana, todo era tiniebla, o más bien se trataba de una enorme neblina que arropaba el parque botánico y su aledaño parque zoológico capitalinos. No se percibía aurora, ni tampoco podía el astro rey asomar sus bellos rayos que anuncian la mañana. Todo era una sola humareda, una tenebrosa panorámica silente y misteriosa. Nada se veía, solo la imaginación se daba banquete con un temeroso pensamiento apocalíptico. ¿Habríamos arribado a la gran final terrenal? ¿Algún poderoso enajenado sorpresivamente nos había dado el saludo matinal con una poderosa y silente descarga atómica? Nada de hecatombe nuclear, ni cosa parecida, se trataba sencillamente de un episodio más de los ya nada sorpresivos fuegos “espontáneos” del archiconocido vertedero de Duquesa. Para colmo de la chifladura ambiental veíamos, a través de distintos medios, la imagen de un helicóptero soltando una bolsa plástica de agua con la pretensión de ponerle fin al siniestro urbano.

Transcurridas ya dos horas de la acostumbrada caminata matutina, nuestro embotado olfato registraba un desagradable olor a basura parcialmente quemada. Fue en ese momento cuando la tristeza nos embargó mientras hacíamos un ejercicio de cálculo estadístico acerca de las consecuencias que el monóxido de carbono derramado en el espacio citadino tendría sobre las miles de personas con trastornos respiratorios y cardiovasculares. ¿Cómo cuantificar la morbilidad y mortalidad hijas de la combustión incompleta de material orgánico y de plásticos acumulados por toneladas en ese depósito de desechos sólidos? ¿Quién o quienes se responsabilizan por el daño ecológico, social e individual?

Autoridades de turno explican que hasta el 2020, digamos dentro de dos será cuando la magia del tiempo venga con la solución al grave problema del manejo adecuado y reciclaje de la basura.

Como ya casi nadie es tonto en la tierra que amó el almirante Cristóbal Colón, “resulta y viene a suceder”, como diría un amigo de antaño, que esta fecha coincide en el calendario con las elecciones municipales, congresuales y presidencial dominicanas. ¿Será este uno de los temas de propuesta de uno que otro candidato? Quienes con más razón debían votar a favor de una limpieza e higiene ambiental serían los muertos y los pacientes crónicos con graves trastornos cardiovasculares y respiratorios. Ambos grupos, por razones obvias no podrán ejercer su derecho a elegir y ser elegidos.

La gran metrópolis nacional ha venido creciendo de manera acelerada y sin planificación alguna. De modo paradójico lo individual se le impone al colectivo, no hay consciencia urbana acerca de la necesidad de buscarle una salida urgente a la problemática de los desechos. El enorme cementerio de envases plásticos no reciclables presentes en cañadas, solares baldíos, callejones, playas y montes aledaños mete miedo. Los nidos de ratas, cucarachas y otro sinnúmero de alimañas resultan nauseabundos.

¿Acudiremos al padre de la ciencia ficción para que nos haga una nueva edición de La isla misteriosa? ¿Le pediremos al genio literario del siglo XIX que transporte a más de tres millones de habitantes en viaje urgente imaginario a Marte? Sinceramente opino que sería exigirle mucho a Julio Verne. Creo mejor el que pongamos los pies sobre la tierra y nos ubiquemos en tiempo, espacio y persona, reconociendo que tenemos un mal social crónico que se agudiza.

¿Esperaremos al año 2020?

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