Opinión

En una guerra comercial no siempre se gana

El 31 de mayo de este año el presidente Donald Trump estableció un impuesto de un 25% a las importaciones de acero y de un 10% a las de aluminio, con lo cual dio inicio a los toques de tambores y trompetas de una guerra comercial, antes había amenazado con aplicar aranceles a 1,300 productos de origen chino y salir el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, acordado con Canadá y México.

Para establecer los impuestos al aluminio y al acero el Presidente norteamericano invocó la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial que le permite establecer aranceles en interés de la seguridad nacional. Esto tiene molesto a los países aliados de la Unión Europea que son exportadores de estos productos, y mucho más indignado a los canadienses que han sido unos aliados históricos y consecuentes con los Estados Unidos.

Detrás de estos impuestos se encubre una intención clara: recuperar las fábricas y empleos perdidos en algunos estados norteamericanos, pero el impacto neto para la economía y el pueblo podría ser negativo.

La decisión de proteger a estas industrias y sus empleados tiene precedentes. En marzo del 2002 el presidente norteamericano George W. Bush estableció aranceles a la importación de acero que iban desde un 8% a un 30%. En esa ocasión se excluyeron México y Canadá.

Este impuesto debía de durar hasta el año 2005, pero la condena de la Unión Europea, de Japón y de la Organización Mundial del Comercio, la posibilidad de que las represalias de los países afectados tuvieran un impacto político en las elecciones del 2004 y el impacto económico que estaban teniendo, obligó a su derogación en el 2003. Como resultado de la imposición de las tarifas del 2002 los Estados Unidos perdieron 200,000 empleos directos e indirectos ligados al sector. El acero y el aluminio son materias primas e insumos para centenares de empresas norteamericanas grandes y pequeñas, entre las que se incluyen las productoras de automóviles, las aeroespacial, las de partes y piezas, las de la industria de la construcción y petrolera.

En los Estados Unidos hay cerca de 84.000 personas trabajando en la industria del acero y del aluminio. Desde el año 2000 se han perdido solo 49 mil empleos, ¿pero cuántos se han ganado en otros sectores? En la actualidad la economía norteamericana está casi en pleno empleo, situándose el desempleo para el mes de mayo, en un nivel de 3.8 por ciento, el más bajo desde abril del 2000. El mes pasado se crearon 223,000 empleos; es decir, en un sólo mes hubo 4.5 veces más nuevos empleos que los que se perdieron en 16 años en la industria del acero y del aluminio.

De las industrias norteamericanas afectadas con la imposición de los aranceles, la automotriz tiene más de 7 millones de personas vinculadas, mientras que industria aeroespacial genera más de 2.5 millones de empleos. El impacto negativo que el arancel puede tener es muy importante.

Otros elementos entran en juego cuando se analizan los efectos de los aranceles y el desarrollo de una guerra comercial: El acero y el aluminio son insumos de muchos productos de consumo masivo, tales como las bebidas, las sopas de lata, los electrodomésticos y los vehículos. Los precios de estos productos pueden verse incrementado afectando a los consumidores finales. Las respuestas que los países perjudicados por los aranceles también pueden tener efectos no deseados en productores y trabajadores y en la economía en general. Los resultados pueden ser mucho más perjudiciales que los beneficios que se esperan.

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