Hablan los hechos

¿Vestigios de la doctrina Monroe?

Desde nuestra concepción como un Estado soberano, libre e independiente de toda potencia extranjera, hemos reivindicado una y otra vez a lo largo de 174 años de historia nuestro derecho a la autodeterminación. Un ideal que ha cobrado la vida de miles de nobles dominicanos, a cuyas memorias debemos no solo nuestra identidad, sino también la lealtad en el proceso de construir un mejor porvenir.

La autodeterminación en esencia, es un principio del derecho internacional público, que brinda a los pueblos la potestad suprema e inalienable de decidir libremente su forma de organización social y política, sus leyes, la estructuración de sus instituciones, su modelo económico, sus valores, su cultura y su destino. Todo esto sin injerencia o coacción externa, tomando en cuenta que en el ejercicio de soberanía no se vulneren los derechos humanos de los propios ciudadanos.

Esta breve introducción con tono reivindicativo, surge a propósito de una movida reciente de parte del gobierno de Estados Unidos, que recrea parte de las viejas tácticas y presiones propias de los tiempos de Guerra Fría, ahora dirigidas a contrarrestar y/o poner resistencia al avance de los intereses de China en la región.

Sucede que el pasado viernes, en medio de una creciente tensión entre las dos principales potencias del mundo, el Departamento de Estado anunció el llamado a consultas a sus embajadores en Panamá, El Salvador y República Dominicana.

La medida que fue divulgada escuetamente por diferentes medios nacionales e internacionales, se limitó a señalar que la acción respondía al interés de evaluar la decisión de estas tres naciones de establecer relaciones diplomáticas con la República Popular China, al tiempo que rompían lazos con Taiwán. De hecho, recientemente la Casa Blanca amenazó con reevaluar su relación con El Salvador, luego de que esta nación formalizara su relación con Beijing en agosto, acción precedida por nuestro país (mayo 2018) y Panamá (junio 2017).

Lo curioso, sin embargo, es que dentro de los argumentos vertidos por el Departamento de Estado, Washington señalara a la República China de Taiwán como un “aliado”, término que han evitado usar los predecesores de Trump, a pesar de que Estados Unidos ha sido por más de tres décadas el mayor suplidor de armas de Taiwán. Esta táctica retorica coincide con la visita que en fecha reciente hiciera la presidenta taiwanés, Tsai Ing-wen, a territorio estadounidense, una acción que no tardó en despertar reclamos de Beijing.

Retrotrayéndonos un poco más de medio siglo atrás, podríamos rememorar que tras una guerra civil que desangró a China, esta nación se dividió en dos facciones gobernantes, no muy bien habían superado las calamidades propias de la invasión nipona durante y la Segunda Guerra Mundial. De ahí que en 1949 se produzca el nacimiento de la República Popular China, liderada por Mao Tse Tung y la República China de Taiwán, liderada por el general Chian Kai Shek, considerándose esta última una nación soberana al tiempo que es vista como provincia rebelde por el gobierno de Beijing.

En un primer momento, dado el contexto internacional de Guerra Fría que dividió al mundo de la postguerra en dos grandes polos, Taiwán fue beneficiado con el reconocimiento internacional, así como un asiento dentro del poderoso Consejo de Seguridad de la ONU, que sin embargo perdería a principio de los 70´s como parte de las reconfiguraciones que se iban dando a nivel geopolítico. Dicha vacante pasó a ser ocupada por la República Popular China, nación que en lo adelante sería reconocida como la representante legitima del pueblo chino por cada vez más países, bajo la política de “una sola China”.

Así lo reconocería el propio Estados Unidos, cuyo gobierno en 1979 estableció relaciones diplomáticas plenas con China continental en detrimento de Taiwán, sentándose las bases de una relación amigable que duró mientras la República Popular China no representara una amenaza real a los intereses estadounidenses en el mundo. Hoy el escenario es otro.

En efecto, desde la asunción de Xi Jinping a la presidencia, el gigante asiático ha dado un salto cualitativo en su relación con el mundo, redibujando a China en el mapa como un actor no solo de peso, sino de gran relevancia en las tomas de decisiones a nivel internacional. El impulso chino a nivel comercial, económico, militar, tecnológico y geopolítico, ha coincidido con una evidente decadencia de Estados Unidos en su rol de potencia omnipresente y hegemónica, que le caracterizó hasta hace una década atrás.

De hecho, China no solamente ha mostrado músculos en materia comercial y capacidad de liquidez económica, sino que su dinamismo se ha extendido al ámbito estratégico afianzando su influencia en Asia Pacifico, al tiempo que presta atención y atrae a aliados tradicionales de Washington que han sido continuamente olvidados, caso que se evidencia en Latinoamérica. Ahora bien, más allá de los intereses en juego en la región, como son el acceso a materias primas, mercados en apogeo, puertos estratégicos, desarrollo de infraestructura, etc., la acción del Departamento de Estado demuestra un reconocimiento tardío de que han perdido influencia en la región.

Ya previamente las alertas se habían hecho sentir desde Washington, que incluso advirtió que “América Latina no necesita un nuevo poder imperial”, pero poco podían los gobiernos latinoamericanos para tomar en serio tal declaración ante las continuas muestras de aislacionismo y desprecio por parte de la administración de Donald Trump. Ciertamente con República Dominicana y Panamá, el gobierno norteamericano ve con preocupación la pérdida de influencia en las dos economías de más rápido crecimiento y de ubicación geográfica altamente estratégica.

Con el llamado a consultas, son varias las conclusiones que podrían sacarse, y aunque por lo general esta acción suele ser un paso previo al rompimiento diplomático, en el presente caso resulta más bien una muestra de inconformidad por parte de Washington, que en lo adelante podría traducirse en la aplicación de mecanismos de presión a los gobiernos aludidos.

En lo adelante, el gobierno estadounidense podría estar pensando en hacer valer la excesiva dependencia acumulada que con ellos tienen la mayoría de los países de la región, a modo de “persuadir” sobre la creciente influencia china.

A fin de cuentas lo importante es entender que no se trata de una acción inspirada en principios, sino plenamente en intereses puestos en juego por dos grandes potencias. Latinoamérica no puede condicionar su futuro a interés foráneos, pero en pleno siglo XXI ya tenemos madurez suficiente para decidir con quién establecemos relación.

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