Cultura

Amor al cinematográfo

El amor es un asunto tan intangible, un sentimiento tan etéreo y complicado de reducir a definiciones o ser descrito en palabras, que es una quimera tratar de encadenarlo a las expresiones visibles o expresivas del ingenio humano. Si es así, quienes andamos en buscarle sentido al amor por el cinematógrafo estamos delante de la paradoja que pretende definir un sentimiento por un arte de sombras luminosas que hablan provocando sentimientos.

Aproximarnos entonces con las técnicas más científicas o sesudos análisis no nos servirá de nada, porque esta sensación no puede ser atrapada, a lo sumo dar una torpe descripción de lo que se siente y de las razones que creemos nos condujeron hacia una sala oscura para después salir hechizados por la comezón de un ano cualquiera, una matinée de un pueblo de provincias poblado de vaqueros e indígenas o el duro enfrentamiento de dos mujeres con una sonata otoñal de fondo.

No podemos aun entender que unos jóvenes decidan invertir el dinero de transportarse a su hogar para gastarlo en una sala de cine observando una película cualquiera, como recordaba el crítico Félix Manuel Lora, o lo experimentó quien les escribe. La pasión cinéfila es un fenómeno del espíritu, y por lo tanto, su asimilación conceptual no es fácilmente digerible.

A la cinefilia en ciernes de la generación a la que pertenezco, le tocó el privilegio de encontrarse con el magisterio de Humberto Frías, amante y estudioso del hecho fílmico y a quien le debemos no pocos de nuestros conocimientos, dotándonos de las herramientas analíticas pertinentes, ordenando la dispersión a la que la pasión nos llevaba, pero alimentando con mucho rigor el amor por el cine y sus hacedores en las aulas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, UASD.

Aquellos años no fueron de vino y rosas sino de perseguir películas, libros de cine, soundtracks, afiches y todo lo que oliera a este arte. El culto a las imágenes en movimiento nos condujo a dos templos en donde rendimos pleitesía al celuloide, y que fueron el Cine Universitario de la UASD, dirigido por Humberto Frías, y la Cinemateca Nacional, fundada y dirigida por Agliberto Meléndez.

Esos años formativos de cine en celuloide, clásico y no tan clásico, comercial bien y mal hecho, marcaron un camino para definir nuestros gustos, fobias y maneras de aproximarnos a ese arte que encandilaba nuestra imaginación. La asistencia a las salas era una forma de peregrinaje, el “Camino de Santiago” cinéfilo.

Sueños de celuloide

Al calor de las guías de aquellos maestros de la universidad estatal como Omar Narpier, José Luis Sáez, Odalis Pérez y otros no menos importantes, que nos transmitieron diversas formas de amor por el cinematógrafo -y es que había que leerlo-, imbuirse en su lenguaje y sus técnicas, una forma de darle rigor a esos sentimientos o contextualizarlos, como cuando leíamos esa historia del cine de George Sadoul.

Los extremismos también tienen cabida, pues dicen que del amor al odio existe un solo paso, y en este caso, la negativa era rotunda y feroz en contra del cine musical al que considerábamos intrascendente y aburrido. Mis recuerdos de como empecé a sentir afecto por ese género no son precisos pero sí que Pennies From Heaven -1981- de Herbert Ross, con Steve Martin y Bernardette Peters, significo una vuelta de tuerca para enamorarme del musical.

Los maestros soviéticos como Eisenstein, Pudovkin y Vertov le dieron un sentido político a ese amor, hasta entonces tan inocente, al igual que los experimentos de Kuleshov, un choque estético que nos nutrió. El encandilamiento por el cine latinoamericano vino de la mano de Santiago Álvarez, Humberto Solas, Jorge Sanjines, Fernando Birri, Oscar Torres, Glauber Rocha, Nelson Pereira Dos Santos, Rui Guerra y otros realizadores.

La película que resume todas las andanzas particulares en busca del gran amor cinematográfico es Splendor -1989-, dirigida por Ettore Scola con la actuación de Marcelo Mastroianni, Massimo Troisi y Marina Vlady. Es la historia de un pequeño cine de provincias que se encuentra en crisis. Splendor es una monumental declaración de amor por el cine por parte de Scola, pero podría ser la de cualquier espectador o la mía, porque representa ese sentimiento tan especial de aquellos que no concebimos la vida sin el cine.

Las crónicas se convierten en parte de la historia por su precisión al plasmar los acontecimientos y eso las hace fuentes importantes para escribir las historias de nuestras cinematografías. La calidad de lo escrito o lo expresado en grabaciones audiovisuales, influye en que el público esté bien informado, tanto actualmente como en el futuro.

La cinefilia eterna

El camino que recorre un amante del cine está lleno de ilusiones y es una sensación que se nos introduce en todos los sentidos, hasta formar parte indisoluble de nuestra existencia. Somos ilusos eternos. Todos alguna vez hemos sido sometidos al dilema de cine o sardina, como en el caso del maestro Cabrera Infante, y la elección determina si se es cinéfilo o no.

Los amores por el séptimo arte de Ricciotto Canudo no se saben cuándo comienzan, pero es sabido que no tienen límites. El camino que iniciamos en una sala de provincias lo seguimos en este momento, como en Splendor, porque para quienes caen en el romance cinéfilo la aventura solo concluye cuando la luz de nuestras pupilas se apaga con el último suspiro.

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