Opinión

Adios Comandante Reyes Pimentel

Hace 39 años, en la mañana del día jueves 30 de agosto del año 1979, el compañero Demetrio Núñez fue a buscarme a mi casa porque el profesor Juan Bosch había instruido a los miembros y simpatizantes del Partido a que fuéramos a los locales para ponernos a disposición de los organismos de socorro del país ante la inminente entrada del peligroso huracán David, que se pronosticaba tocaría la isla al otro día. Mi madre me miró a los ojos y me preguntó que si estábamos locos. Le expliqué nuestro deber como dirigente del PLD, hasta que se calmó y me dijo: “Pero si eso es lo que tú quieres, que El Señor te proteja mi hijo”, mientras recogía algunas ropas para irse con la familia a la casa de mi hermana, que era de concreto.

Éramos casi todos muchachos adolescentes y yo tenía apenas 18 años. Al llegar a nuestro Comité Intermedio José Martí, que ese momento estaba ubicado en la calle Juan Alejandro Ibarra casi esquina San Juan de la Maguana, en Cristo Rey, me encontré con aquel hombre vestido completamente de color caqui, con una gorra de estilo militar, y con tono firme nos dijo: “Compañeros, este Partido se hizo para servir al pueblo y es nuestro deber ir a convencer a la gente que vive las casas vulnerables de que salgan y llevarlos a los refugios. Y después que los saquemos a todos nos quedamos con ellos para asistirlos en lo que necesiten hasta nuevo aviso. Somos dirigentes y eso no se compra en ninguna parte; y por eso no debemos abandonar a la gente humilde cuando más nos necesitan”.

Era nuestro activista enlace, el compañero Reyes Pimentel, con un firme carácter que contagiaba la disciplina y el entusiasmo por el trabajo; celoso del respeto a los métodos de trabajo, con una supervisión permanente del cumplimiento de los trabajos de propaganda, finanzas y la educación en los organismos.

De primera impresión nos causó cierta presión por su tono de voz y firme estilo de autoridad, pero luego al tratarlo comprendimos su papel de conductor político, su capacidad de trabajo y además de un trato de respeto a los compañeros.

Tuvimos 2 días sin dormir. Desde el mediodía salimos en comisiones hacia los barrios ubicados a la orilla del rio Isabela, El Hoyo de Chulín, El 70, La Chivera, El Caliche, La Puya, La 40 y demás áreas vulnerables, tocando puerta por puerta para que la gente entendiera la peligrosidad de quedarse en sus hogares. Anocheciendo sentimos ráfagas de vientos espontáneas con lluvias, lo que convenció a mucha gente que no quería dejar sus hogares por temor a que les robaran lo poco que tenían.

Reyes Pimentel se desplazaba a varios puntos para supervisar nuestra labor y al amanecer teníamos los refugios repletos de personas a las que ayudábamos, especialmente a los mayores de edad y a los niños. Pasamos ese terrible fenómeno fuera de nuestras familias porque nuestro deber era ayudar a los demás y permanecer con ellos hasta que estuvieran seguros. A la mañana siguiente, desde la parroquia San Pablo veíamos cómo el viento destruía todo a su paso en un cielo gris salpicado de escombros, basura y planchas de zinc que volaban como navajas asesinas. Vimos un árbol gigante levantarse y aplastar una vivienda como si fuera de papel y un carro correr de lado con el poder de arrastre de las ráfagas de David.

Cuando los vientos cesaron y la gente quería irse, nos tocó la tarea de supervisar los daños y orientarlos sobre el momento en que podía regresar a sus casas, lo que para muchos duró semanas, meses y años, ya que fueron muchas las viviendas destruidas o inundadas por encima de su techo.

Desde aquellos días de prueba como militantes comprometidos y disciplinados, seguimos construyendo nuestra organización, acompañado de nuestro querido activista Pimentel en muchas jornadas políticas y sociales, hasta que le tocó irse a trabajar a otro organismo. Ahora se nos fue de esta tierra, pero nos dejó para siempre su enseñanza y ejemplo para toda la vida.

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