Opinión

¡In memoriam! (II)

En nuestra columna anterior, al cumplirse un nuevo aniversario del asesinato de las hermanas Mirabal, al finalizar la misma, decíamos que este crimen inexplicable e injustificable, excesivamente abusador, solamente podía ser ejecutado con el mandato expreso de Rafael Trujillo Molina. Y ese crimen, como decíamos, impuso la necesidad del ajusticiamiento de Trujillo, plan que había sido concebido hacía mucho tiempo. En nuestro libro “Los magnicidios dominicanos”, cuya tercera edición fue editada en abril de este año, narramos, ajustados a la mas absoluta verdad, el origen y desarrollo del mismo. Desde 1955, antes de la inaguración de la “Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre” celebrada el 20 de diciembre de ese año, Homero Hernández Almánzar y Rafael Ramón Ellis Sanchez, Pupito, convencieron a Juan Tomás Díaz de que no había más salida que ajusticiar al dictador, porque Trujillo era un hombre valiente que no iba a salir huyendo de nuestro pais.

Juan Tomás fue el que incorporó después de 1956 a ese proyecto a Antonio de la Maza, Pedro Livio Cedeño y Amado García Guerrero, primer teniente del Ejercito del Cuerpo de Ayudantes Militares del generalísimo. La política exterior de Estados Unidos de América, había generado un cambio en sus relaciones con la dictadura del gobernante dominicano a partir del 1 de enero de 1959, con el triunfo del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, de Cuba, encabezado por Fidel Castro Ruz.

Y esa política como señalamos tanto en el libro antes mencionado como en nuestro ensayo biográfico titulado “Trujillo: monarca sin corona”, que está en su quinta edición, ampliada, actualizada y corregida en el mes de noviembre del año 2017.

En términos políticos, era un problema tan serio el ajusticiamiento de Trujillo, que los funcionarios estadounidenses, enterados del complot organizado a partir de 1955, y aprobado por el gobierno de John F. Kennedy, que al fracasar la expedición de Playa Girón en Cuba, para derrocar el Gobierno Revolucionario que encabezaba Fidel Castro, hicieron diligencias, apresuradas, que no fueron aceptadas para detener la muerte del dictador dominicano.

Han transcurrido 57 años de ese episodio, que vino a sumar el cuarto magnicidio que se ejecutaba en la República Dominicana; en orden histórico fueron: José Antonio Salcedo, Pepillo, Ulises Heureaux, Lilís, Ramón Cáceres y Rafael Trujillo Molina.

Distinción que al autor de esta columna, en términos reales, no nos agrada, pero es también una demostración indiscutible del extraordinario poder de decisión que tiene el pueblo dominicano, “Actor solitario de su historia” y el único pueblo hispanoamericano, o mejor dicho de América, que ha combatido, desde su génesis, en su territorio, contra españoles dos veces, ingleses, franceses dos veces, haitianos, y estadounidenses realidad también indiscutible, que como hemos dicho muchas veces motivó a Fidel Castro Ruz, a saludarlo llamándolo “Pueblo legendario, veterano de la historia y David del Caribe”.

El aniversario del asesinato de las hermanas Mirabal nos ha permitido recordar, cronológicamente, las razones de la existencia de la República Dominicana, que hoy quiere ser disuelta para juntarla con el conglomerado haitiano, convertida en un disparate histórico-político, llamado “República Domínico-Haitiana”.

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