En América Latina ocurre de todo, existen varias tendencias relevantes que predominan la orientación regional, así ocurre en la fragmentación política, aparecen nuevas caras en el liderazgo político, violaciones frecuentes a las normas institucionales, etc. En algunos casos, aparecen nuevos políticos populistas de derecha o izquierda, según el país, pero en otros momentos se coloca en primer plano el tema de la corrupción, la desafección democrática y el bajo crecimiento económico que caracterizan el contexto regional.
También está presente la incertidumbre que resulta muy amplia y en toda la región las tasas de participación laboral continúan muy bajas. En América Latina existe un malestar socioeconómico ancestral, al que se le han incorporado los problemas de crisis de confianza en la democracia y crisis de legitimidad, ambas provocadas por acciones imprudentes de los gobiernos en la conducción de las cosas públicas.
Las evidencias históricas revelan que los ciclos políticos en América Latina están altamente sincronizados, reflejando el hecho de que los ciclos económicos en la región están en gran medida determinados por factores externos. En efecto, durante el periodo 1974-1981, América Latina experimentó altas tasas de crecimiento económico y la región creció en promedio por el orden del 4,1% anual, en comparación con un promedio histórico de 2,8 %.
La situación descrita fue fruto de los incrementos del gasto público y burbujas inmobiliarias en todo el continente como resultado de los préstamos bancarios auspiciados por la banca comercial internacional como resultado del excedente de petrodólares, generando una bonanza económica que apuntaló a las dictaduras militares que asolaban la región. En ese entonces, el auge económico fue atribuido al restablecimiento del orden y la estabilidad que supuestamente habían impuesto los regímenes autoritarios, los cuales en un 80% de dichos gobiernos eran dictaduras militares.
Para el periodo 1990-2003 se habían superado las dictaduras en la región y la democracia ya estaba consolidada, la crisis de deuda había sido resuelta y las bajas tasas de interés habían retornado a América Latina, sin embargo, la región fue nuevamente inundada por capitales extranjeros en forma de bonos emitidos en los mercados internacionales de capitales por los sectores público y privado. El consenso en aquel entonces era que los mercados de capital impondrían una suerte de disciplina de mercado en una región con un largo historial de derroche, la bonanza que sobrevino fue interpretada por muchos como prueba definitiva de la efectividad del Consenso de Washington.
La aplicación por parte de gobiernos democráticos de políticas sensatas y creíbles parecía finalmente haber logrado su cometido: el crecimiento sostenido. Esto tuvo una duración efímera ya que la crisis asiática de 1997 y el default de Rusia en 1998 explotaron de manera inesperada, generando una enorme fuga de capitales en los mercados emergentes que nuevamente sumió a América Latina en el abismo.
Una vez más recesión, depresión, y crisis cambiarias, de deuda y bancarias de manera asombrosa afectaron la región, deteniendo el progreso económico que se forjaba. Se trata de que en la región los shocks externos impacten de manera desastrosas profundizando el deterioro de los indicadores sociales, económicos y democráticos.
La llegada del XXI puso al desnudo la existencia de una América Latina invadida de pobreza y descontento social, el cual provocó la caída estrepitosa de los gobiernos de centroderecha como un efecto dominó. Estos fueron remplazados por gobiernos de centroizquierda y, en algunos casos, por líderes populistas, pues los mismos representaban el 70% de los gobiernos que eran de centroderecha en la región.
En el periodo 2004-2014 aparecieron nuevos gobiernos de centroizquierda que no desconocieron el compromiso previo con la disciplina fiscal, la inflación baja y mercados abiertos. Más bien, lo tomaron como base para instaurar programas masivos de redistribución social, en particular, dirigidos a los segmentos más pobres, los cuales sólo pudieron ser financiados gracias a los precios de las materias primas en sus máximos históricos y a una ola masiva de entradas de capital después de la crisis financiera global, pero los gobiernos atribuyeron su éxito de crecimiento económico cuantioso a las políticas del paradigma reinante.
Pero resulta que se trataba de que el contexto externo ha sido muy desfavorable, situación que ha provocado frustración de expectativas y el desencanto que dieron lugar a manifestaciones masivas convocadas a través de las redes sociales. En algunos países, escándalos de corrupción en los más altos niveles de los gobiernos recurrieron apagar el fuego echándole gasolina a la leña.
Esta situación ha acontecido en un momento en que los pilares del orden liberal y democrático han sido atacados por movimientos secesionistas, nacionalistas, aislacionistas y populistas en EE.UU. y Europa. El reflejo político de la actual crisis socioeconómica en América Latina ha sido un retorno a los gobiernos de centroderecha, pero de modo alguno esto se debe a que la centroderecha se haya vuelto particularmente atractiva de la noche a la mañana.
Lo que América Latina está experimentando es una repetición de ciclos anteriores como es el rechazo de los gobiernos de turno sin importar su orientación ideológica. Se trata precisamente de que en el siglo XXI, en un 80%, ha estado dominado por gobiernos de centroizquierda y que ahora estamos observando un giro de una mirada hacia la derecha, lo cual coloca a la región en un péndulo de estilo de gobierno que en nada favorece superar la etapa de subdesarrollo e inequidad, siendo México y Brasil los polos mas inverosímiles de este vendaval cuyas miradas son diametralmente opuestas.