Opinión

El nacimiento del nuevo orden mundial: Lenin y Woodrow Wilson (III)

El presidente Woodrow Wilson y su Secretario de Estado Bryan sostenían una visión internacional en “solidos principios morales”, alejados, según ellos, del materialismo egoísta y el expansionismo de las administraciones norteamericanas precedentes. Estaban convencidos de que su modelo democrático, impulsado como cruzada sacrosanta por los Estados Unidos, ganaría fuerza a nivel global y no les faltaba entusiasmo para impulsar este proceso.

Ambos funcionarios públicos enfrentaron las fuerzas internas que moldearon la política exterior de esa época en los Estados Unidos. ¿Qué fuerzas se expresaban en ese escenario? ¿Cuáles eran sus diferencias? ¿Qué intereses de clase expresaban? Este es el tema que abordamos en esta entrega, partiendo de que los factores internos resultaron determinantes en la formulación de la política exterior wilsoniana.

En la época que siguió a la Segunda Revolución Norteamericana, más conocida como la Guerra Civil, la abolición de la esclavitud y, a seguidas, la integración de los esclavos como trabajadores libres dio un gran impulso a la producción industrial en los Estados Unidos.

La violenta explosión de las fuerzas productivas en el seno de la sociedad capitalista norteamericana como resultado de la victoria del Norte Industrial sobre el Sur Oligarquico en la Guerra Civil, acentuaron la tendencia hacia la concentración de la producción y el capital. En lo político, esto dio lugar a la aparición de un sector reformista que se oponía al crecimiento de los monopolios y defendía los intereses de los pequeños empresarios.

Esta tendencia política conocida como los “Progressives” o progresistas perseguían derrotar a los grandes capitalistas de Washington y dar el poder al “pueblo” a los fines de que este decidiera las políticas nacionales. Desde el punto de vista formal, los liberales dedicaron sus esfuerzos a la defensa y la extensión de la democracia burguesa en el seno de la sociedad norteamericana.

Sin embargo, su práctica real, sin embargo, distaba de sus planteamientos teóricos. Para el observador atento de la historia norteamericana, los presidentes demócratas y “liberales” demostraron, con sus acciones, todo lo contrario: Woodrow Wilson, por ejemplo, se distinguió por impulsar las famosas Redadas de Palmer (Palmer Raids) que reprimieron brutalmente a socialistas y anarquistas en los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial.

Por su parte, Franklyn Delano Roosevelt, diseño toda una estrategia represiva contra la izquierda norteamericana a través del Acta de Smith (Smith Act) y Harry Truman, impulso las llamadas Purgas de Lealtad (Loyalty Purge). Todas estas leyes sirvieron de marco para la violación de los derechos civiles y de expresión de miles de norteamericanos.

La tendencia política progresista tiene profundas raíces en la historia de los Estados Unidos. Las tres últimas décadas del siglo XIX estuvieron marcados por una fuerte reacción política después de la Guerra Civil y la Reconstrucción. La llamada “Gilded Age” o Época Dorada, que siguió ambos procesos, se caracterizó por un ascenso ininterrumpido de las fuerzas del capitalismo tanto en los Estados Unidos como a nivel mundial.

Las reformas económicas y sociales buscaban apuntalar la modernización del sistema capitalista norteamericano. La triunfante clase burguesa consolido enérgicamente su poder en las esferas esenciales del poder en los Estados Unidos tras derrotar la oligarquía esclavista del Sur.

El poder de los monopolios enfrento, sin embargo, una tenaz resistencia de parte de los campesinos, la pequeña burguesía y los trabajadores industriales. Las protestas de estas clases estaban dirigidas a frenar, controlar y hasta revertir el proceso capitalista de concentración de la vida económica. El progresismo como tendencia no buscaba eliminar el capitalismo en los Estados Unidos sino atenuar los “excesos” de la plutocracia dominante.

El principal enfrentamiento de las luchas políticas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX se dio entre los agentes del capital monopolista y los representantes de la pequeña burguesía liberal representados por el movimiento populista y progresista. A esta última le toco dirigir a los oprimidos. El proletariado norteamericano no pudo convertirse, en aquel momento, en la clase que dirigiera el frente de lucha de los sectores populares y que condujera, como en Rusia, a la transformación socialista de los Estados Unidos.

El ciclo de vida del movimiento Progresista, sus ascensos, sus fluctuaciones periódicas de la efervescencia a la estagnación y otra vez a la declinación y desintegración, están vinculadas estrechamente al desarrollo del capitalismo norteamericano. El movimiento Progresista fue el resultado político del periodo que siguió a la Guerra de Secesión. Nació durante la crisis económica conocida como El Pánico de 1873 y se fortaleció con cada crisis de sobreproducción del sistema capitalista norteamericano.

La plataforma de 1892 del Partido Populista fue resumida por el historiador norteamericano Charles Beard en The Rise of American Civilization en la que formula la siguiente denuncia de “La Época Dorada” del capitalismo norteamericano:

“… Que América estaba gobernada por una plutocracia, que el trabajo empobrecido estaba sometido por la tiranía de un ejército de mercenarios, que las casas están plagadas de hipotecas, que la prensa es una herramienta de los ricos, que la corrupción domina las elecciones, que el fruto del trabajo duro es robado audazmente para construir colosales fortunas para unos pocos, sin precedentes en la historia de la humanidad: y los poseedores de estas desprecian la república y ponen en peligro la libertad”.

El movimiento progresista llevo al clímax de su energía e influencia social en 1896 cuando sus objetivos fueron ostensiblemente adoptados por el Partido Demócrata y Bryan condujo la ofensiva en un intento de sacar al capitalismo financiero del poder en Washington. La ofensiva fracaso. Al final del poder de la clase gobernante, fundamentada en el formidable crecimiento económico del capital monopolista iba a establecer tanto las reglas de juego internas como externas de la sociedad norteamericana. El análisis de las posiciones políticas de Teddy Roosevelt y Eugene Debs nos permitirá comprender con más claridad las otras fuerzas que habrían de incidir en el enfoque wilsoniano de la política exterior.

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