Opinión

No estoy con Leonel

La coherencia es elemental para ser creíble. Las mudanzas, sin embargo, se pueden justificar para seguir manteniendo un hilo conductual que no riña con la base moral y ética de un individuo que edificó un talante limpio sobre un orden de ideas, igual de prístinas y modélicas para el gran público que necesita, en medio del incremento de las miserias humanas, orientación y referentes para el civismo como modo de convivencia ordenada.

De estas premisas parto para hacer públicas íntimas reflexiones que sé no son solo mías. Cavilaciones angustiosas que deben andar creando riñas con el sueño, interminables desvelos anidados, incluso, en conflictos existenciales que pasan por cuestionar la honradez intelectual (en el caso de los que están comprometidos con ideas, ideales y proyectos) y la legitimidad de los valores que se han sustentado durante toda una vida; pues, ¿sería correcto abandonar un camino que al emprenderlo definía un horizonte en armonía con nuestras creencias, pero que luego se torció para entrar en conflicto con nuestras banderas?

La cuestión se centra en esta interrogante orientada a la actual coyuntura electoral, marcada por la promoción de una segunda reelección consecutiva que daría al Presidente un tercer mandato ininterrumpido para lo cual se ha recurrido a toda suerte de maniobras que van desde la reedición de un mercado persa en el Congreso para relajar a la Constitución, la prostitución de las Altas Cortes, hasta la intimidación a sectores de la sociedad que han hecho pública oposición al creciente atropello a la institucionalidad democrática del país.

Traigo esto a cuento porque cuando en 1999 un senador emplazó al presidente Leonel Fernández a reformar la constitución para reelegirse, el mandatario lo descartó de forma contundente, como lo hiciera también en 2011, cuando funcionarios de su gobierno ensayaban fórmulas para que éste permaneciera en el poder por un tercer período consecutivo. En ese momento coincidí, desde temprano, con la postura final del entonces gobernante.

Esa conducta es el reflejo de un civilista que encarna un proyecto de nación iniciado en 1996; un proyecto que, número a número, fuera de la pasión del discurso políticamente interesado, ha traído prosperidad, aquella que se interrumpió con la hecatombe de 2000/2004, que continuó a partir de 2004 y se ha extendido hasta hoy por esa mezcla de inercia y esfuerzo denodado de la actual administración. Un proyecto de nación que, conducta tras conducta, fue acometiendo iniciativas que crearon el marco jurídico para la sostenibilidad del progreso en su sentido más estricto.

No estoy identificado con un Leonel candidato. Con ese “Leonel” que necesita el marketing electoral para llegar a la gran masa que debe consumir un producto de acuerdo a las demandas de las coyunturas electorales. Un candidato amontonado en las ofertas, en el paquete del banal “quiero ser”, en un grupo que se hacina en el mundo de los egos, y que con “proyectos” difusos, desparraman “ideas” sueltas.

Estoy con un concepto que encierra una visión de presente y futuro y que suma día a día compromisos y adhesiones atraídos por su encarnadura, su representante más conspicuo, aquel rostro con nombre de Leonel; estoy con algo más serio que la pachanga, que el carnaval cuatrienal lleno de comparsas anodinas y ruidos fútiles que muchas veces ocultan lo nodal de un proceso electoral, visto parcialmente en “RD2044”.

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