Opinión

Rosa Luxemburgo y la Revolución Alemana (III)

El Partido Socialdemócrata Alemán tuvo sus orígenes en la fusión en 1875 de la Unión General de Obreros Alemanes dirigido por Ferdinand Lasalle y el Partido Obrero Socialdemócrata, cuyos dirigentes fueron August Bebel y Wilhelm Liebknecht.

En 1890 adopto su nombre actual: Partido Socialdemócrata de Alemania. Desde sus inicios el PSD se caracterizó por sus frecuentes luchas internas entre los revisionistas y los marxistas así como por la persecución del gobierno alemán y su canciller, el llamado “Canciller de Hierro”, Otto von Bismarck.

El PSD al cual perteneció Rosa Luxemburgo era un partido poderoso y bien estructurado, era el gran partido de la Segunda Internacional. Cuando se compara con otros partidos socialdemócratas de la época, que trataban a duras penas de organizar a sus obreros, el PSD, en cambio, exhibía una influencia y poder creciente.

Una muestra de la enorme influencia del PSD se revela en el siguiente dato: En 1912, el PSD obtuvo 4, 250,000 votos, el 34,7% del total de los sufragios, convirtiéndose en el bloque más numeroso del Reichstag* o parlamento alemán con 110 diputados.

A principios de 1914, el partido tenía más de un millón de afiliados. Publicaba noventa periódicos que llegaban a alrededor de 1,4 millones de suscriptores. Tenía también una gran organización femenina y una juvenil, además de cooperativas, organizaciones deportivas y culturales y dirigía sindicatos con varios millones de afiliados. Movía un capital de 21.5 millones de marcos y tenía alrededor de 3,500 empleados en los aparatos partidarios y sindicales.

El Partido Socialdemócrata Alemán reunía bajo su bandera a todas las tendencias concebibles dentro del movimiento socialista. Era, de acuerdo, a lo aprendido del Profesor Bosch, un verdadero partido populista. Los distintos puntos de vista chocaban en las publicaciones, mítines públicos y congresos.

Un aspecto importante, que reiteraba su naturaleza populista era la condición para ser miembro. Mientras que en teoría un afiliado podía ser expulsado, si no cumplía con el programa del partido o no acataba su disciplina, en realidad nadie perdía la afiliación por ese motivo y las tendencias más abiertamente reformistas coexistían cómodamente con las revolucionarias.

El parlamentarismo y el sindicalismo parecían haber demostrado su efectividad. Los resultados, a la vista de todos, se reflejaban en la cantidad de afiliados y en los votos obtenidos. El ala izquierda comenzó a notar muy pronto los síntomas de un viraje a la derecha: las concesiones políticas que hacia el partido con tal de ganar votos para su maquinaria electoral o el terror de las direcciones sindicales a cualquier lucha que pudiera ir más allá de las exigencias del aumento de salarios o mejoras en las condiciones de trabajo.

Pero ni lo más severos críticos de izquierda, incluida la propia Rosa Luxemburgo, pudieron comprender la profundidad del proceso degenerativo que se desarrollaba, ni la vacuidad de los recitados rituales de la burocracia encabezada por Kautsky y Bernstein.

Fue necesario el golpe de la Primera Guerra Mundial y el apoyo del PSD a los planes bélicos del imperialismo alemán para convencer al ala izquierda de que la dirección del PSD era incapaz de actuar según los principios marxistas y no estaba dispuesta a hacerlo.

La confusión orgánica populista de Partido Socialdemócrata Alemán contrastaba con la claridad organizativa y política del Partido Socialdemócrata Ruso, de manera particular, su ala bolchevique. Esa diferencia organizativa habría de tener una importancia cardinal en la victoria del socialismo en la Rusia de los zares.

Pero en los primeros años del siglo XX la cuestión de qué clase de partido se necesitaba para garantizar la victoria de una revolución que derrocara el capitalismo estaba comenzando a ser planteada. Muchas de las divergencias fundamentales existentes en la socialdemocracia no se veían todavía de manera clara. Para las tendencias revolucionarias dentro de la socialdemocracia el fin último estaba claro, no así que tipo de instrumento debería hacerlo realidad.

En el discurso de clausura al 11avo. Congreso del Partido Comunista Ruso Lenin expreso: “La política no puede ser separada mecánicamente de la organización” Es precisamente el tratamiento teórico de los problemas de la organización que languideció a lo interno del Partido Socialdemócrata Alemán. Este tema era más bien tratado de manera ocasional, no iluminaba la acción política cotidiana. Los revisionistas y centristas podían incluso aprobar resoluciones revolucionarias, sabiendo que al final no se llevaría a la practica por que no se expresaban en planes.

De tal forma que no parecía necesaria descifrar en términos teóricos concretos la naturaleza y probable curso de la revolución para iluminar la acción de la clase de vanguardia. El filósofo marxista húngaro Georg Lukács lo expresa de esta manera: “La cuestión de cómo organizar un partido revolucionario solo puede ser desarrollado orgánicamente a partir de una teoría de la revolución”.

Las contradicciones interimperialistas que comenzaron a desarrollarse en los inicios del siglo XX iban a tener como resultado final a la Primera Guerra Mundial. La actualidad de la revolución de la que habla Lukács en su ensayo Hacia una Metodología del Problema de la Organización, iba a generar el gran debate sobre el tema entre dos gigantes revolucionarios: Rosa Luxemburgo y Vladimir Ilich Lenin.

*El término Reichstag (en español Dieta Imperial) es una composición alemana de Reich (‘Imperio’) y Tag (‘dieta’, del verbo tagen, ‘reunirse diariamente en debate’). El término era una traducción directa del latín, curia imperialis.

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