Opinión

La miseria del escritor

Hace unos días leí en un diario español una entrevista hecha a un novelista latinoamericano sobre una novela de otro escritor de habla hispana. El entrevistado es, sin lugar a dudas, una de las figuras contemporáneas más relevantes del mundo literario. Él destacó, con algunos aderezos, la calidad narrativa de su colega, al hacer mención de una de sus obras que no era objeto de escrutinio en la entrevista, porque el propósito del intercambio era analizar, en detalles, el trabajo cumbre del otro sujeto, con quien tuvo una amistad y una relación profesional, sincera y activa.

Reveló que los unió, además de la literatura –aunque con referentes clásicos distintos- la política: la identificación de ambos con el proceso revolucionario cubano que dirigió Fidel Castro, y, que a decir de él, sirvió para definir a América Latina como una unidad. Dijo que a partir de ese hecho histórico el mundo empezó a ver a nuestra región como un pueblo, a hablarse de escritores latinoamericanos; no de argentinos, dominicanos, mexicanos; en fin, y con ello -el arte en sentido general, pues como he dicho, la música, el cine, el baile, la gastronomía, y hasta la propia política -se han convertido en nuestra faz identitaria.

El reconocimiento a ese aporte de la Revolución Cubana vino seguido de las críticas que, a su juicio, marcaron la distancia con el amigo, porque aquél, ante los errores de la revolución, prefería la cercanía con el poder o los personajes dominantes, insinuando que para él era más importante estar cerca de Adolfo Hitler que de las causas de la Humanidad. En definitiva, que prefería la comodidad del escritor irresponsable que se subió a la ola de elogios con que el mundo intelectual, entonces, arropaba a Cuba.

Sus respuestas, inteligentemente dirigidas al elogio primero, para luego caer en la descalificación, era una manera sutil de que lo último invalidara los juicios anteriores; por ejemplo, elogió con cautela la novela más destacada de su antiguo amigo, algo que no podía obviar porque ésta le mereció Nobel, pero dijo que su calidad fue el producto de la espontaneidad, no de una escritura consciente, porque sus carencias intelectuales, solo le permitían llegar a habilidades narrativas. ¡Vi la envidia miserable!

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