Opinión

Judas, el drama inconcluso de la traición

Sólo pensar en traicionar es ya una traición consumada, escribió el historiador milanés Cesare Cantú. La traición domina la voluntad, vulnera la fidelidad a principios que han sustentado una trayectoria, y abomina de la fe en un ideal y su trascendencia. Se puede renunciar a una creencia, hacer tienda aparte si se desea, cuando han variado los esquemas de la conciencia y uno percibe que se aleja, por cualquier razón, de lo que antes profesaba. Pero, negar de forma artera la convicción que se ha sostenido, incluso de manera pública, y sobre todo dentro de un colectivo que profesa un credo de valores supremos, en ambiente fraterno, es un acto de ruindad humana imperdonable.

Judas se desdijo como discípulo de Jesús y entregó al que, hasta ese momento, era su líder, para que fuese juzgado y condenado por judíos y romanos. Desde entonces, su nombre es anatema. Empero, desde siglos atrás diversos autores han evaluado la conducta de Judas para concluir en que su acto de traición no tuvo lugar, por lo menos en la forma en que nos la han contado los evangelistas.

Judas era hijo de Simón de Queriot, por eso se le conoce como Judas Iscariote, o sea nativo de Queriot o Cariote. Es tan controvertido este tema que hay autores que aseguran que su apellido no era por ser nativo de la referida aldea, sino porque iscariote se llamaba a un grupo de judíos rebeldes que se dedicaba a asesinar por encargo. Judas, de cualquier modo, se hizo discípulo de Jesús y anduvo con él durante tres años conociendo de su vida, de sus milagros, de su prédica, de su amor. Era, dentro del grupo de los doce el único que no era galileo y hay quienes afirman que pudieron producirse rivalidades entre ellos a causa de esta diferencia de origen que provocaba recelos entre los judíos. Judas, sin embargo, era tesorero del colectivo, por lo que se supone que era el que adquiría los alimentos y atendía cualquier necesidad en los traslados de Jesús con sus discípulos. Judas era pues el dueño de la bolsa que guardaba el dinero que, probablemente, provenía de los diezmos de los pescadores, constructores de lonas y hombres humildes pero trabajadores que formaban el discipulado de Jesús. Era pues, Judas, hombre de confiar. Llevaba consigo hasta doscientos denarios que eran las monedas romanas de plata en uso para la época.

El debate sobre la traición de Judas incluyó al británico Thomas de Quincey (1785) quien escribió lo siguiente: “No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas”. El célebre autor aseguraba que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma. Jorge Luis Borges cita a Quincey, quien era uno de sus escritores favoritos, en su relato “Tres versiones de Judas”, pero por igual cita a Nils Runeberg, que es un autor ficticio, y pone a este a declarar sobre “la superfluidad del acto de Judas”, llevándolo a asegurar que “para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol”. Para el falso escritor Runeberg, digamos que para el Borges cuentista, “la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención… Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y a ser huésped del fuego que no se apaga”. Juan llama a Judas, ladrón, asegurando que el ecónomo del grupo deseaba quedarse con todo lo que contenía la bolsa, que como hemos dicho, según los evangelios, bordeaba siempre los doscientos denarios. Borges, a través de Runeberg, cree que lo de Judas fue una actitud de puro ascetismo. “El asceta… envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer. Premeditó con lucidez terrible sus culpas… Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza y la delación…se creyó indigno de ser bueno… Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres”. Pero lo de Borges o Runeberg es pura especulación que no tiene base en documentos o en testimonios de los discípulos del Redentor.

Otro autor, que en su libro “El hijo del hombre” (1945) justifica a Judas es el alemán de origen judío Emil Ludwig, quien asegura que Judas llegó a poner en duda el origen divino de Jesús, que hizo crisis de fe cuando se vio aplastado por las creencias de su juventud en sus continuas visitas al templo de Jerusalén, y que torturado por su doble condición de creyente en las viejas formas y en la novedosa doctrina del Cristo, precipitó los acontecimientos para salvarse a sí mismo en su fe y convencerse de que Jesús no era el hijo de Dios. A Emil Ludwig lo cita Juan Bosch, quien elabora una tesis sobre Judas. Su defensa de Judas está basada en contradicciones que Bosch observó entre los evangelistas. No utilizó el cuento como Borges, ni dio paso a leyendas como las de que Judas amó a María Magdalena y que como ésta estaba enamorada de Jesús, él decidió traicionar a su maestro. Bosch no creyó en cuentos de camino y se fue directamente a los evangelios de Marcos, Lucas, Mateo y Juan, y a Los Hechos de los Apóstoles, textos que dominaba muy bien y que leyó y analizó en profundidad. “La hipótesis de los celos no es legítima”, dice Bosch. “Jesús fue adorado por hombres y mujeres, por ancianos y niños, por judíos y gentiles, por soldados, artesanos, pescadores, por escribas y fariseos y hasta por miembros del Sanedrín” (como lo fueron Nicodemo y José de Arimatea)… de las mujeres que se acercan a Jesús y le rodean, ninguna recibe de él amor de varón, y probablemente ninguna le vio como tal, sino como profeta”, escribe Bosch, quien nos recuerda algo que ya sabemos y es que de los cuatro evangelistas sólo Mateo y Juan fueron testigos presenciales de los hechos que narran, porque Lucas y Marcos no fueron parte del colegio apostólico, sino que escribieron sus evangelios en base a los testimonios que recibieron de otros. Esto no invalida la escritura de estos dos evangelistas, pues, por ejemplo, Marcos fue una especie de asistente de Pedro, y nadie como Pedro conocía toda la peregrinación de Jesús. Por eso, se afirma que el evangelio de Marcos es realmente el de Pedro. Lo mismo puede decirse de Lucas, que fue discípulo de Pablo y que recibió de éste, que tampoco conoció a Jesús, informaciones doctrinales, al tiempo que les facilitó contactos de personas que conocieron al nazareno y que les ofrecieron sus testimonios. Pero, de todos, es Juan el que acusa con mayor insistencia a Judas de su traición. El único que la preconiza. El que pone en boca de Jesús el señalamiento de que será Judas el que lo traicionará. Mateo dirá “el que lo traicionó”; Marcos, “el que lo entregó”, Lucas, “que fue el traidor”, sin ampliar detalles. Sólo Juan amplía el asunto. Ni Pedro, el mejor conocedor, llama ladrón a Judas, como lo hace Juan.

Judas nace para la Historia en la última cena. Allí, Jesús dirá que alguien que come con él en su mesa, le traicionará. Todos preguntan al maestro quién es el traidor. Pedro le hace señas a Juan, recostado sobre el maestro conforme la usanza judía de sentarse en el suelo para comer apoyado en el que está a su izquierda, para que le pregunte a Jesús. Juan escribe que Jesús le comunicó que era aquel a quien él diera a comer un trozo de su pan. ¿Se enteraron los demás discípulos? No. De lo contrario, hubieran tomado alguna represalia contra Judas, quien se marchará del piso alto cuando Jesús le dice, sin que los demás comprendan, que lo que vaya a hacer que lo haga rápido. Luego, asoman las contradicciones: Jesús era muy conocido para necesitar un delator; fue muy pobre venderse por treinta denarios, cuando él manejaba mayor cantidad en la bolsa común de los apóstoles; Pedro no supo de la traición de Judas, puesto que no lo menciona cuando a él se refiere y en vez de cortarle la oreja a Malco, el siervo de Caifás, se la hubiese cortado a Judas, cuando fue a besar al maestro para identificarlo ante sus perseguidores; ¿cuándo y cómo se enteró Juan del entendimiento entre Judas y los miembros del Sanedrín, así como de la devolución de los denarios una vez se arrepiente de su traición?; no todos los evangelistas refieren el episodio de la misma manera, lo de su muerte no lo mencionan ni Marcos ni Lucas ni Juan; sobre el tipo de muerte es Mateo quien dice que se ahorcó, mientras Pedro dirá que cayó en un precipicio, se reventó al caer, saliéndose las entrañas, “y luego se marchó a su lugar”, ¿cuál lugar, el infierno?; ¿estaban enterados los discípulos que esa noche de la última cena apresarían a Jesús?, dos de ellos llevaban espadas; Judas desaparece para siempre del escenario, pero todos los discípulos huyeron, sólo se quedaron en el huerto de Getsemaní, Pedro, Juan y Santiago, y de éstos Pedro lo negaría luego tres veces, y sólo Juan se quedaría a los pies del crucificado junto a su madre; Judas antes de “irse a su lugar” adquirió unos terrenos con las monedas de su traición, según Pedro, no las devolvió al Sanedrín, como dice Mateo. La confusión y las contradicciones prevalecen, independientemente del valor de la redención y la trascendencia del Hijo de Dios al inmolarse en la cruz. Bosch dirá bellamente: A Judas “el destino le reserva un lugar de ludibrio tan eterno en la maldición y en el odio como el de Jesús en la bendición y en el amor”. Borges lo expresará de este modo: “La crucifixión de Dios no ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando monedas de plata en el templo; sigue anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre”.

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