La precariedad en la producción de alimentos, la mala distribución de la riqueza, la falta de oportunidades, la estrechez del mercado laboral y la rigidez de los salarios son factores que históricamente han contribuido a la expansión de los niveles de pobreza y a la construcción de una sociedad desigual a escala planetaria. Tal situación se agrava en la medida en que la población crece de manera desordenada y progresiva, lo que en la realidad fomenta una gran brecha de inequidad socioeconómica angustiosa.
La primera advertencia del malestar de la desigualdad se encuentra en la concepción del economista y sacerdote Británico Thomas Robert Malthus en su libro “Ensayos sobre la población”. Malthus observó que el principal problema de la sociedad es que la población crece de forma exponencial, mientras que los recursos lo hacen de forma aritmética, lo que permitió llegar a la conclusión de que esto inexorablemente conduce a la población a una renta de subsistencia, que solo les permita cubrir sus necesidades básicas.
En la explosión demográfica de un pais se encuentra la gestación primaria de la desigualdad como flagelo que desfavorece la dignidad del ser humano al no existir las mismas oportunidades para cada individuo de alimentarse. Tambien existe una disparidad en la asignación de recursos productivos, la distribución de la riqueza generada y la inclusión social, situación que construye un escenario de atascamiento general, en cuanto al progreso y expectativas de la sociedad, la cual se profundiza cuando esta es afectada con las debilidades inducidas en la institucionalidad.
A pesar de que la desigualdad ha sido una preocupación ancestral, la cuantificación objetiva de esta la establecieron los economistas italianos, desde principio del siglo XX, Vilfredo Pareto y Corrado Gini. Pareto descubrió, a partir de estadísticas fiscales de varios países, que el número de contribuyentes con ingresos superiores a equis es inversamente proporcional a una elevada cantidad equis, que identificaba la desigualdad como si fuese una ley natural, mientras que Gini estableció una medida de la desigualdad, que puede ir desde cero hasta uno, la cual permitía marcar el rango menor de desigualdad cercano a cero, entre 0.25 y una desigualdad mayor cercana a uno a partir de 0.75.
Para que se tenga una idea más concreta de lo que significa la cuantificación de la desigualdad con el coeficiente de Gini, solo hay que observar que Namibia tiene la mayor desigualdad en la distribución del ingreso con 0.74. Sin embargo, en el polo opuesto está Dinamarca y Japón que son los países más igualitarios del planeta, con un poco menos de 0.25, mientras que Canadá, Australia y los países europeos están entre 0.25 y 0.36, EE.UU en 0.41, México en 0.46.
La historia de la economía mundial aporta el hecho de que la población, producción de alimentos, horas de trabajo, longevidad, estatura, peso, enfermedades están muy vinculado con el malestar de la desigualdad, tal como ocurrió con los primeros países industrializados, como Inglaterra y Francia, los cuales vivieron desnutridos hasta fines del siglo XIX. En los EE.UU, la esperanza de vida al nacer bajó de 56 años en 1800 a 48 en 1900 y el avance notable fue a lo largo del siglo XX, pero hoy anda por los 80 años en casi todos los países industrializados, mientras que en las economías emergentes gira alrededor de 78.
En la actualidad, el malestar de la desigualdad se torna más dramático por que los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres más pobres, pero tambien por que el Estado se ha convertido en un mecanismo para hacer negocios y fomentar la corrupción. Aun no se puede ignorar a los que cambian de posición, hacia arriba o hacia abajo, donde muchos desconocidos se vuelven millonarios y muchos millonarios se arruinan, fruto de que la corrupción desde el Estado se ha convertido en una estocada mortal para enfrentar este flagelo.
Las evidencias empíricas muestran que, históricamente, el progreso ha generado desigualdad, porque no es general y simultáneo. Pues si en una comunidad igualitaria, donde todos son pobres, la décima parte mejora, disminuye la pobreza, pero la desigualdad sigue latente.
La teoría de la desigualdad establece que las innovaciones productivas aumenten la desigualdad, en el entendido de que empiezan en alguna parte y tardan en generalizarse, si es que llegan a hacerlo. Peor aún, porque muchas innovaciones no se pueden generalizar ya que si se originan entre los que tienen más recursos, si están diseñadas para su mundo y exigen grandes inversiones de capital, los pobres no las pueden adoptar, pero afortunadamente, no todas son así, ya que las vacunas, el teléfono celular, los microcréditos y muchas otras innovaciones son ideales para aumentar la productividad y el bienestar de la población de menores recursos.
Hay que poner de relieve que todo el mundo se entristece por la desigualdad: prevaleciente en el planeta, desde las religiones hasta los organismos financieros multilaterales y el sistema de partidos políticos, lo cual condenan con una pasión igualitarista y extendido hasta ámbitos inesperados. La actitud contra la desigualdad se ha convertido en un motivo de esperanza puesto que mucha gente vive en unas condiciones materiales de vida profundamente deterioradas.
Es evidente que las desigualdades de ganancia y riqueza muy elevadas muestran situaciones de injusticia social, éticamente deplorables, pues la elevada desigualdad de ingresos afecta negativamente a la igualdad de oportunidades, y es ineficiente desde el punto de vista de la inversión en capital humano y crecimiento económico. Pero más allá de las cuestiones morales, la desigualdad tiene un impacto en el crecimiento y dinamismo económico por los efectos dañinos de la desigualdad para la cohesión social y la legitimidad democrática, que deviene en un factor causal de la inseguridad y la violencia.
Esas son razones ponderosas para impulsar de manera sostenida una reducción de las desigualdades, la cual debería ser una, si no la principal, preocupación de los gobiernos a escala global como el gran desafío para lograr el objetivo en 2030 de eliminar en los países más frágiles y en la reducción de la desigualdad. Los cálculos de los economistas indican que solo se puede llegar al objetivo de eliminación de la pobreza extrema mundial en 2030 a condición de que la desigualdad disminuya de forma sustancial en aquellos países que albergan un gran número de pobres.
Se trata de la existencia de una relación evidente entre pobreza y desigualdad que no se produce por un capricho estadístico, sino que se basa en la evidencia de que el costo de la vida, y por tanto de las necesidades básicas, depende de la renta de un país. Todo parece indicar que el mundo está ante un modelo económico fallido, incapaz de evitar que cientos de millones de personas vivan en la pobreza extrema mientras las élites más ricas reciben enormes ganancias con tantos milmillonarios, mientras tanto, las personas en mayor situación de pobreza del mundo se han empobrecido aún más.