Opinión

Alianza familiar y educación

Desde las APMAES y las Escuelas de Padres debe nacer una gran alianza para mejorar la sociedad, a través del cambio que debe realizarse sobre actitudes, capacidades, destrezas y habilidades exhibidas por los egresados del Sistema Educativo Dominicano.

Esa alianza entre la escuela y la familia impulsada desde políticas ministeriales podría iniciar la verdadera revolución educativa de la república, debido a los impactos que causaría en la vida nacional, al tomar acciones para mejorar las múltiples conductas que inciden en el espectro social del país y la falta de competencias con que son lanzados los egresados de los distintos niveles que desarrolla el MINERD.

Las responsabilidades de las familias y las acciones escolares responsables, sobre los alumnos, producirían cambios positivos no imaginados por ninguno de los actores que inciden en los procesos de formación y educación de niños y jóvenes.

Los cambios deben nacer desde la escuela hacia los distritos, siempre orientándose a la escuela sobre las políticas, fines y propósitos del Estado desde distintos ministerios vinculados con los procesos escolares en diferentes tópicos de servicios.

Atacar problemáticas de interacción intrafamiliar, conectando acciones hacia lo interno de la escuela, pudiera ayudar al país a cambiar la imagen del dominicano común, que se observa por ejemplo ambivalente frente a la importancia de la educación de sus hijos sobre valores fundamentales para la sobrevivencia de la nación.

Esa sobrevivencia nacional, depende de cómo sean las familias futuras frente a los valores que sustentan la democracia y la existencia misma de la dominicanidad.

Nadie ama lo que le hace sufrir ni aquello que no le garantiza convivencia en dignidad, por esa razón debemos trabajar sobre propósitos claros, con la finalidad de garantizar progreso y bienestar social como formas de garantías de una existencia de la República Dominicana cargada de carácter nacional, sin las enfermedades propias del nacionalismo tradicional.

Las relaciones entre los padres y los hijos en sus diferentes etapas de edades podrían desarrollarse para beneficio de toda la sociedad, en una mejor comprensión mutua.

Cuestiones como la invocación a la generación anterior que hacen los padres para oponerse a los argumentos de los jóvenes y que acarrean diferencias incómodas podrían mejorarse a través de capacitación y diálogo en escenarios capaces de crear situaciones y momentos especiales para esos fines.

Para un adolescente entender estas invocaciones a las generaciones que funcionaron según criterios de sus padres y que éstos colocan como referentes no son escuchadas como los adultos esperan y desean, pese a que los jóvenes están incorporados en las normas de la generación que proviene de otras anteriores la de sus padres, tíos y abuelos de las cuales ellos no pueden desentenderse, debido a la consanguinidad, los afectos, los sentimientos y la dependencia en que viven, en sus múltiples facetas.

En ese orden de cosas, la sociedad le habla al joven en el código de obediencia a los padres y del deber que estos tienen, con respecto a la conducta respetuosa, indicadas por encima de las costumbres.

En el origen del pacto que se ha desarrollado entre las generaciones, vemos cómo la Ley Mosaica, a través de los diez mandamientos, espera la llegada del recién nacido para marcarlo con la inducción necesaria.

Esta inducción que penetra en el pensamiento de los individuos desde temprana edad, crea cultura y se arraiga a través de las costumbres, en donde los padres ocupan los lugares de los que ya saben cómo deben ser las cosas no solamente en cuanto a la conducta obediente de los hijos frente a sus padres que consanguineamente están directamente vinculados, como progenitores, cuidadores, formadores y criadores en la esencia del amor.

Este amor está cimentado en el respeto, el cual no siempre es mutuo.

Los padres aducen a sus experiencias en las vicisitudes de la vida -y claman en forma recurrente, al amor con que ellos formaron cada uno de sus hijos- como una forma de presión, para obtener los resultados esperados.

Ser hijo de alguien se describe como una posición que incluye una categoría consanguínea adherida jurídicamente a la filiación. Pero si afirmamos que el ente denominado hijo es una categoría histórica, ello nos autorizará a pensar en una posición cambiante, cuyos contenidos pueden ser modificados y por lo tanto también será posible modificar la posición sobre este, por parte de los padres, recalificándole de acuerdo a su comportamiento.

Al respecto corresponde señalar que uno de los problemas más serios que encontramos al trabajar con familias y con jóvenes, reside en que éstos suelen ser vistos por sus padres y familiares mayores, exclusivamente, como miembros de esa familia, sin reconocerles sus posicionamientos como ciudadano, hombre o mujer con necesidades y deseos asociados con su género, o como miembros de una pareja o interesados en una militancia política, por ejemplo.

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