Opinión

Contienda de bibliómanos

Un torrente, casi inabarcable, de piezas históricas o literarias reunidas en colecciones. Y una tertulia, que no fue convocada para estos fines, donde, de pronto, los lectores amurallados –forraos, dirían hoy en algunos cubiles- sueltan sus prendas. Todo comenzó con la formidable colección de narradores clásicos dominicanos publicada por el Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña (ISFODOSU).

Cuando el rector de tan valiosa institución, don Julio Sánchez Maríñez, ideó esta colección, que aspira a ampliar con los clásicos del ensayo y la poesía, no pensó, tal vez, que su proyecto iba a generar tanto interés en lectores de afuera. La colección fue creada para lectores de adentro: los docentes y alumnos del sistema de estudios superiores para formar educadores, establecidos en la urbanización Renacimiento y en Honduras, de Santo Domingo; Licey al Medio, Santiago de los Caballeros, San Juan de la Maguana y San Pedro de Macorís. El proyecto bibliográfico sirve para la formación de los futuros profesores del sistema educativo nacional, con la finalidad de alimentar los conocimientos literarios que exige la carrera docente.

Pronto, sin embargo, los lectores de afuera se enteraron de esta colección, con tan elegante diseño que obliga a su tenencia y consumo. El boom creado por la ya famosa colección de ISFODOSU ha puesto en atención a los lectores y bibliómanos –sí, ya se la definición del término y sí es un trastorno obsesivo-compulsivo el asunto éste de coleccionar libros- obligando a la entidad patrocinadora a poner en venta los susodichos volúmenes en librería Cuesta.

Y ése fue el punto de partida de la amable conversación, que en términos prácticos fue, en verdad, una ruidosa competencia. El tema dio vueltas sobre las colecciones bibliográficas, no sobre libros y autores. Y créanme que resultó interesante porque vine a conocer series que desconocía, otras que compartíamos con algunos de los presentes, y a su vez hice mis aportes con más miedo que interés porque sí, claro que sí, los bibliómanos en su manía obsesiva suelen padecer de una enfermedad que se deriva del trastorno aludido, o más de una: nunca quieren admitir que no tienen el ejemplar (en este caso, la colección con la que el contertulio busca estrujarte), o ante la insistencia de dónde obtener la pieza que falta, buscará maneras para no ofrecerte el dato. Y sí, que nadie lo niegue, el padecimiento es muy común, aunque algunos tengan menos acentuada la dolencia, o carencia que es el caso.

En el tema dominicano hay dos colecciones que casi es un insulto a biblioteca que se precie de tal o a bibliómano que lleve en la frente el estandarte, el no poseerlas: la excepcional colección de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos con 184 títulos (época hubo en que en las oficinas de los grandes ejecutivos de empresas era casi un deber exhibir esa colección frente o detrás de los buró de trabajo), y la fundamental Biblioteca de Clásicos Dominicanos de la Fundación Corripio, fundada por Manuel Rueda, que reunió las obras de los 24 fundadores de nuestra historia literaria en 40 volúmenes, iniciando con el diario de navegación del Almirante de la Mar Océana y concluyendo con las memorias del generalísimo Máximo Gómez. Historia y literatura conjugadas para conocer y evaluar el desarrollo primigenio de nuestras letras.

Desde luego, están las colecciones, bien armadas, de autores: Pedro Henríquez Ureña y sus hermanos Max y Camila, Juan Bosch y Joaquín Balaguer. Está la colección Trujillo, publicada con motivo del centenario de la República en 1944, que no puede ser desestimada, y yo he ido montando en un anaquel a una que le he dado nombre propio, “Los Plumíferos de la Era”, formada por los escritores que escribieron libros para exaltar la dictadura, y que no fueron pocos. Ambas colecciones nos sirven para poseer una más objetiva visión de lo que significó, en términos intelectuales, el trujillato. ¡Ay, Andrés L, la balada y el péndulo!

He de mencionar una colección, convertida casi en enciclopedia, porque saber enciclopédico demostró en ellas Félix Servio Ducoudray, sobre “La Naturaleza Dominicana”, publicada en 6 volúmenes, bajo los cuidados del inolvidable Arístides Incháustegui y de Blanca Delgado Malagón, en la colección Centenario de E. León Jimenes.

Fuera de estas colecciones criollas, las extranjeras son cuantiosas. Mencioné en la tertulia algunas de las mías, sin dudas acobardado por la infantería que tenía por delante, obuses y carabinas lanzando fuego a discreción. Coloqué sólo algunas sobre la mesa de conversación. De competencia, he dicho antes. Los 74 libros de la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, difíciles de encontrar hasta en Argentina. La última edición la hizo una editora llamada Orbis, que parece ha desaparecido. Los 12 volúmenes de Ortega y Gasset que me acompañan desde la inolvidable época de Mateca en el barrio 30 de mayo. La Historia de los Grandes Compositores Clásicos, libros acompañados de sus cidís, que atesoro. La de libros llevados al cine, que también adquirí con los DVD de cada uno. Una especie de Letra y Música: texto y el cine que le dio vida y esplendor a historias y personajes. Los 15 volúmenes de la obra completa de Octavio Paz, firmado el primer ejemplar por el autor, y que fue obra primera y exclusiva de Círculo de Lectores, de Barcelona, supervisada por el mismo Premio Nobel, a la que luego seguiría la del Fondo de Cultura Económica. Una formidable colección de aforismos, meditaciones, analectas, máximas, parábolas, refrendadas por sus creadores: Cicerón, Marco Aurelio, Confucio, Séneca, Pascal, Schopenhauer, Lichtenberg, De la Rochefoucauld. “La vida escrita por las mujeres”, que es para mí una obra, en cuatro extensos volúmenes, de inmenso –e intenso- valor, porque abarca desde la Edad Media hasta el siglo XX, insertando obras y autoras de la literatura española e hispanoamericana.

Y dejé para último –la expectación aumentaba, aunque confieso que estaba bajo fuego cruzado y disminuido por las “piezas” en poder de mis “adversarios” (he dicho que el convite terminó en competencia)- a tres alhajas con las que siento que gané la partida (¡Dios me libre de ser presumido, que con esta gente nunca se sabe!). La primera, la Biblioteca Universal de Círculo de Lectores, unos ochenta y tantos títulos de maestros modernos hispánicos, europeos y anglosajones, clásicos españoles, griegos, ingleses, latinos y franceses, el ensayo contemporáneo fundacional y las literaturas orientales. Todos debidamente prologados por expertos. (Alguien comenzó a fruncir el ceño, y lo noté. Pensé bajar la guardia, pero de una guerra se trataba). La colección de clásicos españoles de la Real Academia de la Lengua, una maravilla de edición con estudios preliminares de especialistas, y que ya lleva 35 volúmenes y no concluye. Y dejo para último la joya de la corona, debido a que su circulación fue reducida a los socios de una sociedad de lectores barcelonesa hace 24 años, en 1995. Se trata de las 25 mejores novelas del siglo XX, encomienda que se le otorgó a Mario Vargas Llosa, quien prologó cada uno de los volúmenes (esos prólogos se convertirían luego en su libro “La verdad de las mentiras”). Se le llamó Biblioteca de Plata, porque se conmemoraban los veinticinco años de esa editora catalana por suscripción. Las novelas puede ser que muchos las tengan, todas o una parte, pero lo importante de esta colección es la selección personal del Premio Nobel peruano de lo que él entiende fueron las mejores novelas del siglo pasado (alguien arguye en el grupo de competidores: “es fácil pensar que no faltó una de las suyas ni Cien años de Soledad”. Pues, no. Ni una sola de las de Mario ni la obra cumbre del Premio Nobel colombiano. Las novelas fueron: Herzog, La señora Dalloway, El gatopardo, La casa de las bellas durmientes, El extranjero, Santuario, La romana, Manhattan Transfer, Lolita, El gran Gatsby, Opiniones de un payaso, París era una fiesta, Auto de fe, El doctor Zhivago, Un mundo feliz, Un día en la vida de Ivan Denisovich, El tambor de hojalata, El cuaderno dorado, Al este del Edén, La muerte en Venecia, Dublineses, Trópico de Cáncer, El Poder y la Gloria, No soy Stiller, y El lobo estepario.

Hubo un silencio que cortaba el aire. Salí del debate raudo y veloz. Un estornudo repetido –preliminar de una severa gripe- me obligó a apartarme del grupo. Al retirarme, oí clarito que dijeron: “¡Salud!”.

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