Opinión

La política y la práctica médica dominicana

Para quienes hemos gozado de la suerte y el privilegio de ser actores y espectadores por más de medio siglo del quehacer profesional de la ciencia y el arte médico, conjuntamente con los vaivenes de la tragicomedia política criolla, no resulta difícil establecer ciertos paralelismos entre la medicina y la política dominicana.

Juan Bosch, maestro de la política vernácula, solía con frecuencia repetirnos que en ese campo descrito por Juan Pablo Duarte como “la más pura y la más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles”, hay cosas que se ven y cosas que no se ven, y que muchas veces las que no se ven resultan ser más importantes que las que se ven. De modo parecido hemos visto arribar a un enfermo a la sala de emergencia de un centro de salud con la simple queja de malestar doloroso en el hombro izquierdo. A ese desafortunado se le ha prescrito un analgésico y luego despachado a su hogar. Horas más tarde el mismo paciente ha colapsado en su cama, y luego en la mesa de autopsia se ha encontrado el pecho lleno de sangre a causa de un desgarro de la arteria aorta ensanchada y afinada, algo que en el argot galénico denominamos rotura de un aneurisma aórtico. En este caso se minimizó la gravedad del mal siendo el desenlace una tragedia fatal. Las consecuencias fueron la pérdida de una vida; en el campo político imaginemos que subestimamos la situación económica de la nación y le sobreviene una profunda crisis financiera. Las consecuencias las padecerían millones de seres humanos.

En el campo epidemiológico como en meteorología se conoce la génesis de las tormentas humanas, su desarrollo, ruta y progresión; aún así se deja que haga crisis para que entonces aparezcan los Mesías salvadores caminando entre muertos y afligidos, anunciando la redención eterna.
Menos dolorosa y muy provechosa hubiese resultado la prevención, y mejor aún la instauración, a través de la educación, de hábitos y costumbres sociales tendentes a evitar el boniato placentario, mediante una vida colectiva austera, consciente y disciplinada, basada en el consumo y ahorro acorde con lo producido por el colectivo.

Erróneamente se mantiene la dañina costumbre medieval de pretender apagar el fuego una vez que se ha quemado gran parte de la casa, muy a pesar que a tempranas horas se podía percibir una que otra chispa del cortocircuito. De nada nos sirven los grandes avances en la comprensión de los orígenes de las enfermedades y su prevención a fin de mantener al individuo y a su familia sanos, productivos, felices y contentos. La miseria, el abandono, la precariedad, la ignorancia, la incertidumbre y el miedo son el caldo de cultivo en donde crece la demagogia, la lisonja y las falsas promesas. Si hemos de someter a un prudente control el endémico dengue, la episódica influenza, así como los frecuentes brotes diarreicos infantiles debemos implantar la atención primaria en salud. Mantener a la población sana es mil veces más rentable que gastarnos una millonada en fallidas curas de avanzados padecimientos.

Homologuemos la práctica política con el ejercicio de la medicina promoviendo la educación basada en la realidad, sin la magia del engaño y las falsas promesas. Higienicemos el ambiente social, desintoxiquemos el panorama nacional. Resolvamos los grandes males con soluciones reales. Para el beneficio de todos.

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