Opinión

Bolívar, la gloria desbaratada

El Libertador estaba dictando a su sobrino Fernando la última de las más de diez mil misivas y proclamas que escribió en vida, cuando abrió los ojos desmesuradamente, como quien descubre la llegada del último instante, y luego, lentamente, los fue cerrando, hasta quedarse dormido sin treguas por toda la eternidad, a la una y siete minutos de la tarde del 17 de diciembre de 1830.

Su tarde final ocurriría en Santa Marta cuando apenas contaba con 47 años de edad, abandonado por sus amigos, perseguido por sus enemigos y sólo acompañado de su inseparable asistente José Palacios, su sobrino, su cocinera Fernanda Barriga y uno de los pocos oficiales que aún les eran fieles. Aunque ciento ochenta y un años más tarde, un grupo de galenos venezolanos que dijeron haber examinado sus restos intentaron demostrar que su muerte se produjo por una infección del colon, y Hugo Chávez se inventara la historia de que fue asesinado, todos los indicios históricos demuestran que murió de tuberculosis pulmonar, la que padeció durante varios años, con breves días de mejoría y, a su vez, con frecuentes ataques de tos y pérdida de fuerzas que se agravaron cuando comenzaron a aparecer en almohadas y pañuelos los esputos sanguinolentos.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco había nacido en Caracas, hijo de terratenientes dueños de esclavos y propietarios de plantaciones de cacao y minas de cobre. Nunca abandonó a Simón Bolívar el aire aristocrático con el que creció, amante durante toda su agitada vida de los trajes pomposos, las fiestas suntuosas, los grandes banquetes, los servicios de amanuenses adiestrados, sus botas siempre lustrosas y su inseparable agua de colonia con la que se rociaba el rostro y los brazos tanto en la paz como en la guerra.

Nadie, empero, en la América aún embrionaria, luchó más por unir los pueblos de la región y convertirlos en una sola patria, ni tomó el mando para esparcir las batallas más imposibles y las guerras más fecundas, con el objetivo de crear estados independientes y libres. Fundar cinco repúblicas, exterminar el recio dominio europeo, impregnar hasta en los más incrédulos la firme creencia en la libertad, y dominar con su temple audaz y sus estrategias militares más insólitas toda una gran época de obsecuencias y traiciones, le otorgan el crédito invariable de haberse constituido en uno de los hombres más extraordinarios de la historia humana. La lucha de Bolívar no sólo fue contra los dominadores españoles, sino contra las inclemencias del tiempo en las largas caminatas por las crestas andinas acompañado de pobres hombres descalzos y hambrientos, soldados de ocasión y oficiales formados a la carrera, y luego de los triunfos, enfrentar las deslealtades de no pocos de sus generales, el aburguesamiento bellaco y pérfido del general Francisco de Paula Santander, la crueldad irremediable y la tozudez del general Páez, las conspiraciones de la oligarquía colombiana y las ambiciones sin medidas de muchos a los que benefició con rangos, poder de mando y cargos ilustres.

Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá se beneficiaron de las acciones sin descanso y el pensamiento sin variantes de un Simón Bolívar a quien debe acreditársele otro atributo sin dobleces: entregó toda la gran fortuna que heredara de sus padres y los bienes que le pertenecieron por cuenta propia a la causa por la libertad que encabezó con bríos persistentes, aún contra las enfermedades que siempre le persiguieron, los dolores que fue sumando desde pequeño, y la larga agonía que sufriera durante seis años cuando las primeras manifestaciones de la tisis comenzaron a abrirse campo en su cuerpo. Tuvo muchos dolores en el alma, a más de los del cuerpo, entre ellos cuatro o cinco que laceraron aquella personalidad brava, agresiva, arrogante, avasalladora: el intento de asesinato de uno de los suyos que había estado a su lado desde niño; el abandono de José, quien fuese el esclavo que le asignaron desde que nació y a quien consideró siempre como su hermano, harto de sufrir los embates de la acritud y los constantes cambios de humor del Libertador; el asesinato del general Antonio José de Sucre, héroe de la batalla de Ayacucho, y por quien demostrara especial admiración, designándolo su heredero y encomendándole tareas libertarias que crearon resentimiento entre sus oficiales mayores; y, la peor sin dudas, la felonía de Santander que llegó incluso a auspiciar su muerte, a pesar de que lo dejara a cargo de la Nueva Granada, hoy Colombia, en calidad de vicepresidente de la república, cuando Bolívar, que nunca mostró interés en gobernar sino exclusivamente en la gloria y en el juicio de la posteridad, decidió emprender de nuevo, agotadas las fuerzas por la enfermedad, los planes de liberación –la “patria inmensa y unánime” que ambicionaba- que no logró ya alcanzar.

Su gloria comenzaba a agrietarse. Unas veces por las dudas de la gente de si en verdad no estaba ya camino a la muerte. Otras, cuando comenzó a expandirse su mala fama de cruel y hasta de asesino sin perdones. En más de una ocasión, lo esperó el gentío a la entrada de los pueblos con guirnaldas de flores y música, esperando verle gallardo en su Palomo Blanco, el célebre caballo que luego inmortalizaría el bronce casi universal. Entonces, aparecía en un pollino cansado como la carga heroica que lo montaba y la admiración se desvanecía entre las murmuraciones y los desconsuelos de la multitud. Otras veces, la gente le fue adversa, con temores fundados y, en vez de festejar su llegada, iba a la ceremonia de recibimiento a conocer a quien presumían verdugo. Bolívar fusiló a varios de sus comandantes principales, entre ellos a Manuel Piar, acusado de insubordinarse; ejecutó a los que conspiraron para asesinarle en su cama, a quienes poco les faltó para cumplir su tarea, pero Bolívar huyó por una ventana y un indigente, a quien luego le entregó uniforme de soldado patriota, lo escondió en las cloacas en medio de la lluvia y el estrépito; y llegó a fusilar a ochocientos prisioneros de la España que venció a sangre y fuego. La gloria se le había salido del cuerpo, recordaría García Márquez.

Pero, el punto culminante de su carrera humana, militar y heroica fue su encuentro inesperado con la quiteña Manuela Sáenz, la libertadora del Libertador. Era la esposa del doctor James Thorne, un tontete inglés de estrambótica estatura que hacía negocios dudosos en la Lima aristocrática. Bolívar se enamoró de ella –vale decir, ella hizo todo lo posible porque Bolívar comprendiera que le era imprescindible en el amor y en la aventura de la guerra- y acabó arrebatándosela de las manos al marido estupefacto que vio crecer sobre su testa, contra toda razón y contra toda batalla, los abundantes cuernos que su amada le colocó casi como si fuese una corona de laurel, bajo subterfugios y maneras que la convirtieron en una mujer odiada y escarnecida, aunque la historia le reconocería luego sus contribuciones sin límites a la grandeza del Libertador y a sus necesarios descansos. En una ocasión, su fiel escudero José Palacios le recordó la cantidad de mujeres que habían pasado por su cama igualmente heroica, ante la respuesta equívoca que le dio a un intruso inquisidor de su vida íntima. “Son 35”, le dijo José, y el Libertador le subrayó: “Lo sé, pero no deseaba darle la cifra a ese impertinente”. José agregaría que dejaba de lado las otras muchas que apenas fueron amantes de una noche. “Quién puede sacar a un Bolívar de la cama de una mujer”, le señaló en un mal momento una de las hermanas de Simón cuando el capataz de la hacienda de San Mateo reclamaba su presencia en la finca. Pero, entre todas, Manuelita Sáenz, aparte de su malograda esposa que falleciera de fiebre amarilla cuando apenas tenían dos años de casados, y a quien juraría que jamás volvería a matrimoniarse, fue la única mujer en su vida que cuidó de sus desventuras, alentó sus ideales, le contradecía sus ideas y le amaba con la pasión propia de una mujer celosa de sus devaneos y enamorada de la gloria del Libertador. La vida de Bolívar no puede contarse sin Manuelita. La quiteña, que lo vio un día partir para siempre segura de que no lograría más cometido que el de la muerte, se inscribió en las reseñas de la historia, a diferencia de sus treinta y cinco amantes cuyos nombres se perdieron en el conteo de las estadísticas.

En sus días finales, con su “gloria desbaratada, que el viento de la muerte se llevaba en piltrafas”, recostado en la hamaca desde donde solía dirigir todas sus acciones, afirmaba que estaba viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado. Ya, para entonces, no tenía ni un centavo en sus faltriqueras y se veía obligado a pedir ayuda a los gobernantes indiferentes de las patrias que él mismo había fundado. Siempre traicionado por hombres mucho menos grandes que él, como nos recuerda William Ospina. Cuando Bolívar dictó a su sobrino Fernando, de tan solo veintiséis años de edad, su última proclama y dijo las que se registraron como sus últimas palabras: “Mis últimos votos son por la felicidad de la Patria”, ya su gloria estaba marchitada. Tuvo que morir para que le reconocieran sus méritos infinitos, sus luchas incesantes, su prédica de unidad continental y la fuerza de su instinto visionario. “Bastó que Bolívar muriera para que el continente amaneciera empedrado con sus estatuas”, escribe Ospina. En plazas de El Cairo, de París, del Parque Central de Nueva York, de Santo Domingo, de toda América y más allá. Fidel Castro le dijo un día a Tomás Borge que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz. Alguien me recuerda que la gloria es una estatua que cagan las palomas.

[Nicolás Maduro Moros sugirió a los venezolanos no verla, sin conocer su contenido, sólo porque había sido producida por colombianos. Recomiendo disfrutar en Netflix los sesenta capítulos de la serie “Bolívar”, de excelente factura].

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