Opinión

PISA o la segunda transformación educativa

Por: Margarita Cedeño | La manera equivocada de leer PISA es mirar la posición de República Dominicana, lamentarnos durante algunos días y esperar la próxima evaluación para comprobar si subimos o bajamos. Esa lectura sirve para el titular, pero no necesariamente para transformar la educación.

Lo verdaderamente útil es preguntarnos qué revelan estos resultados sobre la etapa en que se encuentra nuestro sistema educativo y qué debemos hacer diferente a partir de ahora. Para responder, primero hay que reconocer la historia.

La educación dominicana no llega hasta aquí partiendo de cero. Durante la década pasada se produjo una transformación que sería injusto desconocer. El 4 % del PIB convirtió la educación en una verdadera prioridad presupuestaria. Hay varios logros a destacar, como la expansión de la Jornada Escolar Extendida, la construcción y rehabilitación de planteles, el fortalecimiento de la alimentación escolar y un mayor impulso a la formación docente. De igual manera se desarrolló el Pacto Nacional para la Reforma Educativa y se ampliaron los mecanismos de evaluación.

Fue también en ese período cuando República Dominicana decidió participar por primera vez en PISA, en 2015. Medirse internacionalmente, aun sabiendo que los resultados podían ser adversos, fue una decisión correcta y valiente. Los países mejoran cuando conocen sus debilidades, no cuando las esconden.

Aquella fue una primera gran transformación para crear las condiciones para aprender.

Ahora PISA nos plantea una segunda ola de transformaciones que buscan garantizar que el aprendizaje realmente ocurra. Y para lograrlo propongo cambiar una pregunta fundamental.

En lugar de preguntar solamente qué grado cursa un estudiante, deberíamos comenzar a preguntar: ¿qué sabe hacer?

Nuestro sistema sigue organizado, en gran medida, alrededor de edades, cursos y años escolares. El estudiante avanza de grado y el sistema registra que avanzó. Pero dos niños sentados en el mismo curso pueden tener diferencias enormes en lectura, razonamiento matemático o comprensión científica. La idea de construir una trayectoria individual de aprendizaje es uno de nuestros próximos grandes cambios educativos.

Cada estudiante debería tener, desde los primeros años, un mapa claro y sencillo que permita conocer qué competencias domina, cuáles está desarrollando y dónde necesita apoyo, en lugar de una nueva carga burocrática ni otra colección de pruebas sin consecuencias. Es decir, se requiere una herramienta para evitar que pequeñas dificultades se conviertan, después de ocho o diez años, en grandes rezagos.

La segunda innovación sería establecer una garantía nacional de competencias fundamentales. Así como el Estado garantiza determinados servicios esenciales, deberíamos asumir un compromiso verificable para que ningún niño concluya ciertas etapas de su educación sin dominar un conjunto mínimo de competencias indispensables para seguir aprendiendo. Si no las alcanza, el sistema no puede limitarse a registrarlo, tiene que buscar soluciones.

Eso significa activar apoyo extraordinario, tutorías, metodologías diferenciadas y acompañamiento hasta cerrar la brecha. La responsabilidad del aprendizaje dejaría así de descansar únicamente sobre el estudiante o su familia y pasaría a ser también una obligación efectiva del sistema.

Propongo, además, una tercera transformación, enfocada en medir el éxito de las escuelas por cuánto hacen avanzar a sus estudiantes, no solamente por el resultado final que obtienen.

Una escuela que recibe niños con grandes rezagos y logra avances extraordinarios puede estar haciendo un trabajo excepcional, aunque sus resultados absolutos todavía sean bajos. Otra puede exhibir mejores puntuaciones simplemente porque atiende a una población con mayores ventajas de origen.

Medir progreso permitiría identificar dónde están ocurriendo verdaderos milagros pedagógicos dominicanos, aprender de ellos y reproducirlos. Porque quizás el próximo salto educativo dominicano no vendrá de una sola gran política nacional, sino de miles de decisiones mejor informadas dentro de cada escuela.

El Ministerio de Educación debe establecer estándares, garantizar recursos y evaluar. Pero el director y sus docentes necesitan capacidad real para decidir qué hacer cuando un grupo no comprende fracciones, cuando otro presenta rezago lector o cuando determinados estudiantes empiezan a perder interés. Esa es la diferencia entre administrar el sistema y hacerlo aprender.

La primera transformación educativa dominicana amplió oportunidades y fortaleció las condiciones materiales e institucionales del sistema. Fue necesaria y dejó capacidades que debemos preservar. La segunda debe ser más precisa, es decir, entrar al aula, identificar al estudiante y seguir su aprendizaje.

PISA no debería servir para negar lo construido ni para regresar al punto de partida. Debe ayudarnos a comprender que el país está ante una nueva etapa para hacer que el sistema responda por el aprendizaje de cada estudiante. La próxima gran revolución educativa dominicana quizás no consista en construir algo nuevo, sino en lograr que todo lo que ya construimos cumpla plenamente su propósito. Que cada niño aprenda, avance y llegue tan lejos como su talento le permita.

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