Julio César Santana
Durante más de tres décadas, pero con mayor intensidad en los años 70 y 80, los defensores de la llamada corriente neoliberal argumentaron profusamente sobre la necesidad de liberalización de la economía y del comercio, haciendo énfasis en la necesidad de una drástica reducción del gasto público y de casi toda forma de intervención del Estado en la economía. No discriminaban niveles de desarrollo ni modalidades de inserción, de hecho impuestas durante siglos de interacciones económicas, en el sistema de economía internacional. Esta visión justificaba, para todas las economías, la preeminencia del rol del sector privado en el proceso de crecimiento y desarrollo económico-social, el cual debía asumir la mayor parte de las competencias o las funciones tradicionales del Estado.
La corriente neoliberal, que ahora adolece de criterios unificados respecto a su definición o conceptualización inequívoca, tiene una larga historia que no vale la pena abordar en este trabajo. Sin embargo, como filosofía económica surge en la tormentosa década de 1930 en medio de una fuerte polémica en torno a la vía intermedia entre liberalismo clásico y planificación económica. Brillantes teóricos se dedicaron entonces a buscar fórmulas que evitaran nuevos fracasos económicos capaces de hacer colapsar la dinámica capitalista, como es el caso, ya lejano, de la Gran Depresión de los años 30.
Entonces se condenó al infierno al liberalismo clásico, sindicado como culpable funcional de todos los fracasos y vicisitudes del sistema en terribles aprietos. El mismo neoliberalismo, en sus primeras décadas de apogeo luego de la Gran Depresión, enfiló sus cañones contra la doctrina de laissez-faire (dejar hacer) y justificaba con la mayor vehemencia una economía de mercado fuerte, tutelada por un Estado altamente institucionalizado, interventor, guía e inspirador de la iniciativa privada (la llamada Economía Social de Mercado).
Luego, la corriente vuelve sobre sus pasos, hacia el liberalismo clásico, ahora eliminando algunos de sus principios nodales, uno de ellos el rol subsidiario del Estado, un tema desarrollado en toda su amplitud y profundidad en Alemania. El rol tradicional del Estado en la economía y los keynesianos y neokeynesianos estuvieron entonces en la mira de su más influyente rival: el monetarismo de la Escuela de Chicago liderada por M. Friedman, el opositor más entusiasta e influyente de las políticas de intervención económica y del enfoque macroeconómico keynesiano que las sustentaban. Ganando más y más adeptos, aconsejan el aumento de la masa monetaria como instrumento para crear demanda agregada, embestían rabiosamente contra el uso de la política fiscal, poniendo en duda el multiplicador keynesiano, y, en lugar del viejo y más conocido planteamiento keynesiano de incrementar los gastos gubernamentales para dinamizar la demanda, recomendaban reducirlos para incrementarla.
Estas políticas del neoliberalismo-monetarismo se combinaron con una ola de reformas estructurales, iniciadas a partir de las recomendaciones del llamado Consenso de Washington en los inicios de los ochenta. En relación a ellas, la CEPAL señala, tomando como ejemplo la región latinoamericana, que “…ninguna reforma es robusta y positivamente correlacionada con crecimiento, inversión o crecimiento de la productividad en la región, y existe evidencia de que algunas reformas, y particularmente la flexibilización laboral, en realidad pueden estar perjudicando el crecimiento”.
Durante los últimos tres decenios el papel “activo” del Estado se justificaba exclusivamente desde la perspectiva de las llamadas fallas del mercado, es decir, como un simple corrector de las imperfecciones que provocan ciertos males como una contaminación excesiva, bienes públicos, externalidades, información asimétrica, desempleo, situaciones extremas de pobreza y de riqueza, etc. En términos más doctrinarios, como las fallas de mercado determinan que los equilibrios no sean Óptimos de Pareto (en sentido general, cuando no se puede mejorar la situación de una persona sin desmejorar la situación de otra u otras) el Estado regulador debe actuar con eficacia para garantizar que las imperfecciones se mantengan a raya y no produzcan costosas y lamentables distorsiones. Así, los roles del Estado como ente promotor, organizador e incentivador de nuevas inversiones, financiador de forma activa de la I + D, interventor creativo con políticas anticíclicas anticipadas y actor de primera fila de programas innovadores de alto riesgo, simplemente no podían ser admitidos.
La pregunta que vamos a formular se le ha ocurrido a muchos autores de relevancia mundial: ¿realmente es tan lamentable el rol que de hecho ha desempeñado el Estado a lo largo de su historia y puede considerársele, en general, como un ente torpe, burocrático e incapaz que no merece más que una intervención como administrador de fallas de mercado?
Las lecturas de magníficas obras recientes, en especial la de Mariana Mazzucato, economista consideraba como una de las pensadoras más innovadoras de la actualidad, mueve a una profunda reflexión sobre ciertas “verdades” que muchos, incluidos los políticos de más de dos generaciones, asumieron como simplemente irrebatibles.
Su último libro “El Estado Emprendedor: Mitos del Sector Público frente al Privado”, merece no una lectura superficial, como si fuera una novela cualquiera, sino un estudio a fondo como si se tratara de un clásico desmitificador, en la única posible acepción de disminuir, despojar o quizás ridiculizar el carácter mítico o idealizado del rol del Estado en la economía y la sociedad. Creo que para políticos, de los pocos que tenemos que de vez en cuando se obligan a la lectura, para académicos, periodistas y estudiantes es una lectura obligada que resume un enfoque keynesiano y schumpeteriano refrescante, original, innovador y desafiante. Tratemos de desmenuzar y a la vez “engullir” en próximas entregas los contenidos de cada uno de los capítulos de este magnífico aporte de Mazzucato, desarrollados en 323 páginas de provocadores y profusamente argumentados planteamientos.
Dedicaremos tanto tiempo a esta obra porque entendemos que puede ser de inestimable utilidad para cuestionar al Estado desde otra perspectiva, esto es, desde el ángulo del gran potencial emprendedor e innovador que encierra el Estado como instrumento de crecimiento sostenible y progreso, meta todavía lejana para muchos pueblos de nuestra rica y diversa región hispanoamericana.