Opinión

La mala educacion del espectador en el cine

Los códigos de conducta para la interacción social son lo más parecido a una constitución de lo cotidiano. Son las tablas de la ley que rigen la convivencia de los conglomerados que pueblan las urbes nuestras, esas colmenas en donde se imita muy poco la organización de los insectos.

La abigarrada multitud se comporta como rebaño en estampida, presto para salir disparado hacia adelante, llevándose de paso las cercas, las normas y todo lo que huela a control, por más que sea para bienestar de la mayoría, a las masas eso poco les importa.

Cuando se asiste a disfrutar de obras artísticas se establecen los parámetros que permiten disfrutar el arte como un espacio común de los sentidos, definiendo los comportamientos adecuados para que no distorsionen la ejecución ni la observación, requisitos indispensables para una absorción correcta de estos frutos de la sensibilidad y del espíritu humano.

Definir las ciudades modernas como junglas de asfalto no es una exageración si miramos detenidamente las conductas generales de los habitantes de esos espacios urbanos inmersos en el caos de la permisividad, y esa laxitud de las reglas de convivencia que no respeta el espacio del otro.

Mucha tinta ha corrido para explicar la baja asistencia a las salas de cine. Algunos le echan la culpa a los precios, otros a la delincuencia, pero pocos se han detenido a mirar la conducta de ciertos espectadores que se transforman en entes molestosos al extremo de impedirnos ver una película con la tranquilidad debida.

Los recursos que se destinan a la educación en general, un 4% del presupuesto de Rep. Dom., también podrían alcanzar para dedicarlos a estos hijos de Mijail Bakunin, pero sin su motivación política. Entrar a un cine es una tortura desde que se apagan las luces hasta que finaliza el filme, y la gente se levanta para salir aunque no hayan terminado de pasar los créditos.

Es tétrico el caso si a usted se le sienta delante uno de esos que no apagan su celular inteligente, con la consiguiente molestia ocular, y líbrese de llamarle la atención porque es probable no le hagan ningún caso. Tampoco piense que lo va a apagar o a dejar de chatear en ningún momento. Para mi es incomprensible pagar una entrada y no ver la película por estar chateando o revisando las redes sociales.

Años de dejadez han marcado una práctica de comportamiento, no por antigua menos desagradable, y contraria a las normas de convivencia en un espacio lúdico para el disfrute de todos, no solo de un grupo de desadaptados sociales que desconocen la etiqueta que impera en tales lugares y mucho menos el respeto al disfrute ajeno.

Lejanos creía los tiempos en donde el cowboy de turno apoyaba sus pies en el asiento como si estuviera en la sala de su casa y no en un cine. Pues no, esa cómoda costumbre no ha desaparecido, y por lo visto se reproduce en los lumbersexuales que visitan los modernos complejos o multisalas digitales.

A veces creo que Herodes no andaba tan desencaminado, pues no existe nada más molestoso que un bebé gritando o queriendo jugar con sus progenitores a mitad de la película y en plena oscuridad. Se supone que según las reglas de los festivales de cine, los menores de edad no deben acceder a la sala pues las películas no han sido censuradas y no se sabe que escena violenta o inapropiada sexualmente puede aparecer, pero a los padres eso no parece preocuparle.

El expresivo o bulloso es otro espécimen que abunda a la hora de seguir clasificando a los maleducados habituales de las salas de cine. Este es un ser que sufre de incontinencia verbal o exhibicionismo oral, y a veces se hace más grave el problema cuando se hace acompañar de los amigables del barrio. Y por otro lado están las quejas en voz alta que expresan los demás espectadores acerca de la conducta del mal educado.

Esa mala educación de muchos espectadores dominicanos abarca desde el ruidoso, aquellos que no apagan sus celulares, los que piensan que están en su casa, hasta esos que ni siquiera les importa lo que están viendo u oyendo, los verdaderos trolles del cine.

El punto exacto es que esos espectadores reflejan los niveles de educación ciudadana imperantes en nuestro país y sería un milagro que se comportaran de otra manera. Por otro lado las quejas acerca de esas conductas muchas veces no son canalizadas a la gerencia de los establecimientos, quedándose en un gesto casi imperceptible y reforzando la conducta de los mal educados.

Dentro de las soluciones posibles para este molestoso problema que como dijimos, no se resolverá a corto plazo, está en los mismos asistentes al cine. Que fluya la queja a la gerencia de las salas y que estos tomen las medidas de lugar, garantizando el pleno disfrute de la proyección sin conductas desconsideradas generadas por estos anti-sociales.

Como habrán notado, un fantasma llamado educación recorre los asientos sin asustar a nadie, ni haciendo acto de presencia, convocado por algún médium interesado en una aproximación respetuosa de los valores del arte o la transmisión de significados, para enriquecer las miserables vidas de aquellos que emplean hora y media o dos visionando algún filme.

De cara a la variedad de ofertas, las molestias e inconvenientes al enfrentarse a un público sin educación, son factores a evaluar en el caso de un espectador informado y en busca de obras con altos niveles de calidad. Esas variables determinan su asistencia al cine.

Adentrarse en la sala oscura con el gasto que implica hacerlo, y que unos patanes no te dejen la paz suficiente para concentrarte en la trama de un filme, es razón valedera para que te quedes en casa con Netflix o cualquier canal que desde tu sillón favorito te permita el goce sin sobresaltos de ningún tipo.

Muy ciertamente, se puede argumentar que no es lo mismo una pantalla de cine que la de un televisor por más grande que sea, pero la tranquilidad y un entorno amigable conspiran con éxito en disminuir el promedio de los espectadores que ocupan las butacas de los cines.

Es usual que todos estos personajes tengan algo que los distingue de los demás: La más impresionante y portentosa ignorancia en temas cinematográficos o de cultura.

Es por esta razón que insistimos en la implementación de una educación audiovisual desde la escuela primaria, que vemos como la única solución a largo y mediano plazo.

La mala educación en las salas de cine es un asunto cultural que aleja a muchos espectadores de las salas, y que solo se resolverá en la medida en que tengamos ciudadanos más conscientes, respetuosos del espacio ajeno.

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