Opinión

CARIBBEAN FANTASY: El Documental como Espejo de las Almas

Fijar la realidad que corre aguas abajo es una tarea tan complicada como atrapar al pájaro de la felicidad, esa ave elusiva que tanto se acerca como se aleja, dejándonos ver su brillante plumaje pero solo con una remota oportunidad de atraparlo y atarlo a nuestras vidas por el resto del tiempo que nos queda.

Documentar los sentimientos y penetrar en los universos imaginativos de los seres que deambulan por este planeta se antoja una expedición plagada de obstáculos al nivel de los trabajos encomendados a Hércules, pues vencer monstruos o fieras gigantes es una sencillez al lado del reto de descifrar los sueños humanos.

Es sabido que nuestra especie debe su supervivencia a un egoísmo anidado en nuestro interior que sale en ocasiones de peligro a advertimos y hacernos abrir los ojos. Sentido que compite de tú a tú con la solidaridad y el desprendimiento para sacrificarnos por los otros, echando a un lado ese egoísmo o la necesidad de salvarnos.

La búsqueda de explicaciones nos pone en la ruta incierta de los dioses, sabido es que somos curiosos y que necesitamos explicaciones, tanto para los fenómenos naturales como para los sucesos que jalonan nuestra existencia llena de misterios que ni el mejor oráculo puede predecir, a lo sumo aproximarse, de tan etérea materia estamos hechos.

Por eso, afirmo que hacer documentales es un acto de solidaridad, una muestra de generosidad del realizador que le busca el sentido a la realidad para compartirlo con los espectadores y los intérpretes de esa realidad. Ese dar y darse implica un compromiso ético de dimensiones monumentales que los espíritus de miras cortas no alcanzan a entender por más que traten.

La realizadora Johanne Gómez se embarca en una travesía por las aguas del rio Ozama para bucear en las vidas de Ruddy y Morena, habitantes de las orillas, ciudadanos de la periferia existencial, migrantes del campo a la ciudad que no encontraron el progreso buscado y con quienes nuestro estado aún no salda la enorme deuda social contraída.

Ambos son vistos desde las alturas de los puentes como un entomólogo que mira a los insectos, y ellos a su vez, observan desde abajo esperando un ascenso a ese mundo de supuesta normalidad. El mal entendido es perenne entre ambas partes, hace falta una interacción que borre las visiones distorsionadas.

Johanne camina y navega, haciendo la tarea por nosotros con estas almas que están a la buena de Dios. Ellas están viviendo en un universo paralelo que discurre a nuestro lado sin juntarse ni entrecruzarse, sin mirarnos a los ojos, sin rozarnos, como caballo con anteojeras que solo ve lo que tiene de frente. Todo lo que esté a la izquierda o a la derecha, no existe.

La relación de estos dos habitantes de la periferia social está llena de encuentros y desencuentros, la promesa de una vida en común choca de bruces con las duras condiciones existenciales en que estos se desenvuelven. Sabiamente, la directora no saca conclusiones apresuradas ni traídas por los pelos, lo que vemos en este trabajo es lo que sus protagonistas son, ni más ni menos.

Ruddy transporta personas de un lado del rio al otro, en eso se gana la vida, si podemos llamar vida a la precariedad en que sobrevive pues en su rostro se dibujan los tormentos de unas penas no dichas, aliviadas tan solo por la presencia de Morena y de unos tragos de alcohol o un juego de gallos.

Este hombre, que sale de lo más profundo de la noche, hijo de unas circunstancias regionales muy particulares, es otro migrante interno que ha encontrado en ese hermoso rio grande, ancho y contaminado, un espacio donde vivir, convivir y divertirse. El Ozama es su patria, que lo acoge abrigándolo y defendiéndolo de los de arriba, de usted y de mí.

Incluso, entiendo a quien no quiera ver Caribbean Fantasy, a quienes no deseen reconocerlo ni nombrarlo, pues no es un trabajo simpático ni complaciente ya que en el fondo plantea niveles de responsabilidad individual y colectiva y de cuál es el compromiso necesario para cambiar esa situación. Este documental es una obra visceral que sirve como espejo personal para cada espectador.

De inicio, se puede pensar que esta es la historia de Ruddy, “el Caronte del Ozama” como lo llama la realizadora. Yo mismo en particular, no podría entenderlo a él sin la participación de Morena su compañera, la voz de su silenciosa conciencia, la mujer que se parte en dos, que escapa de una realidad a otra con la esperanza de encontrar una paz interior que nunca llega.

Ruddy el silencioso, el de las palabras cortas y la mirada larga, el carente de una tristeza profunda rodeado de olores fétidos, enfermedades, basura, desechos, habitante de campo de refugiados a orillas de las aguas, salvado de la locura por una Eva solidaria, religiosa y vociferante, pero llena de verdades.

Morena es la voz de Ruddy, su conciencia, el “Pepe Grillo” que le canta sus verdades, la compañera del barquero desdoblada en amante y confidente, en la esposa fugitiva que acude al imperfecto habitante de las aguas en busca de eso que llamamos amor.

La religión ofrece a Morena una válvula de escape entre los dos universos que vive, le sirve de catarsis para volcar sus tormentos hacia afuera y gritarle a la sociedad la vida que padece. Si alguien le ve connotaciones de locura es porque en un mundo de locos solo los locos son cuerdos, como apuntaba Akira Kurosawa.

Johanne Gómez se acerca al rio, a Ruddy y a Morena sin pretensiones de imponer sus puntos de vista, más bien se establece un dialogo enriquecedor entre las partes del cual todos salimos ganando, los espectadores, sus protagonistas y la realizadora. Su misión como cineasta es exponer ante nuestros ojos el transito vital de dos seres en su medio ambiente para que nosotros saquemos nuestras propias conclusiones.

El cuidado trabajo fotográfico del cineasta Tito Rodríguez retrata con meticulosa precisión, pero sin efectismos estéticos, la imagen de los habitantes de las riberas contaminadas y carentes de los servicios básicos. Tito se esmera en hacer a ese rio y a la gente que convive con él, los protagonistas de la historia. De hecho, la cámara se transforma en un ojo invisible que mira y muestra.

La misma actitud de integrar el resto de la técnica y el equipo de producción con el entorno, se refleja en el resultado final que es crítico sin ser extremista, detallista sin llegar a lo obsesivo y comprometido pero evitando el panfleto. Esto es lo que se llama una verdadera actitud de plasmar la realidad tal cual es.

Caribbean Fantasy es un documental sobre las difíciles condiciones de dos habitantes de la orillas del rio Ozama, Ruddy y Morena, a quienes la realizadora Johanne Gómez ha dirigido, poniendo el acento en el interior de estos espíritus atormentados en espera de la redención social o divina.

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