Opinión

Hacia el modelo de integración que requiere Centroamérica

Comparto con mis lectores de Vanguardia del Pueblo la ponencia que escribí para el seminario “Sistema de Integración Centroamericana: la agenda de oportunidades y desafíos pendientes”, organizado por la Secretaría General del SICA en Costa Rica el 14 y 15 de abril del presente año.

La acción, en el marco de proyectos de la naturaleza que envuelve intereses económicos, culturales y de soberanía, que en muchos casos abren discusiones sobre el tema de la identidad, como es un proceso de integración, requiere de la voluntad política de los actores para entrar en juego y abrir espacios para el entendimiento.

En el caso del Proceso de Integración Centroamericana, se conjugan todos los factores inherentes a su puesta en marcha, los que no podemos superar porque a diferencia del europeo, la voluntad escasea y se queda en discursos y seminarios, pues Europa, con todo y las abrumadoras asimetrías económicas entre los países del sur, el centro y el norte, con todo y sus variados idiomas, pudieron curarse de una babel que les impidiera el entendimiento, en razón de que se construyó una voluntad sobre los cimientos de una visión de futuro.

La experiencia de dos conflagraciones devastadoras que trajeron como consecuencia reconfiguraciones geopolíticas, en las que desaparecieron y emergieron nacionalidades, en la que se crearon muros ideológicos, muros entres esquemas productivos encontrados y hasta muros físicos y de concreto armado, pudieron haber sido las razones para que comenzara a forjarse el destino hacia la integración y la voluntad de renunciar o ceder a soberanías que en el pasado fueron quizás las causas de las luchas armadas.

Cuando se firmó el Tratado de Roma en 1957, Europa no sospechaba, porque apenas se armaba el mundo bipolar, que en menos de 40 años arribaríamos a la unipolaridad y que de ésta, en breve tiempo, a la multipolaridad en que nos ha atrapado la aldea global que describió Marshall McLuhan, y que no solo se expresa en la agilidad con que nos comunicamos y nos informamos, sino la que nos convierte en un mundo sin fronteras arancelarias, abierto a todo tipo y suerte de negocios.

El afianzamiento de Europa como proyecto unitario fue creando las bases para un futuro que traería nuevos retos y desafíos, a la luz de la realidad que nos presenta un mundo con regulaciones al comercio y las finanzas que desregula los viejos esquemas de protección, lo que hace casi imposible que solos, con nuestros pequeños estados, podamos enfrentar con éxito.

Muchos tropezones han marcado la construcción del proyecto europeo, su estancamiento, hasta los acuerdos de Maastricht en el que se definió avanzar a varias velocidades y embarcarse en la creación de una moneda común; el fracaso en la aprobación de una constitución, hasta la crisis actual que ha pulverizado el empleo estremeciendo el estado de bienestar que va llevando a un crecimiento del euroescepticismo, no han doblegado la voluntad del liderazgo europeo de seguir en la construcción de la integración.

Sabemos que los esfuerzos de Centroamérica por integrarse son más viejos que los de Europa, que los intentos por consolidar un mercado común se remontan al 1938 (¿), que en 1958 nace la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), meses después de sellado el Tratado de Roma, y que en 1960 se firma el Tratado General de Integración Económica Centroamericana, rubricado en principio por Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua.

Podríamos decir que los procesos se han ido construyendo en paralelo, pero que no avanzan al mismo ritmo. Y sobre esto una pregunta se hace recurrente: ¿Por qué si los países centroamericanos son menos asimétricos, hablan el mismo idioma y sus culturas son prácticamente iguales, contrario a lo que sucede con Europa, los del antiguo continente progresan en su proyecto de integrarse y nosotros no?

Hay varias respuestas para ella. Se aduce, y yo mismo lo he afirmado, que mientras la Guerra Fría estimuló la unificación de Europa, en Centroamérica se convirtió en la llama que consumía los esfuerzos de actores que sentían compromiso con la unificación, porque mientras en el viejo continente los cañones estaban silenciados, nuestra subregión se convirtió en el escenario caliente de la fría confrontación bipolar que nos dejaba la violencia y la sangre que impidieron la estabilidad política necesaria para adelantar en el proceso integrador.

También se afirma, y yo mismo lo he dicho, que el liderazgo regional no parece comprender el mundo en que vivimos, que se conduce a Centroamérica con los viejos esquemas con que se gobernaban los países en un mundo cerrado, ignorándose que las complejidades de un planeta tierra moldeado para la competencia económica feroz, han abierto oportunidades para los países pequeños que se saben conducir con destreza y hunden a los grandes que no lograron entender a Charles Darwin en su afirmación de que los que sobreviven no son los más fuertes, sino los que se adaptan con facilidad a los cambios.

El miedo a la pérdida de soberanía es también una respuesta a la pregunta a que me referí. Pareciera que el liderazgo regional pensara que es más provechoso controlar un conuco para su subsistencia mesiánica y pastoral sin importar que el interés personal o su cortedad de mira ponga en riesgo el futuro de su pueblo que asumilaría la cesión de soberanía a cambio de compartirla para construir un estado de bienestar que vaya más allá de las fronteras tradicionales o históricas.

Hay quienes arguyen, a la hora de explicar el lento avance del proceso de Integración Centroamericana, que la subregión no cuenta con un país económicamente poderoso que asuma el liderazgo de la integración como lo asumió y financió Alemania junto a la indudable ayuda de Francia.

Pero no todo el liderazgo regional padece de miopía. Hay políticos que han comprendido perfectamente que la integración es un instrumento que nos abre la oportunidad para alcanzar el desarrollo. Hay empresarios que tienen consciencia de lo que he afirmado, que saben que la integración amplía el ámbito de acción para sus negocios, para crecer, y que la competencia es inevitable, que llegará tarde o temprano y que lo mejor es abocarse a gestionar alianzas estratégicas que les permitan sobrevivir y prosperar, porque como dice un adagio africano “El que anda solo llega rápido, el que anda acompañado llega lejos”.

Muchos son los retos y los desafíos que tenemos por delante. Los avances son mínimos. A veces siento que retrocedemos. Lo veo en las discusiones en que se aborda el tema de la unión aduanera, donde la inseguridad y los miedos imperan y por momentos pienso que la disposición es hacia la facilitación de comercio, no hacia la integración comunitaria.

Veo una inexplicable oposición a otorgarle facultades vinculantes al Parlamento Centroamericano, que es el vínculo con la sociedad en su más amplia expresión clasista e ideológica, en razón de que sus representantes son electos mediante el voto popular y sus discusiones son transparentes, abiertas a la sociedad regional que es la que debe definir el curso del proceso.

El curso de las discusiones sobre el libre tránsito de personas parece darnos a entender que los acuerdos intergubernamentales tienen prioridad por encima de la integración comunitaria, y esto no debería ocurrir cuando debemos saber que para adaptarnos a los cambios y sobrevivir a los retos y desafíos que nos plantea la aldea global, debemos dirigirnos hacia un estadio de integración en que todos los factores de la producción circulen libremente por el territorio comunitario, porque ese es el modelo de integración al que debe aspirar Centroamérica para llegar a la unión política.

Esta afirmación podría llevar a la pregunta de los euroescépticos: ¿Y para qué nos ha servido la integración si hemos caído en una crisis que destruyó el estado de bienestar que construimos en más de cincuenta años? Uno diría que, en efecto, se fue construyendo en la medida que se levantaba la Unión Europea y que si la crisis que estalló en el 2008 en los Estadios Unidos y se extendió hacia todo el mundo impactando de forma demoledora en Europa, se debió, según Ángela Merkel, a que a la hora del estallido ellos no habían consolidado esquemas comunitarios que les hubieran servido para blindarse de la crisis.

Así que, la coyuntura de crisis hay que desligarla del esquema de integración europea, y atribuirla, además de lo afirmado por Merkel, a la mala decisión de implementar políticas de austeridad, contrario a lo que pasó en América en donde el liderazgo tomó la acertada decisión de enfrentar la crisis aplicando medidas keynesianas.

Termino estas breves palabras atreviéndome a decir que para franquear los obstáculos que impiden el avance del proceso de integración centroamericana, debemos sacar el debate de las cúpulas de la sociedad regional, e involucrar a las alcaldías, que son los estamentos del Estado más cercanos a los ciudadanos de a pie, que debemos involucrar a los sindicatos, a los gremios profesionales, a las universidades, a los transportistas y a los empresarios desde el más alto nivel hasta los medianos y pequeños, porque hacer a todos parte del proyecto nos permitirá construirlo con fluidez y solidez.

Pienso que el avance de nuestra integración, no debe ser solo en el orden económico, sino en el orden cultural y político, que nos encamine hacia una región próspera e incluyente, que se convierta en escenario para una sociedad regional cimentada en los principios de equidad de ciudadanos con derechos y oportunidades.

Pero nada avanza, y los que ven el mundo en perspectiva, que siguen los cambios que se experimentan a nivel planetario, sienten la frustración que deja saber de los peligros que se ciernen sobre nuestra subregión si el liderazgo de nuestros países permanece anclado al concepto clásico de soberanía, del solar inviolable que, sin embargo, con el tiempo entrará en los apuros del aislamiento que les llevará a la inviabilidad, en donde la soberanía ya no tendrá razón de ser.

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