La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea acentúa la creciente incertidumbre en torno al proyecto unificador del viejo continente, asediado desde los acuerdos Maastricht por conservadores y liberales que se vienen planteando el tema de soberanía como punto definitorio del futuro de una región que sirvió de cimiento a toda la cultura occidental, expresada en el modelo político, económico y demás manifestaciones de una sociedad que actúa bajo códigos de la actual civilización dominante.
Sin que abordemos las consecuencias económicas del Bexit para el Reino Unido y el resto de la Unión, con manifestación en la caída de la libra esterlina, un notorio reflujo en las bolsas y una considerable disminución en las inversiones, el acontecimiento podría tener consecuencia que desborden lo que podría ser coyuntural, en el sentido de que el hecho, por la incertidumbre generada, pudo traer desajustes que en corto plazo alcanzarían el nivel que antes del “día después”.
Pues más allá del momento de la excitación que produjo el resultado de las urnas, el producto de la consulta vino a asociarse a las arritmias en la hoja de ruta que ha procurado avanzar hacia la unión política. Y es que estas arritmias no las pudo curar el plan de “Europa a varias velocidades” con el que se pretendía romper la inercia causada por las asimetrías económicas y los diferentes niveles de entusiasmos políticos sobre la construcción del proyecto unionista.
El euro, como moneda común, pareció en principio un parto suave, pero a medida que intentó crear una cultura monetaria continental afloraron dificultades de orden estructurales que pusieron de relieve la falta de reformas o ajustes comunitarios que se hacían necesarios antes de embarcares en la creación de una unidad de intercambio de carácter continental, que dejaba sin bancos centrales a los que se integraron a la zona euro, lo que llevó a estos países a perder la libertad de definir las clásicas políticas de control de inflación y crecimiento bajo los mecanismos de tipos de interés y de cambio.
No se puede negar que la creación de un mercado de más de 500 millones de consumidores y productores de riquezas ayudó, en medida importante, a parte de las políticas de distribución de las riquezas, a crear un estado de bienestar que se puso a prueba con el estallido de la crisis financiera de 2008 que desnudó las debilidades de que adolecía el proyecto comunitario, que, según sus líderes, se encontraban, precisamente, en que Europa no avanzó lo suficiente en las reformas estructurales de carácter comunitario.
Las dificultades del euro pusieron un poco de leña al viejo fuego del euroescepticismo; el impacto de la crisis de 2008 en Europa avivó las llamas, pero la salida de Gran Bretaña de la UE coloca a Europa en una crisis de identidad que exacerba los nacionalismos, revive el tema de la soberanía y despierta un entusiasmo para retornar al villorrio, como expresó recientemente en una entrevista para diario El País, George Steiner.
La idea de salir quizás bullía en la dirigencia política británica desde hace años, pues nunca asumieron la Unión con todas sus consecuencias, como Costa Rica tampoco se asimila al Sistema de Integración Centroamericana, SICA, porque vienen al bufete exigiendo platos a la carta para despreciar los huesos y tomar la masa.