Hablan los hechos

A 10 años del Tratado de Lisboa

De cara al último trimestre del año y próximo a cumplirse la primera década tras la firma del Tratado de Lisboa, la Unión Europea se encuentra inmersa en un necesario proceso de catarsis interna, luego de haber superado un peligroso escenario donde el ultranacionalismo xenófobo disfrazado de populismo, amenazó con ganar espacio dentro de las democracias del viejo continente.

Sucede que luego del Brexit, la crisis de refugiados y la victoria de Trump el año pasado, se generó un temor colectivo dentro de la Mancomunidad de cara a este 2017, año en que tres de los principales socios europeos se someterían a elecciones generales, con el agravante de que tras los efectos de la crisis económica del 2008, los amplios cuestionamientos a la globalización, democracia y partidos políticos habían puesto a los líderes tradicionales en situación de desventaja.

Este escenario fue aprovechado por personajes “anti-europeos” como Geert Wilders en Países Bajos y Marine Le Pen en Francia, para ganar apoyo durante sus respectivas campañas, con la intención última de dar el salto al poder. Otra nación que se ha encontrado en esta disyuntiva es Alemania, donde la formación política Alternativa por Alemania, llegó a plantear un serio obstáculo para la actual canciller alemana, Ángela Merkel.

Por suerte, y en parte gracias a los efectos negativos que comenzaron a evidenciarse en Reino Unido y Estados Unidos tras los citados acontecimientos, las democracias europeas parecen haber reaccionado a tiempo y evitado la debacle total del más emblemático modelo de integración regional. Es así cómo tras los resultados electorales en Países Bajos y Francia, Europa vuelve a presentar un optimismo contagioso a través del cual se muestran sumamente cohesionados y coordinados, gozando incluso del apoyo ciudadano.

Este nuevo sentimiento de renacer está siendo liderado por los gobiernos de Emmanuel Macrón y Ángela Merkel, quienes vuelven a poner en marcha a la llamada “locomotora franco-alemana” que por décadas fue la piedra angular de la causa europea, pero que había perdido su esencia tras la pérdida de empuje de Francia, lo que en conjunto con la salida de Reino Unido fue dando cada vez más poder y protagonismo a Alemania. A lo anterior se suma una histórica desconfianza mutua, donde los recuerdos de la Segunda Guerra mundial forman parte de un prejuicio implícito, que ha condicionado la interrelación entre ambas potencias europeas.

No obstante, con Macrón a la cabeza, Francia parece estar dispuesta a relanzar su alianza con el gobierno alemán, liderando una agenda común donde los 27 socios europeos busquen el reforzamiento de la moneda común, las fronteras europeas y la seguridad. Para ello la Mancomunidad cuenta con un marco teórico bastante elemental como lo es el Tratado de Lisboa, firmado el 13 de diciembre del 2007.

Sin embargo, el que todavía se esté hablando de llevar a la práctica reformas y resoluciones emanadas del Tratado de Lisboa a diez años de su firma y ocho de su entrada en vigor, quiere decir que ha existido una arritmia histórica donde el contexto ha jugado un rol elemental. Esta piedra en el camino lo fue la crisis económica global, que a su vez se tradujo en una crisis del euro que puso en jaque a varias economías de la Unión.

Como un antecedente se podría indicar que en lo político-económico, el proyecto europeo nacido del Tratado de Roma en 1957 se creó bajo un sistema mixto, donde primaban las políticas liberales con énfasis en el aspecto social, lo que se conocería como “Estado de Bienestar”. Las características idealistas e incluyentes del proyecto, lo convirtió en un fuerte atractivo para naciones que a lo largo de las décadas subsiguientes se fueron sumando a su membresía, apostando también a la búsqueda de prosperidad, paz y desarrollo.

La lógica de la Mancomunidad sufriría ciertas mutaciones durante la década de los 80´s, cuando la entonces premier británica, Margaret Thatcher, en conjunto con el mandatario estadounidense Ronald Reagan impusieron un sistema económico neoliberal, donde la desregulación de los mercados financieros, privatización de las empresas estatales y globalización de las multinacionales, fue dando paso a una creciente burbuja de endeudamiento y brecha social, que estallaría décadas después. En efecto, la zona euro también dejó en evidencia una clara disparidad entre los miembros de la Unión, donde a los Estados ubicados al sur del Continente les ha ido peor que los que se encuentran más al norte, siendo casualmente estos últimos los más poderosos económicamente.

De hecho, esta ha sido la manera en que durante las últimas décadas se ha medido el poder entre los Estados miembros, dado que la composición y estructuras de la Unión Europea no habían estado funcionado bajo el esquema de representación de “un hombre, un voto”, sino que solían imponerse los Estados con más recursos económicos, lo que explica el creciente poder de Alemania. Dicha disparidad ha dado paso a ponderaciones que sugieren que en lo adelante Europa se proponga avanzar a dos velocidades, en el entendido de que los socios no se encuentran a un mismo nivel de desarrollo, sin embargo, lo ideal sería una Unión Europea fuerte y cohesionada, donde las grandes potencias ayuden a los demás a tomar el ritmo, evitando recelos y una nueva fractura en la agenda común.

En lo adelante, la responsabilidad de un relanzamiento de la causa europea recae en sus líderes, especialmente en aquellas naciones donde el ultranacionalismo ha asechado incesantemente durante los últimos años. De ahí dependerá la salida definitiva de la crisis, dando paso a una mayor integración política, económica y social, bajo una mega estructura federalizada llamada Unión Europa.

Sin lugar a dudas, la debida aplicación de los preceptos del Tratado de Lisboa, consistente en aspectos como medidas económicas; la repartición de competencias entre la Unión Europea y los Estados; reforzamiento del papel de los parlamentos nacionales; reformas de las distintas instituciones; empoderamiento de los ciudadanos a través de la elección del Parlamento Europeo; y políticas de seguridad común, pueden ser la clave de un futuro prometedor, donde los ahora 27 Estados miembros recuperen el esplendor que una vez les distinguió conjuntamente.

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