Opinión

Al hermano Lorenzo Sención Silverio

Hablarte aún a sabiendas de que ni me ves ni me escuchas, puesto que acabas de abandonar el mundo de los vivos, parecería ser un acto de locura, sin embargo no lo es, ya que gracias a la memoria que has dejado como impronta perenne, sigues vigente en el corazón de todos quienes tuvimos la dicha y el honor de conocerte y de tratarte. Tuve la fortuna y privilegio de compartir contigo una fuente incomparable de enseñanza: nuestro inolvidable maestro Israel Brito Bruno, cariñosamente “Don Tico”.

Mi compañera del Liceo Secundario vendría luego a ser tu querida esposa, hoy viuda Carmen Rosa Liranzo de Sención. El río Bajabonico nos arrulló en conjunto durante ese cuatrienio escolar. El azar te deparó el camino de las armas, en tanto que a mí me lanzó hacia el campo de la medicina.

Extrañas coincidencias sociales nos hicieron coincidir en la gesta patriótica iniciada el 24 de abril de 1965. Tú, al lado del coronel Rafael Fernández Domínguez, yo un humilde estudiante de término de medicina de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, anclados en la zona constitucionalista.

Diez años después volvíamos a coincidir en la ciudad de Río Piedras, Puerto Rico, tú, exiliado digno, trabajador y soñador, mientras yo entrenaba en el mundo de la patología forense. A nuestro retorno al suelo patrio a mediado de 1981 volvemos a reencontrarnos en las reuniones socio-políticas en nuestro hogar y en otros ambientes.

Siempre fuiste el amigo y hermano disciplinado, afable, confiable, honesto, humilde, sincero y bondadoso, libre de malicia y con una sola cara, que irradiaba confianza en los que te trataban. Cuando la enfermedad hizo nido en tu cuerpo la enfrentaste con arrojo y estoicidad, siempre cargado de fe y optimismo. Uno de tus médicos tratantes me hablaba maravillado de la clase de paciente que eras. Venciste los peores escollos y manejaste con valentía el curso de tu larga dolencia. Cuando vi invertirse mi rol de médico a paciente, recibí tu llamada con un mensaje de aliento en mi nuevo camino de paciente oncológico.

Tampoco olvido tu sorpresiva llegada a nuestra oficina con un pliego de documentos de defensa a un pretendido ultraje histórico, y la expresa solicitud de asesoría médico forense para tu libro “Las mentiras de la sangre”.

La comunidad imberteña, la patria, así como todos los hombres y mujeres amantes de la libertad, el bienestar colectivo, la seguridad y la paz estamos endeudados contigo por tu sacrificio y ejemplo de vida digna e incorruptible. Tu familia, incluida tu dedicada compañera Carmen Rosa, tu prole, hermanos y demás consanguíneos y allegados saben con orgullo que has dejado un legado con un sello de gran soldado héroe, intelectual honesto, ciudadano intachable, amigo sincero, hermano infalible y hombre de bien.

A seres como tú no los conoce la muerte, de ahí que sean inmortales. Es tarea nuestra hacer que tu memoria se mantenga viva en las venideras generaciones. Ya eres hombre de la historia, indispensable ícono en estos borrascosos tiempos de la post verdad. Representas el modelo a imitar para quienes abrazamos el sueño duartiano de alcanzar a ser una nación libre e independiente.

Fíjate que solo estuviste esperando la fecha natalicia del patricio, el día 26 de enero para tres días después iniciar tu viaje cósmico sin retorno.

Hasta luego hermano Lorenzo. Misión cumplida. Descansa en paz.

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