Opinión

Ana Mitila Lora: La joya histórica de la verdad

El pragmatismo de vida de Fabio Herrera Cabral. La fortaleza y la dignidad de Nicolás Pichardo. Las luchas y sinsabores de Ángel Miolán. La entereza y lucidez de doña Conina Mainardi. La historia de sacrificio de Juancito Rodríguez, contada por su hija Pucha, viuda de Horacio Julio Ornes Coiscou. Poesía y socialismo en Pedro Mir. Las revelaciones del calvario padecido por varios sacerdotes durante la Era de Trujillo, de monseñor Juan Félix Pepén. La “sinvergüencería política” implantada por los yanquis, conforme Eduardo Matos Díaz. Julia de Burgos en la mesa de los romances de los juanes. La vida refinada de principios de siglo de una dama exquisita de la sociedad puertoplateña, Asunción Brugal. Las viejas rencillas entre primos –Horacio y Mon- transmitidas a las descendencias de los Vásquez y Cáceres. Las confesiones, por primera vez, de hombres que participaron activamente en el Corte del 37. Antonio Rosario y Dulce de la Maza, Maruxa Rúa –viuda de Tavito de la Maza-, Aída Michel y Celeste García, contando padecimientos familiares a causa de sus vinculaciones a héroes y conspiraciones. Miguel Cocco, Rafael Chaljub Mejía, Leo Mercedes, Manuel Matos Moquete, Wellington Peterson, refiriéndonos los viejos dilemas de la izquierda, sus fracasos, distorsiones y enredos. Claudio Caamaño y Vicenta Vélez mostrando sus verdades y enfatizando los desvelos del coronel de Abril. Carmen Quidiello, Carmen Palacios, Mercedes de Castro de Alburquerque, Maruxa Franco, Cuca Sabater, María Dájer, Josefina Padilla, Bélgica Lora, María Ugarte, Emilia de Lara, damas insignes de épocas sombrías, dueñas de silencios y certezas bravas.

Un rosario de vivencias. Una peregrinación de asombros. Las memorias de un siglo roto, donde las pesadillas y las limitaciones convivieron con atisbos de gloria y esplendor. Tiempos de cortesanías, de verdades que no llegaron a ventilarse en los pasillos públicos y que se quedaron tras las sombras de las congojas y los desalientos. El tiempo de una centuria –siglo XX, cambalache- revivido en las fuentes prístinas de hombres y mujeres de distintas esferas de las secuencias vitales de la dominicanidad, entre unos y otras los que vinieron de España o de Cuba, que crearon sus historias propias para fundar la historia colectiva de un país que durante esos largos decenios se sostuvo sobre las ruinas de ciudades vencidas por el miedo, la barbarie o los huecos del abatimiento y la modorra, pero también de una sociedad ligera de equipaje, soñadora, enamorada, donde las alcurnias hicieron su tránsito sublime, su arenga de élite, y en otros estratos sus rangos de envilecimiento, donde pobreza y negrura eran baldones que frenaban ascensos.

Cuando el siglo XX llegaba a su final y el Y2K, hoy olvidado, creaba temores con el surgimiento del nuevo milenio, Ana Mitila Lora decidió escribir las memorias de la centuria en el justo momento en que comenzaban sus estertores. Era un abordaje casi necesario para el periodismo de la época, en que se debía pasar balance a los cien años de una nación que padeció treinta de esos cien sufriendo los embates de la dictadura; antes, los padecimientos de montoneras y líderes movibles, desgarrados entre sus propias ambiciones; dos intervenciones foráneas; una revolución que intentaba rescatar la Constitución, y en los decenios finales, el agobio de gobiernos de mandos férreos, de adláteres perniciosos y, desde otro lado, de agujeros negros múltiples. Y sí, resquicios de libertad y desarrollo en progreso. Ana Mitila quiso hurgar en la historia y acudió a las fuentes de octogenarios y nonagenarios que conocían mejor que todos las coordenadas del siglo que moría. Lo habían vivido desde posiciones protagónicas o en el andén de los desvelos, zozobras y destellos de una centuria que fue en la que muchos surgimos a la vida sin conocer sus interioridades.

La periodista, sin saberlo, reconstruyó la historia y se hizo historiadora de la centuria. Llegó a fuentes que, tal vez, muchos no supieron descubrir. Hombres y mujeres que, a través de sus recuerdos, suplieron de verdades propias a la reportera que afrontó el desafío. En 49 reportajes resumió al siglo. Entrevistó a la centuria mientras desfallecía o cuando ya estaba enterrada, en las voces de figuras de primer orden. Ahí, en las páginas del Listín, quedaba resumida la historia de un siglo. Memoria de glorias, lealtades, ruindades, mentiras, verdades ocultas, soledades, guerrillas y revoluciones, arte y utopías, principios vencidos, faldas y amoríos, supervivencias, enemistades, recriminaciones, corruptelas, odios descarnados, sepulturas y anónimas apuestas en el concierto de protagonismos de esa gran época.

Eduardo León –“tabaco, cerveza y política”- cuenta la historia de una familia y precisa episodios y caminos. Federico Izquierdo, desde la ventana donde ve el murmullo y sondea el estrépito de la ciudad santiaguera que pasa frente a él cada día, rememora momentos de la historia del arte y deja claro que, para entonces, “ni la pintura, ni los árabes, valían nada”. Los árabes que terminaron creando dinastías en el primer Santiago de América. Andrés Lora, Aurelio Marte y Daniel Piñeyro, reconstruyen la historia de la barbería, los peluqueros de personalidades relevantes de aquellos tiempos. Julio Ravelo de la Fuente relata su vida desde cuando tocaba violines de yagua. Cuca Sabater, viuda de Juan Isidro Jimenes Grullón, madre del escritor León David, al igual que Mercedes de Castro de Alburquerque y su esposo Rafael Alburquerque Zayas-Bazán, padres de don Rafael Alburquerque, muestran arrojo que coloca a no pocos a desear mirar para otro lado. El padre José Luis Sáez y María Ugarte, hijos del republicanismo español que decidieron dejar huellas francas y tenaces en la vida dominicana, explican esa interesante historia de los ibéricos en diáspora, algunos franquistas entre ellos o entre nosotros. Frank Moya Pons, tal vez el más joven del grupo, hombre de dos siglos intensamente fructíferos, enfatiza sobre una de las constantes del siglo XX que sigue vigente: la corrupción. Y, Juanico Cabrera, Juan Quezada, Bienvenido Gil y Pedro Leclerc –en la que me parece la más desgarradora historia de todo este espléndido banquete memorioso- cuentan sin ambages sus contribuciones a la matanza de los haitianos en 1937.

Hace veinte años que Ana Mitila Lora nos reportó estas historias desconocidas. Casi no las recordábamos. Ella las ha salvado del olvido. Y al entregárnoslas en libro hemos constatado que escribió hace dos décadas la mejor historia del siglo veinte, porque éstas –las suyas- nacieron y se desarrollaron en las memorias personales de quienes vivieron los sucesos de la época, algunos de forma activa, otros de manera indirecta. Todos, con la película de sus historias en blanco y negro, grabadas en sus conciencias. Cada testimonio acompañada de ventanas que ilustran el momento histórico referido. Recuadros que completan las memorias personales. No tengo la menor duda: este es el libro del año 2018. Leerlo es casi una obligación. No importa si tiene que comprarse un atril, por su tamaño y peso. Estas memorias son la joya histórica de la verdad, sin concesiones, sin medianías.

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