Temístocles Montás
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En los últimos años el mundo ha vivido un periodo caracterizado por muchos como el del apogeo de la globalización. Han sido años de considerable expansión de flujos de bienes, servicios y capitales. Ha sido el periodo del libre comercio, normados por el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) y, más tarde, por la Organización Mundial del Comercio (OMC).
Los acuerdos regionales que surgieron en estos años, tales como el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte y una serie de acuerdos bilaterales, simplificaron los flujos transfronterizos, mejorando la especialización de los países dentro de redes de producción. El resultado en términos comerciales ha sido impresionante. En 1990, los flujos de bienes y servicios representaban alrededor del 19.3% del PIB mundial; para 2018 esos flujos representaban el 30.1% del PIB.
Adicionalmente, en este periodo se producen notables cambios en el comercio internacional. Las empresas distribuyen sus operaciones en todo el mundo, desde el diseño del producto hasta la fabricación de las piezas, su ensamblaje y mercadeo, dando lugar a cadenas internacionales de producción que han alterado el funcionamiento de la producción y los modelos comerciales a nivel mundial. De esto surge el concepto de cadena global de valor, indicándose con esto que las diferentes etapas de la cadena productiva no se realizan en un solo territorio. El teléfono inteligente que utilizamos a diario muchas veces es producto de una cadena de valor global, diseñado por una empresa en un país, fabricado por otra empresa en otro lugar y distribuido por distribuidores en todas partes.
A partir de la crisis de 2008, las cosas comenzaron a cambiar. Desde el mundo desarrollado comenzó a creerse que los problemas sociales surgidos, evidenciado en el empobrecimiento de los sectores medios, se debían a la globalización. La llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos y la decisión de Inglaterra de salir de la Unión Europea se vinculan a un creciente rechazo al proceso de globalización en esos países. Desde Estados Unidos, más que libre comercio, Trump impone como política comercial el comercio administrado y, de la promoción de las cadenas globales de valor se pasa a promover la vuelta de las fábricas a sus países de origen.
Era en ese proceso que nos encontrábamos cuando aparece la pandemia del coronavirus, que ha puesto en evidencia los puntos débiles y fatales del sistema económico mundial, como lo cataloga John Gray, catedrático emérito de Pensamiento Europeo de la London School of the Economics. Según Gray la crisis por la que estamos pasando es un punto de inflexión en la historia. Todo parece indicar que nos moveremos hacia un mundo en el que el modelo productivo interconectado, basado en las cadenas globales de valor, se irá transformando hacia otro modelo menos interconectado. Ojalá que en este nuevo escenario al que nos encaminamos, construyamos sociedades más humanas y economías al servicio de las gentes.