Con el Domingo de Ramos entramos en la llamada Semana Santa, los últimos días de la temporada que el mundo cristiano conoce como la Cuaresma, cuarenta días marcados por la reflexión y la penitencia.
Independientemente de la óptica con que se vea, la Semana Santa es un paréntesis necesario a la cotidianidad, la prisa, las tensiones y la fragmentación social.
Acogiendo el periodo como de recogimiento espiritual, momento de descanso o vacaciones colectivas, lo cierto es que en la población persiste una latente preocupación, generada por la situación de guerra en el Medio Oriente, cuyos efectos se sienten en el alza de precio de los carburantes y de los productos de la canasta básica.
Las preocupaciones llevan a recordar tiempos superados justo después de una Semana Santa con la ocurrencia de sucesos lamentables, que la ciudadanía tiene presente, no obstante el paso de los años.
El asueto ofrece la oportunidad para detenernos a pensar en el tipo de país que queremos, sobre todo después del engaño colectivo con una promesa de cambio que ha devenido en retroceso.
El país hace una ligera pausa en las actividades productivas, en las academias y en el activismo político, adquiriendo combustibles que mueven los medios de transporte de alimentos y pasajeros mucho más caros.
Con el incremento del precio del barril de petróleo subirán también los precios de los fertilizantes para las siembras, estancadas por un afán importador del gobierno de turno.
Una situación verdaderamente difícil ante la cual los gobernantes nos dicen estar preparados para enfrentar las consecuencias económicas derivadas de la guerra en el Medio Oriente y, sin embargo, piden a los más vulnerables que se amarren los estómagos, sin previamente explicar en qué consistirá el sacrificio que harán ellos.
Como dijo el expresidente Danilo Medina, en situaciones de crisis “el más sacrificado tiene que ser el Gobierno”, no el pueblo a quien se le quiere cobrar los platos rotos.
República Dominicana está necesitada de solidaridad, compasión, respeto y justicia, para encarar las necesidades y problemas que la aquejan, los que se complican con gobernantes ineficaces e indolentes.
El mundo requiere paz, en tanto que nuestro país demanda de sus gobernantes austeridad, comedimiento y sensibilidad. Ojalá que estos días de asueto y reflexión los sensibilicen y motiven que por fin pueda verse el tan pregonado cambio que prometieron y nadie ha visto por parte.