Opinión

¿Nos comimos la manzana de la Cenicienta?

Por: Margarita Cedeño | Hay países que avanzan porque viven inconformes con el presente. Otros, en cambio, se acostumbran tanto a la apariencia del éxito que dejan de preguntarse si realmente están progresando. Esa es una pregunta que hoy debemos hacernos los dominicanos. ¿Nos comimos la manzana de la Cenicienta?

La expresión parece extraña, porque todos recordamos que fue Blancanieves quien mordió la manzana envenenada. Pero precisamente ahí radica la metáfora. Hemos construido un relato donde confundimos los cuentos, la ilusión sustituye la realidad y creemos que todo marcha bien, aunque los indicadores cotidianos nos digan otra cosa.

Durante años fuimos vistos como una de las economías de mayor crecimiento de América Latina. Ese reconocimiento generó optimismo y orgullo nacional. Sin embargo, el crecimiento económico solo tiene sentido cuando se traduce en bienestar para las familias, en mejores servicios públicos, en instituciones más eficientes y en oportunidades reales para todos.

Hoy la sensación predominante es distinta. En demasiados sectores se percibe una preocupante inmovilidad.

La educación continúa enfrentando enormes desafíos de calidad. La salud pública sigue sometida a largas esperas y limitaciones que afectan especialmente a los más vulnerables. La seguridad ciudadana continúa siendo una preocupación permanente para miles de familias. Los proyectos de infraestructura avanzan con lentitud. La burocracia desalienta la inversión y el emprendimiento. La vivienda digna sigue siendo una aspiración para muchos jóvenes. El costo de la vida continúa presionando el presupuesto familiar.

Mientras tanto, las soluciones parecen posponerse indefinidamente. No se trata únicamente de estadísticas. Basta conversar con comerciantes, empresarios, profesionales, agricultores, estudiantes o amas de casa para encontrar una misma sensación: las cosas avanzan más despacio de lo que el país necesita.

Y cuando una nación comienza a normalizar el estancamiento, aparece el riesgo más peligroso, que es conformarse. La historia demuestra que las sociedades no retroceden únicamente por grandes crisis. También pueden perder competitividad cuando dejan de innovar, cuando las decisiones importantes se postergan o cuando el debate público se concentra más en la confrontación política que en resolver los problemas reales de la gente.

República Dominicana posee enormes fortalezas, como la estabilidad democrática, el talento humano, ubicación estratégica, capacidad emprendedora y una sociedad resiliente que ha sabido levantarse frente a cada dificultad. Pero esas ventajas no garantizan el futuro por sí solas.

El mundo cambia a una velocidad sin precedentes. La inteligencia artificial transforma los empleos. La competencia internacional se intensifica. Nuevos mercados emergen mientras otros desaparecen. Las inversiones buscan países ágiles, transparentes y previsibles. Quedarse quietos, en un contexto así, equivale a retroceder.

Por eso resulta preocupante cuando el país transmite la impresión de que administra el presente, pero no construye el futuro.

Necesitamos recuperar la capacidad de ejecutar con eficacia, de planificar con visión de largo plazo y de priorizar aquello que verdaderamente impacta la vida de las personas. Hace falta una gestión pública que mida resultados más que anuncios, que privilegie las soluciones sobre las excusas y que convierta el crecimiento económico en desarrollo humano.

También necesitamos un clima nacional donde el diálogo sustituya la polarización, donde la confianza vuelva a ser un activo institucional y donde la política recupere su función esencial: servir al bien común. No podemos permitir que el conformismo nos adormezca.

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