A las autoridades del presente gobierno, empezando con el presidente de la república, hay que reconocerles el mérito de la coherencia cuando se trata de enfrentar las tragedias que en estos casi cuatro años han afectado al pueblo dominicano o a algún sector específico. Trátese de inundaciones, derrumbes, incendios, fuegos forestales, a todos las autoridades les dan larga y se van por la tangente con la designación de comisiones investigadoras para que la investigación duerma el descanso eterno.
Por eso no ha sorprendido a nadie el tratamiento que le han dado a la tragedia de la penitenciaria de la Victoria, pese a lo aterrador que ha sido el drama vivido por los familiares de quienes allí murieron calcinados o han sufrido heridas graves.
Los reportajes periodísticos y las imágenes difundidas por reclusos del mencionado penal han mostrado escenas de terror, como si se tratara de películas o series de televisión.
Lo que se describen son hechos reales, reos durmiendo a la intemperie, sin alimentos, con la incertidumbre que genera en ellos cualquier tipo de ruido que les lleva a pensar en un nuevo incendio.
El drama que se vive dentro del penal se repite fuera con los familiares de los que fueron trasladados y de los que murieron en la tragedia, con la incertidumbre de que no saben de sus parientes ni se les dice nada.
La tragedia e impotencia se acentúa al escuchar de quienes han estado en el sistema penitenciario decir que las acciones adoptadas en los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana se han tirado al olvido.
El programa de humanización de las cárceles ha colapsado. La labor solidaria y el trato decente no ha sido de interés para quienes engañaron al pueblo con promesas incumplidas.
En La Victoria predominan el hacinamiento, las mafias, los negocios sucios, el chantaje, las torturas y el régimen de sálvese quien pueda, mientras las autoridades se lavan las manos de manera irresponsable.
La indignación se ha apoderado de una población que vio en las ya famosas redes sociales cuerpos achicharrados por las llamas de un incendio que no se originó de manera accidental sino que fue provocado.
Como sucedió en la tragedia de San Cristóbal, el saldo final de los decesos no se sabrá, mientras los responsables de los hechos, las autoridades del sistema penitenciario y las nacionales, exhiben sus falsos logros y se venden con encuestas y mediciones manipuladas, tratando de mantener el engaño.
Los privados de libertad ante todo son seres humanos, con derechos que se les reconocen en un Estado social y democrático como el que consagra nuestra Constitución; se trata de personas que han recibido un castigo conforme lo disponen nuestras leyes y códigos, y son encerrados para su regeneración y su reincorporación luego a la sociedad, no para morir en la hoguera, como se condenaba a los herejes en tiempos de la Inquisición, felízmente superados por la humanidad.