Estados Unidos marcó y delimitó al mismo tiempo el fin de la era de Barack Obama, por una parte, y el inicio de la era de Donald Trump, por la otra.
Esa transición del poder se da ciertamente en un contexto democrático y pacífico, pero la personalidad de Donald Trump, un político no convencional y muy atípico, le ha impreso su impronta haciendo de éste un hecho muy singular, diferente y pintoresco.
En un hecho sin precedentes, y teñido y atiborrado de densos nubarrones surrealistas, el presidente electo Trump hizo de presidente en ejercicio muchos días antes de la toma de posesión al tomar decisiones y acciones publicas presionando a las multinacionales automovilísticas más importantes de Estados Unidos (Generald Ford, General Motors y Toyota) e iniciando el desmonte del programa Obamacare en el Congreso.
Así, el período de transición fue tenso, problemático y conflictivo.
¿Qué hizo Obama en ocho años -2008-2016- y qué ha prometido que hará Trump de 2016 a 2020?
Recordamos que Barack Obama comenzó su mandato en enero de 2009 en un contexto muy problemático, explosivo y prácticamente incendiario: la gran recesión económica y financiera de 2008. Esta crisis contagió y contaminó al mundo convirtiéndose en una crisis económica y financiera mundial de grandes dimensiones y magnitudes.
Esta gran crisis recesiva, que comenzó en el sector inmobiliario en Estados Unidos simbolizado por las hipotecas basura, y que se extendió y se multiplicó rápidamente debido que George W. Bush se había encargado de desmantelar y desmontar del 2000 al 2008 el aparato de regulación y supervisión de los mercados financieros, fue como una bomba que estalló en plena campaña electoral en el período junio-septiembre de 2008. Prácticamente le estalló en las manos a Barack Obama siendo aún candidato a la presidencia.
Para salvar al sector financiero, sector clave en la gestación de la crisis, y a otros sectores como el automovilístico, Barack Obama siguió aplicando salvamentos o salvatajes en el marco del mecanismo de adelantos y redescuentos con los que el Estado convertía en deudas públicas las colosales deudas y pérdidas privadas generadas por el sector privado sobre todo en el área financiera de la economía.
Pero el Estado federal estadounidense no se limitó solo a usar este instrumento de la política monetaria y a mantener bajas las tasas de interés sino que aplicó una amplia política fiscal de estímulos al crecimiento económico.
A diferencia de Europa, que aplicó políticas monetarias y fiscales sugeridas por la troika que mataron el crecimiento en el tratamiento de la crisis de la deuda soberana y que sigue envuelta aún en las secuelas de esa crisis, Estados Unidos prefirió el crecimiento económico a la estabilidad, aunque mantuvo la estabilidad macroeconómica, y al cabo de tres años y pico ya la economía estadounidense daba señales de recuperación y de frágil restablecimiento del crecimiento.
Haber restablecido el crecimiento económico, crear millones de empleos y situar la economía en la tasa natural de desempleo que se mueve entre un 4 y un 5%, después de haber tenido un índice de paro por encima del 10% en medio de la gran recesión del 2008, es el principal logro de la gestión de gobierno de Obama. Claro, se cuestiona de todo esto que la mayoría de los empleos creados no son empleos de calidad.
El Obamacare tiene sus luces y sus sombras. No obstante el crecimiento de la pobreza y de los pobres en Estados Unidos como consecuencia de la gran recesión de 2008, Estados Unidos sigue siendo una sociedad ultradesarrollada en la que son predominantes en la población los ricos y la gente de clase media. El Obamacare penaliza a la clase media y beneficia a los pobres, que son y siguen siendo un sector minoritario de la población a pesar de la hecatombe o derrumbe de 2008. Es más la clase media subsidia el Obamacare, dado el hecho de que la clase media no tiene acceso al seguro creado por Obama y sí tiene que pagar seguros de salud y deducibles muy altos.
En nombre de la equidad social, el Obamacare debió beneficiar a los pobres y a la clase media y hacer que la clase de los poderosos y de los ricos cargara con los subsidios a este programa de salud.
En materia migratoria la gestión de Obama fue un verdadero fracaso: no asumió ésta que era su verdadera agenda o causa, y sí asumió, con desvelo y mucha devoción y fruición una agenda o causa ajena, la agenda o causa LGTB o LGBT (agenda o causa de los gays).
En materia de política exterior, la gestión de gobierno de Obama fue de corto alcance, por no decir desteñida o fallida: No resolvió la crisis en Siria ni el eterno conflicto israelo-palestino, fue decisivo para destrozar a Libia y dividirla en dos estados y dos gobiernos, no pudo aislar a Rusia ni reducir su influencia en conflictos regionales no obstante las sanciones impuestas, no pudo frenar la onda expansiva de ISIS y del terrorismo en el Medio Oriente y en el mundo, no pudo evitar -aún con el acuerdo nuclear con Irán- la proliferación nuclear y los ensayos nucleares, no pudo mantener unificada a la Unión Europea y socavó las bases de muchos gobiernos democráticos en América Latina comenzando por el de Manuel Zelaya en Honduras.
Creo que Barack Obama pasará a la historia por haber hecho dos cosas fundamentales: 1) por haber recuperado la economía y el crecimiento económico después de la hecatombe de 2008, y 2) por haber restablecido las relaciones diplomáticas con Cuba contrariando y desafiando al enfoque predominante en Estados Unidos y con ello al establisment.
La era Trump arranca el 20 de enero con un discurso bien breve de toma de posesión, de pura e innegable raigambre conservadora, en el que reafirmó la idea central de rescatar la grandeza de Estados Unidos apelando al estribillo de “América primero”, protegiendo las fronteras, internalizando la expansión de la industria para crear empleos y mercados en una especie de coto cerrado en base a la aplicación de una política comercial proteccionista y la utopía política de devolver el poder al pueblo.
Una política comercial proteccionista en los términos concebidos por Donald Trump violaría normas de la OMC y cláusulas de los tratados de libre comercio vigentes, y contradiría la lógica de la globalización y el libre comercio.
¿Puede una nación por poderosa que sea rescatar su grandeza sustrayéndose al orden internacional y mundial en esta etapa del multilateralismo, el libre comercio y la globalización? No
Y definitivamente no es posible reconstruir el orden interno ni el orden externo de una nación sin entrar en relación con los demás, máxime cuando algunos de los demás corren parejo con el país en cuestión.
Para hacer realidad sus planes de gobierno, Donald Trump tendrá que tener aliados internos y aliados internacionales, y esos aliados internos e internacionales no se atraen ni se conquistan en base posiciones basadas en la jactancia, la prepotencia, la fuerza y el unilateralismo.
Esas relaciones internas, sobre todo con los aliados internacionales, históricamente han estado fundamentadas en el principio del quid pro quo, habida cuenta de que Estados Unidos no existe solo en el mundo.
¿Tiene Trump la formación, la capacidad, la visión, la voluntad y el concierto de fuerzas para construir un orden interno y externo mejor para Estados Unidos que el que construyeron sus antecesores desde la Segunda Guerra Mundial? ¿Están bien enfocados y orientados sus planes, políticas y estrategias para reconstruir el orden interno y externo? ¿Tiene Trump el gabinete idóneo para rescatar la grandeza de Estados Unidos reconstruyendo su orden interno y externo? Las respuestas a esos interrogantes son un son rotundo no.
El FMI, un organismo financiero internacional desacreditado y fracasado por un tener un esquema fijo e invariable de intervención pública para corregir grandes desequilibrios y que aplica por igual a economías desarrolladas y subdesarrolladas, acaba de hacer un pronóstico con poco asidero real: el programa económico de Trump ampliaría la expansión de la economía estadounidense. Es contradictorio, además, que el FMI aplauda el programa de rebaja de impuestos en Estados Unidos, cuando lo que acostumbra a hacer en economías (desarrolladas y subdesarrolladas) con macro-desequilibrios es recomendar un sobreajuste impositivo (sobredimensionado aumento de impuestos) y un recorte dramático del gasto público.
¿Y cómo es posible que el FMI felicite esa colosal rebaja de impuestos que Trump piensa aplicar en Estados Unidos, cuando el FMI sabe muy bien que esa gigantesca rebaja de impuestos matará la progresividad del sistema tributario, penalizando y perjudicando dramáticamente a la clase media y a los pobres en esa nación? ¿Y cómo es posible, además, que el FMI felicite ardiente y fervorosamente el aumento de la desigualdad y de la pobreza en esa nación, habida cuenta de que esa grandiosa rebaja de impuestos está focalizada y destinada a favorecer y a engrandecer el gran capital?
El FMI no deja de confabularse y congraciarse con el gran capital, al que ha servido siempre.
Otro asunto escalofriante es que Trump tiene en agenda reducir y destrozar otra vez el aparato de regulación de los mercados financieros, en una especie de “retorno de lo idéntico” al volver sobre los pasos siniestros de George W. Bush del 2000 al 2008. Si Trump hace eso a Dios que nos coja confesados.
Por otra parte, la promesa de Trump en el discurso de toma de posesión en el sentido de que devolverá el poder al pueblo, a los ciudadanos, no pasa de ser una verdadera quimera, fantasía, utopía o ilusión y, por ende, una demagogia: la democracia nunca ha sido el gobierno del pueblo y para el pueblo como dijo Abraham Lincoln (únicamente los gobiernos son electos por el pueblo); por el contrario, siempre ha sido y seguirá siendo el poder en secreto de los representantes (gobernantes o mandatarios) del pueblo. Un hombre, el hombre individual, no está en capacidad de revertir el significado, contenido y alcance histórico de la democracia indirecta en la sociedad capitalista, mucho menos si se trata de un imperio o de una superpotencia como Estados Unidos.
Las manifestaciones multitudinarias de mujeres y de hombres en contra de Trump el sábado 21 de enero dan cuenta de que el gobernante no podrá gobernar sin tomar en cuenta la diversidad y los derechos de las minorías en Estados Unidos, porque de lo contrario, los conflictos con gran parte de la sociedad serán permanentes a todo lo largo y lo ancho de su gobierno.
La era de Trump inicia su despegue en un contexto surrealista, dibujado y desdibujado por el mismo, que contrasta con la realidad dura y verdadera de estos tiempos de post guerra fría.