Opinión

De adalides contra el terrorismo a productores de terroristas

“No se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto”. Aristóteles.

Desde 2001, cuando se produjo el derribo monstruoso de las Torres Gemelas, la lucha antiterrorista se asociaba indisolublemente con los Estados Unidos de Norteamérica. Su imagen de campeón mundial en este noble esfuerzo parece haberse fortalecido de momento en Afganistán en la cruenta guerra contra bin Laden y los fundamentalistas islámicos talibanes; en Irak, donde terminaron ahorcando a Sadam Husein; en Libia, en la que azuzaron el desastre de la guerra civil apoyando con todo tipo de pertrechos militares y destructivos bombardeos a los opositores de Gadafi; en Siria en la que han hostilizado, desde mediados de 2011, al ejército nacional y a los terroristas indistintamente.

En este último país desafían la autoridad de un gobierno legítimo, elegido tres veces consecutivas por el Consejo Popular Sirio, a la vez que se muestran ominosamente complacientes ante el avance de los islamistas radicales. Estos controlaban en julio de 2014 un tercio del territorio sirio y hoy dominan más de la mitad, sembrando el terror y la muerte, destruyendo invaluables monumentos históricos y robando valiosísimas obras de arte.

¿Productor de terroristas?

Con estas intervenciones los Estados Unidos no solo han desestabilizado y devastado a cuatro importantes naciones del mundo, de tradiciones históricas milenarias, sino que junto a sus aliados se han convertido en el principal productor de terroristas en el planeta. Sin dudas, esta realidad es una de las mayores decepciones del mundo de los últimos tiempos: sus héroes antiterroristas han terminado produciendo terroristas a granel en Afganistán, Irak, Siria, Libia, África y Asia.

Tal planteamiento, como pudiera parecer, no guarda ningún tipo de resentimiento o animadversión contra este gran país. Son los hechos los que muestran que en todos los países donde han intervenido abiertamente, a partir de los trágicos acontecimientos acaecidos en su propio territorio en septiembre de 2001, el terrorismo ha florecido como un vasto campo de girasoles en tierra fértil.

Afganistán: Osama bin Laden y los Talibanes

Si bien lograron exterminar al fundador moderno de los movimientos terroristas, Osama bin Laden, les fue imposible neutralizar a su temible criatura, el movimiento Al Qaeda, y mucho menos al movimiento talibán, que es una facción político-militar fundamentalista islámica compuesta por miembros pertenecientes a minorías étnicas de las tribus pastunes apoyadas por voluntarios uzbekos, tayikos, punjabi, árabes, chechenos y otros.

Hoy, los Estados Unidos permiten al gobierno actual de Afganistán sentarse en la mesa de negociaciones con los talibanes; al mismo tiempo, declaran la incompetencia militar de sus interlocutores afganos al declarar en Bruselas que la Alianza permanecerá hasta el 2016 en ese territorio y que decidirá más tarde (positivamente) sobre el apoyo financiero a sus tropas. Al mundo le ha parecido extraño que la OTAN aliente las negociaciones con los talibanes, los mismos que la coalición vendió hace algún tiempo como uno de los peores grupos terroristas del mundo, capaces de practicar canibalismo con los héroes occidentales. Tanto así que el término “talibán” se emplea en nuestro país y en muchos otros como sinónimo de maldad, crueldad y temeridad endemoniada.

Al parecer, en Afganistán los norteamericanos tuvieron tiempo para aprender y aplicar los métodos propios de sus enemigos. Según la CIA, los norteamericanos “se vieron obligados” a organizar, entrenar y dirigir en Afganistán una subdivisión letal altamente efectiva con el objetivo de hacer de contrapeso a la organización extremista de los talibanes y a la red terrorista de Haqqani, la cual opera en los territorios fronterizos con Pakistán. Se trataba de hecho, según The Washington Post, de una aterradora unidad -en esencia terrorista- comandada por oficiales norteamericanos, la cual torturaba y asesinaba tanto a civiles como a talibanes, ejecutando, además, violentos arrestos y detenciones selectivas arbitrarias.

Esta unidad, que no obedecía a las autoridades locales y se reportaba directamente a sus superiores occidentales, es parte de una macabra realidad que ese importante medio norteamericano llama “la guerra en las sombras” en el sur de Afganistán, de la cual el resto del mundo no sabe absolutamente nada.

El terrorismo vive en Afganistán tanto como antes de 2001 y parece que las decenas de miles de muertos, entre ellos una enorme cantidad de civiles inocentes, fueron sacrificados para nada. Lo cierto es que este país, situado en el mismo corazón de Asia, resultó ser una experiencia muy cara, un enorme barril sin fondo que terminó engullendo 500 mil millones de dólares, aproximadamente. Una colosal inversión para destruir riquezas y matar personas con el único dividendo visible de una muy frágil estabilidad política a la que igual siguen apuntando las armas de los talibanes y otros grupos extremistas.

Irak: Sadam Husein

En este país derrocaron al régimen de Sadam Husein, organizaron un ejército según sus técnicas y habilidades militares, instalaron un gobierno a su medida y terminaron desatando un verdadero infierno de terror y sangre. En 2003 proclamaron al mundo que la victoria sobre un régimen que no tenía armas químicas y mucho menos armas nucleares, quedaba asegurada. Fue entonces cuando el presidente George Bush aterrizó en el portaaviones Abraham Lincoln disfrazado de piloto, en el mejor estilo de una de esas películas mediocres de Rambo, para imprimir un mayor esplendor a la proclama.

La alegría duró poco. Se puso en evidencia que los Estados Unidos y sus aliados aprobaron una intervención militar de gran escala en una zona geopolítica muy compleja e importante, sin evaluar las consecuencias políticas, humanas, económicas, sociales y de seguridad en el marco de una visión general de estabilidad internacional, a corto, mediano y largo plazo. Tampoco tuvieron en cuenta que cualquier “campaña antiterrorista” en esa región estaría condenada al fracaso si al mismo tiempo no se procuraba el fortalecimiento de las estructuras de los Estados musulmanes no extremistas, evitando toda acción que pudiera conducir a su debilitamiento. Ellos hicieron todo lo contrario.

Derrotaron y ejecutaron a un dictador que, justo es reconocerlo, con la fuerza y la intimidación mantenía la estabilidad política en su país. Sobre la soga de su patíbulo y la sangre de cientos de miles de iraquíes inocentes, se consolidó un verdadero avispero de espanto que supera con creces toda la maldad que quisiéramos atribuirle a Sadam Husein y a su antiguo régimen. Y lo peor: Irak terminó convirtiéndose en la patria natal del autoproclamado Estado Islámico (EI), que en su primera etapa era nada menos que la rama iraquí de Al-Qaeda liderada por Abu Bakr al-Baghdadi. En una palabra, el muerto de Osama ahora resucitaba de las ruinas humeantes de Irak bajo el nombre de otro siniestro personaje: al-Baghdadi.
Este bin Laden resucitado anuncia en 2013 que el EI y el Frente Al-Nusra, grupos terroristas altamente peligrosos presentes en Siria, se fusionaban para convertirse en el Estado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL). Sin embargo, a partir de enero de 2014 y para ventura del mundo, estos dos grupos de guerreros medievales se separan y se enfrentan abiertamente en el territorio sirio controlado por ellos. Así, los norteamericanos fraguaron de hecho no solo el caos más mortífero en un Estado que antes de la intervención lucía ordenado y relativamente fuerte, sino que engendraron dos nuevos grupos terroristas que ya superan a todos sus predecesores en odio visceral a la humanidad.

Un hecho trascendental en la nueva escalada terrorista es la internacionalización de los combatientes activos, tanto en Siria como en Irak. En Siria, la mayoría son sirios con comandantes extranjeros que han luchado en Iraq, Chechenia o Afganistán. En Irak la mayoría de sus combatientes son ex oficiales iraquíes de la escuela de Sadam que se quedaron sin empleo, acompañados de líderes militares iraquíes o libios, y cabecillas religiosos saudíes.

Por otro lado, lo más asombroso es que las filas del EI están siendo conformadas por cientos de mercenarios franceses, belgas, norteafricanos, chechenos, ucranianos y, en menor medida, nacionales rusos. Que un ciudadano nigeriano o uno checheno forme parte de un grupo terrorista resulta mucho más aceptable que cuando lo hace un francés, un inglés, un belga o un austríaco. De acuerdo con fuentes norteamericanas, el EI cuenta con 30 mil combatientes oriundos de 90 países, incluidos un 10% de europeos.

En una palabra: los Estados Unidos y sus aliados han propiciado la creación y fortalecimiento en Siria e Irak de un movimiento terrorista desalmado multinacional, característica que potencia su peligrosidad y sienta un antecedente inédito en la historia reciente del terrorismo mundial.

Estos son algunos de los resultados de la llamada operación aérea de nombre “Firmeza inquebrantable”, liderada por los Estados Unidos y sus incondicionales e iniciada formalmente el 8 de agosto de 2014 en Irak y el 23 septiembre de ese mismo año en Siria.

Libia: Muamar el Gadafi

La mecha se encendió primero en Túnez y Egipto, con la caída repentina de sus mandatarios. Luego, en el medio de ambas naciones, se propagó el fuego de la guerra civil en Libia, nación gobernada durante casi 42 años por el famoso coronel Muamar el Gadafi. Este líder carismático y extravagante, siempre blandiendo la espada contra Occidente sobre el firme terreno de los ricos yacimientos petroleros de su país, concitó una operación militar internacional de gran escala que terminó con su asesinato público, sin que mediara juicio alguno, ante la mirada impávida del mundo.

La OTAN ayudó a los rebeldes a llegar a Trípoli y en el camino dejó una larga estela de muertos, mutilados, refugiados y la destrucción total del país. La realidad es que los “nuevos parlamentarios” instalados por Occidente no han podido hacer nada para poner el orden en la casa y permanecen atrapados en un hotel a unos 1000 kilómetros de la capital, en Tobruk, rodeados por todas partes de fundamentalistas islámicos fuertemente armados, de la misma estirpe primitiva que los que integran el EI. Mueve a risa que los voceros de la “nueva democracia libia” permanezcan hoy en un ferry alquilado de bandera griega anclado en la bahía de la ciudad, por ahora único alojamiento posible para unos funcionarios y activistas muy atemorizados por las amenazas del EI y otros grupos en Trípoli.

En realidad, la OTAN organizó aquí a un gobierno sin ningún poder real sobre las tres principales ciudades del país y, lo que es peor, sin ejército alguno organizado. La sangrienta experiencia terminó en una nueva fábrica de terroristas jihadistas y de al Qaeda, ahora alojados en Bengasi, la segunda ciudad de Libia y baluarte de la llamada revolución de 2011. Fusilamientos sumarios y crueles escarmientos públicos, torturas medievales y persecución y muerte de funcionarios, activistas y ciudadanos comunes, definen la tenebrosa cotidianidad de la “cuna de la revolución”.

La muy mala noticia es que los terroristas del EI y de otros grupos equivalentes también se han afianzado en Sirte, una ciudad estratégica que se encuentra en el noroeste de la costa mediterránea de Libia, ante la complacencia de Occidente.

Ya desde principios de 2015 los terroristas dominan esta zona, rica en petróleo. De acuerdo The New York Times, hoy Sirte es “…una colonia de gestión activa del EI y repleta de combatientes extranjeros de toda la región». Para los terroristas esta ciudad es la otra fuente inagotable de recursos que requieren sus malvadas compañas: entre la urbe y la frontera con Egipto se concentra el 66 % de los yacimientos del petróleo libio. Con Sirte bajo el control de los mandos centrales del EI, el Norte de África, que por cierto sigue agradeciendo mucho a Gadafi, está, pues, seriamente amenazado,

Para cerrar el telón de la desgracia del pueblo libio, si es que puede cerrarse, hay que decir que en Derna, la ciudad costera más cercana a Tobruk, se ha autoproclamado ya un califato islámico y los “funcionarios del gobierno”, los parlamentarios árabes de Washington, no pueden asomar sus cabezas por sus protegidos alrededores.

Ante la mirada perdida de la OTAN, ahora preocupada por el impresionante poder militar exhibido por Rusia en Siria, los terroristas pueden terminar controlando a toda Libia. Como se sabe, desde sus costas puede verse en un día soleado a Creta por lo que la mayor parte de Europa estaría al alcance de misiles terroristas de mediano alcance: uno de los sueños diabólicos de estos radicales endemoniados.

En septiembre de 2011, el primer ministro de Reino Unido, David Cameron, aclamado por una multitud enardecida en Bengasi, acompañado por el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, dijo emocionado: “Pelearon como leones. Celebramos su coraje”. Ahora no sabemos, sobre todo después del bárbaro ataque en Paris y posteriormente en San Bernardino, California, cuál debería ser la causa del júbilo de los líderes occidentales: las criaturas diabólicas que han creado o los negocios que la destrucción de estas naciones ha generado.

Por ahora le oímos decir que ven a Sirte “con creciente preocupación” en la medida en que puede convertirse-y de hecho se está convirtiendo- en refugio alternativo de los jihadistas que huyen de los certeros bombardeos rusos a sus posiciones en Siria. ¿Por qué no admiten que el monstruo se le salió de la botella por una política miope propia de unos vaqueros muy ricos sedientos de oro?

En resumen, el derrocamiento de Gadafi no trajo ni paz ni “democracia” a Libia. Otra vez se confirma la rara virtud de los bombardeos OTAN en países en crisis: divisiones tribales, cruentos enfrentamientos que dejan miles de víctimas inocentes, destrucción de costosas infraestructuras y afianzamiento del poder de grupos terroristas nuevos y viejos.

Hoy Libia es una tragedia más de las cuatro que fueron confeccionadas cuidadosamente por el Pentágono y sus aliados incondicionales europeos y árabes; una tragedia que se traduce en: decenas de miles de hambrientas familias que tratan de saltar con temeridad las murallas fronterizas de Europa; unos parlamentarios libios impuestos que cuentan solo con el débil apoyo de los milicianos de Misrata, la tercera ciudad y el mayor puerto de Libia, y que están obligados a pernoctar en un ferry griego alquilado; y en la proliferación de grupos terroristas que establecen sistemas de gestión local basadas en el terror, la apropiación de territorios ajenos, la expoliación de sus riquezas y la imposición a la fuerza de sus deformadas, desafortunadas y literales interpretaciones del Corán, el libro sagrado de los verdaderos musulmanes.

Siria: Bashar al-Asad

El odio visceral de occidente a Bashar al-Asad, confirmado tres veces como presidente de su país por el Consejo Popular de Siria, comienza con el pretexto de la represión desatada por este gobernante contra millares de manifestantes en Damasco, en medio de los ánimos enardecidos de la mal llamada «Primavera Árabe» (realmente se ha traducido en un “Otoño Árabe” devastador).

Represiones militares de este tipo, inclusive más cruentas, las encontramos por montones en América Latina, sin hablar de las barbaridades de las guerras étnicas y religiosas en el África subsahariana, las cuales están siendo ahora aprovechadas por los terroristas para sus propios fines.

En estas ocasiones, los Estados Unidos no han solicitado formalmente la dimisión de gobernantes ni han hecho absolutamente nada por el apresamiento o liquidación de los grupos terroristas en el norte de África, como son Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), Mujao (grupo escindido de AQMI), Ançar Dine (que pretende aplicar la sharia en las ciudades conquistadas) y la considerada más letal y sangrienta organización terrorista nigeriana Boko Haram, sin dejar de mencionar la creciente presencia de jihadistas afganos y pakistaníes.

El Boko Haram es un grupo jihadista más, que se formó en 2002, considerado el más cruel y mortífero actualmente. Ante la pasividad de Occidente, este grupo ocupa 11 provincias de Nigeria y es responsable del secuestro de más de doscientas niñas en Chibok en 2014, de la masacre en Baga y de otros muchos cruentos atentados.

Está bien llorar las víctimas francesas y norteamericanas. Los humanos razonables nos llenamos de vergüenza cuando estos acontecimientos ocurren en cualquier parte del mundo. Pero la pregunta recurrente es: ¿Por qué Bashar al-Asad es un blanco más importante para los Estados Unidos y sus aliados que Boko Haram que secuestra de sus escuelas y viola salvajemente a cientos de niñas y masacra salvajemente a sus opositores? No, Bashar al-Asad es peor que todos esos grupos terroristas juntos y por eso apoyan directamente, no solo a la “oposición moderada” siria, sino también, indirectamente, a los mercenarios y grupos jihadistas.

Les incomoda que Putin hable con la objetividad y el realismo descarnado que el mundo reclama. No estuvo nada bien que dijera, en la más reciente reunión oficial del G20, que la financiación de Estado Islámico proviene de 40 países, entre los que se contaban… ¡varios de los propios comensales presentes en el magno encuentro en Turquía en noviembre del presente año!

Lo cierto es que como nadie puede hacer una guerra sin cientos de millones de dólares, la comunidad internacional consciente comenzó a preguntarse de dónde salía el dinero para financiar la contrata de miles de mercenarios, mantenerlos en actividad y alimentarlos, equiparlos con armas modernas de todo tipo de fabricación occidental, levantar y administrar infraestructuras petroleras y disponer de medios de transporte todo terreno de las marcas más conocidas en el mundo.

¿De dónde salen los 1.864 millones de euros anuales de ingresos del EI? Rusia lo demostró de manera irrebatible: del tráfico ilegal de petróleo, del robo de bancos, de inhumanos secuestros, de la venta de invalorables obras de arte y de voluminosas donaciones financieras particulares de los socios de los Estados Unidos en Medio Oriente, como son: Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Kuwait y Qatar.

Tales donaciones al terror representan, según estimados de expertos, un tercio del total de los recursos económicos disponibles del EI. Por otro lado, las autoridades del Kurdistán iraquí elevan la cantidad robada en 2014 en los bancos de Mosul por los jihadistas hasta los 1.000 millones de dólares, más o menos unos 755 millones de euros en ese momento. Además, al dominar un territorio que alberga unos cinco millones de personas, imponen impuestos en los territorios ocupados y cobran tarifas al comercio y al libre tránsito de personas.

Pero volvamos al petróleo. ¿A quién le venden los jihadistas el oro negro robado? Con imágenes satelitales irrebatibles, simplemente porque son fotos reales, Rusia demostró que el petróleo se exporta a Turquía a un precio de venta que no alcanza ni la mitad del que prevalece actualmente en los mercados internacionales. Rusia rompió el silencio y comenzó a cortar el cordón umbilical de los jihadistas.

Es una ecuación difícil de asimilar pero fácil de entender. Turquía, miembro mimado de la OTAN, compra petróleo a los jihadistas; Turquía derriba un caza táctico ruso que combate jihadistas en territorio sirio simplemente porque el contrabando de petróleo que le beneficia se ve seriamente afectado por los bombardeos rusos. Pero sigue siendo aliado de los Estados Unidos y el miembro más activo de la OTAN en la región. Entonces la doctrina Bush de que “si eres amigo de terroristas o albergas terroristas, no merece mi apoyo ni mi amistad”, cayó en desgracia incomprensible.

Más que a Bashar al-Asad, a los Estados Unidos y sus aliados irritaban los proyectos en carpeta del gobernante sirio con Rusia. En efecto, Siria, que hace apenas dos o tres años era una economía pujante y una nación autosuficiente e independiente, quería convertirse, apoyada por Rusia, en un nuevo y poderoso centro de energía en Oriente Medio.

Dos nuevas plantas de procesamiento de gas en la zona de Palmira (más de 2.000 millones de metros cúbicos de gas purificado al año), y otra en el área de Raqqa con una capacidad anual de más de 1000 millones de metros cúbicos y más de 40 000 toneladas de gas natural licuado. Pero, ¡qué barbaridad! Ambas ciudades están en manos de los terroristas, la última proclamada ni más ni menos como capital del califato en ciernes.

Además, cabe mencionar el acuerdo por de 10 mil millones de dólares firmado por Irak, Irán y Siria en 2011 para la construcción de un gasoducto con capacidad de 110 millones de metros cúbicos de gas al día, proyecto previsto para iniciar en 2016. Tampoco era de la aprobación de los norteamericanos el concepto de “Estrategia de los cuatro mares” formulado por al-Asad. De acuerdo con esta estrategia del hombre formado en Londres, Siria ocuparía un lugar central y sería el único gran país árabe, con acceso al mar Mediterráneo (a Europa y el Atlántico).

Este proyecto suponía, por lo demás, la unión de Siria, Irán, Turquía y Azerbaiyán en el sistema de transporte de gas y petróleo con el único acceso al mar Mediterráneo. Como sucedió con los dos primeros proyectos, las ciudades de Homs, Damasco y Alepo, por las que deberían haber pasado los nuevos ductos, hoy están bajo el dominio ignominioso o asedio constante de los terroristas. Otro detonante de la irritación occidental fue el acuerdo de 2013 entre Moscú y Damasco para desarrollar nuevos yacimientos de petróleo, nueva vez sin la participación de las multinacionales occidentales.

Hoy Siria, otrora un factor de estabilidad en la región, muestra una industria destruida en un 80%, mientras la producción de petróleo se redujo en un 45%. Miles de refugiados deambulan por las fronteras europeas. Decenas de miles de mujeres y niños destrozados por las bombas y morteros de los terroristas y de la aviación occidental. En definitiva, la intervención de la coalición “antiterrorista” para aniquilar terroristas ha terminado con el mismo resultado de todas las demás campañas: creando más terroristas y fortaleciendo sus posiciones, devastando un país entero, dividiéndolo, exacerbando las rivalidades tribales, pulverizando importantes y cuantiosas infraestructuras críticas, privando de sus sueños y aspiraciones a miles de ciudadanos sirios.

En las últimas semanas, ante los pruebas aportadas por Rusia sobre el contubernio Turco-EI, se han visto forzados a bombardear algunas plataformas petroleras en suelo sirio (Al Omar, en el este de Siria, por ejemplo). Al mismo tiempo, Turquía, el comprador de petróleo a los jihadistas, despliega sus tropas en las cercanías de Mosul, una ciudad iraquí con más de un millón de habitantes que permanece bajo el control del Estado Islámico desde julio de 2014.

¿Será para asegurar militarmente el suministro del petróleo robado por los terroristas o para desalojar de Mosul a las hordas terroristas? ¿Por qué Mosul? Esta invasión no parece irritar a los Estados Unidos ni a sus aliados y, en definitiva, han dado luz verde a Turquía en la defensa militar de sus ya evidentes negocios pro-terroristas.

En todo caso, si es verdad que Occidente quiere aniquilar al EI y a otros grupos similares, deberían, como declaraba en esta semana el portavoz de Vladimir Putin, Dmitri Peskov, actuar en coordinación con Rusia, en perfecta sintonía en una sola coalición, porque es la única manera de incrementar la eficacia de la lucha antiterrorista de manera significativa. Pero… “A palabras necias, oídos sordos”, dice el refranero popular. Evidentemente, los norteamericanos y sus aliados han demostrado la falsedad del aforismo citado arriba de uno de los más grandes pensadores de la humanidad de todos los tiempos, Aristóteles: ser y no ser al mismo tiempo una misma cosa bajo el mismo aspecto.

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