Opinión

De Belén a Belém

Por: Sergio Sarita Valdez | Nuestra memoria cristiana de niño recoge con alegría cada fin de año, un periodo que simboliza la fecha de nacimiento del ansiado Mesías, Jesús de Nazaret, quien, de acuerdo con la tradición occidental, vino al mundo un 25 de diciembre, nacido en un pesebre en el pueblo de Belén, ubicado a 10 kilómetros al sur de Jerusalén, en el Medio Oriente.

Recuerdo con agrado el pegajoso estribillo musical navideño que dice: “Alabemos todos/ al niño Jesús/ que nació en Belén/ y murió en la cruz”. El presente artículo está orientado desde otra ciudad, Belém, capital del estado de Pará, localizada en el norte de Brasil. Dicho territorio es donde desemboca el río más caudaloso del mundo, el Amazonas.

Este sitio fue escogido como punto de reunión para el seguimiento de los Acuerdos de París del año 2015 sobre el cambio climático. Allí se logró un consenso multilateral entre los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas para reducir de modo gradual la emisión de gases por combustión de recursos fósiles, con el objetivo de que la temperatura global no se eleve más de 1.5 grados Celsius y de eliminar por completo la emisión de dióxido de carbono para el año 2050.

La ausencia de la representación de los Estados Unidos de Norteamérica en el cónclave debilita grandemente la efectividad de las medidas consensuadas por el resto de las naciones, debido a que es la potencia industrial y tecnológica de mayor peso en la política mundial. Son muchos los intereses económicos y políticos que se ponen en juego cada vez que se plantea controlar una determinada tendencia, ya que las partes afectadas reaccionan negativamente, dificultando el apoyo mayoritario a cualquier decisión de un órgano multilateral como el de las Naciones Unidas. La Convención Mundial de 1992, el Protocolo de Kioto de 1997, los Acuerdos de París de 2015 y los de Belém de 2025 seguirán siendo letra muerta mientras la magia del consenso universal no logre que todas las potencias estén dispuestas a apoyar las restricciones que la crítica situación ecológica demanda.

El globo terráqueo evidencia signos de agotamiento de sus reservas naturales: los glaciares se derriten, las estaciones se modifican, los fenómenos atmosféricos generan daños impredecibles, las tierras fértiles se reducen, las fuentes acuíferas disminuyen su caudal y la contaminación ambiental es un peligro creciente que amenaza la salud animal y vegetal. El futuro de millones de especies animales y vegetales está en riesgo.

La conciencia mundial es heterogénea; mucha gente no comprende que, sin un aire sano y una tierra fértil y húmeda libre de materiales sin reciclar, a largo plazo se está cometiendo un suicidio colectivo. La ciencia tiene una responsabilidad extraordinaria en la presente coyuntura; desde todos los ángulos deben actuar hombres y mujeres comprometidos con el porvenir de la humanidad. No se puede abandonar la tarea de educar a la gente en el tema ecológico. Es un asunto de vida o muerte.

Convertir a Belém en un nuevo Belén mediante el principio de “Amaos los unos a los otros” sería el mejor regalo para que las próximas generaciones no vean extinguirse por completo él todavía caudaloso Amazonas

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