El profuso uso de mascarillas en lugares cerrados y abiertos fue la respuesta que la ciudadanía ofreció al Presidente de la República, quien en una promovida intervención anunció la suspensión de todas las medidas restrictivas impuestas por el COVID-19.
Las medidas, como el uso de la mascarilla, la presentación de la tarjeta de vacunación para acceder a todos los lugares, distanciamiento físico y algunas restricciones en espacios públicos, quedaron sorpresivamente eliminadas por el ejecutivo en abierta contradicción con el Ministerio de Salud Pública, que en la mañana del día de la alocución reiteró la necesidad de mantener dichas limitaciones como previsión al contagio del virus, que genera la enfermedad que alcanzó la categoría de pandemia.
Quizás procurando colaborar con la situación o aligerar el desatino del gobierno con la inapropiada medida, desde diferentes medios se ha elogiado el “buen juicio” predominante en la población frente a la eliminación de la obligatoriedad en el uso de las mascarillas. Los ciudadanos y las ciudadanas han optado por continuar usándola.
La gente ha seguido usando mascarilla en espacios cerrados, medios de transporte y centros clínicos, en las empresas e industrias y las oficinas gubernamentales, como una actitud de vigilancia frente al peligro que representan las nuevas variantes del coronavirus.
Al afirmar que se ha recuperado la libertad, el mandatario está decretando la derrota al Sars-Cov-2 y el final de la pandemia, circunstancia bastante lejos de la realidad.
Que horas antes y después de la alegre disposición del jefe del Estado, Salud Pública, procurando enmendar el error del presidente, emitiera una resolución declarando epidémico el territorio nacional por la incidencia de la enfermedad conocida como Covid-19, deja claro el propósito perseguido con el sorpresivo anuncio.
Las estadísticas de la positividad en algún momento se colocaron muy por debajo de 11 por ciento y no se adoptaron las medidas anunciadas ahora, lo que traduce otro propósito. Sin duda alguna el desmonte de las disposiciones restrictivas responde al interés político-mercadológico de un presidente en campaña que ha dado muestras del desinterés por la salud y la tranquilidad de sus conciudadanos.
Procediendo con inteligencia, la gente ha seguido usando las mascarillas, pese a la eliminación de las restricciones anunciadas por el mandatario, lo que deja en entredicho su credibilidad.