La burbuja inflacionaria que afecta a la región y que por la incapacidad de las actuales autoridades se siente con mayor fuerza en República Dominicana ha provocado que la ingesta de la llamada bandera dominicana se haya visto reducida en su consumo y en la calidad de lo ingerido.
Los ingresos no son suficientes para comprar lo que unos meses atrás se podía adquirir para la ingesta diaria, lo que también ha motivado la reducción del número de comidas del día.
Las personas de ingresos reducidos al igual que la clase media están enfrentando una situación calamitosa, una lucha dolorosa y sin un respiro a la vista.
Las autoridades en lugar de procurar paliativos se han dedicado a argumentar que la inflación no es local y a favorecer a unos cuantos empresarios amigos, imponiendo como ley una tasa cero a la importación de productos comprados en el exterior en lugar de incentivar a los productores agropecuarios y agroindustriales locales, para evitar el deterioro de la producción nacional.
A las dificultades generadas por la Pandemia Covid-19, que el nivel productivo de la anterior gestión de Gobierno subsanó, se suman ahora las dificultades generadas por el conflicto bélico Ucrania-Rusia, que ha disparado los precios de bienes y servicios, incluyendo los fertilizantes, materia prima y los combustibles
El resultado inmediato se traduce en mayor presión inflacionaria y una visible reducción en el crecimiento de la actividad económica.
Las presiones inflacionarias están conduciendo a ajustes monetarios en Estados Unidos y lo hará también en Europa y naturalmente tendrá que hacerlo también República Dominicana, presentando un panorama sombrío y desalentador, que se complica con las improvisaciones y erráticas medidas de las autoridades.
Lo que está a la vista es una reducción del crecimiento económico con posible impacto en el mercado laboral y un incremento de la pobreza.
Por lo pronto la reducción del poder adquisitivo de las familias dominicanas, concomitante con el alza del costo de la canasta alimentaria, está provocando una reducción de la ingesta de alimentos y de su calidad, que lleva a los dominicanos y las dominicanas a la penosa situación de tener que amarrarnos el estómago y a vivir en carne propia el mensaje de la expresión popular “Barriga vacía, no tiene alegría”.