“Los hombres pueden caer, pero los principios no. Nosotros podemos caer, pero el pueblo no debe permitir que caiga la dignidad democrática”. Juan Bosch
59 años tiene ya la interrupción del gobierno democrático del profesor Juan Bosch, quien logró ascender las escalinatas de la sede del gobierno con un masivo apoyo popular en la contienda electoral de diciembre de 1962.
Ante el pueblo que le respaldó, Bosch se juramentó en la explanada frontal del Congreso Nacional, iniciando así una gestión de plena identificación con los anhelos y deseos de un pueblo que por más 30 años vivió bajo el yugo de la cruenta tiranía trujillista.
En siete meses el nuevo gobierno se apegó a la institucionalidad democrática, a la defensa de la soberanía nacional, ejecutó un plan de desarrollo económico nacional, entre otras iniciativas trascendentes, con las que dio cátedra de respeto a las libertades públicas y de progreso social.
Hoy, a pesar del tiempo transcurrido, padecemos las consecuencias de aquel bochornoso hecho, pues aún arrastramos una gran deuda social acumulada, pese a los progresos alcanzados en las gestiones de gobierno del PLD, fundado por el propio Bosch.
La asonada septembrina que depuso al presidente Juan Bosch constituyó un trauma de tal magnitud que originó, en apenas meses, la insubordinación popular de abril de 1965 y una nueva afrenta a la soberanía con la intervención foránea de ese año, la segunda de Estados Unidos en el siglo XX.
La víctima de aquel golpe fue el pueblo dominicano, quien vio retrasar el desarrollo económico y social que venía alcanzando el primer gobierno democrático después de caer la dictadura.
El presidente Juan Bosch fue depuesto, acción con la que se frustraron los anhelos de progreso y bienestar ciudadano y se puso en práctica el perverso propósito de desvanecer su figura y su obra; sin embargo, ambas se agigantan cada día en la historia y en el curso democrático de República Dominicana.